Facundo Truquin, radicado en Brasil: misionero de alma pero de corazón buziano

En 2015 decidió emprender el viaje “que siempre quise”, dejando atrás su Leandro N. Alem natal. “La vida que se lleva acá es casi de película, las rutinas no existen”, dijo quien durante la cuarentena puso un delivery de bebidas y, luego, asesorado por su madre, comenzó a elaborar algunos alimentos y así ganar ingresos.

02/11/2020 09:48

Desde chico, Facundo Truquin soñaba con conocer el mundo. Siempre se imaginaba viajando, hablando diferentes idiomas, conociendo culturas y paisajes de distintas partes del mundo. Pero, particularmente, le llamaba la atención, Brasil. Y fue así que hacia allá partió, hace unos años.

Oriundo de la ciudad de Leandro N. Alem, Truquin tenía la intención de “exportar nuestra cultura mientras mis pasos abrían fronteras. Y como lo que nos identifica es el mate, el último día de estadía en Argentina compré varios tipos de mates con la idea de obsequiar a aquellas personas con las que sentía una conexión, como símbolo de agradecimiento y amistad”, contó.

En 2015 y con 25 años, decidió emprender el viaje “que siempre quise. Claro, que fue necesario aprender el idioma, pensar mucho, afrontar esa inseguridad de salir de mi lugar de confort, sabiendo que iba a estar solo, pero conté con todo el apoyo de mi familia lo que me hizo sentir más confiado”, manifestó.

Así fue que en mayo de ese año obtuvo una oferta de voluntariado, que es un sistema de trabajo a cambio de hospedaje, en la ciudad de Paraty, al Sur del Estado de Río de Janeiro. Se trata de “un lugar increíble con playas hermosas y un movimiento cultural muy interesante, que siempre me había llamado la atención. Todavía recuerdo la emoción que tuve ese día cuando el avión acababa de posar sobre la pista del aeropuerto Santos Dumont”, recordó, con una emoción similar a la que vivió durante esa jornada.

Confió que fueron siete días intensos porque justo había llegado al hostel cuando comenzaba “A Festa do Divino”, una festividad religiosa traída por los colonizadores portugueses en el siglo XVIII, en honor a la Santísima Trinidad, que envuelve la participación de toda la comunidad. Luego recibió otra oferta de voluntariado en la ciudad de Buzios, una península con 27 playas, “una más linda que la otra” y con una población de alrededor de 30 mil habitantes donde “es raro encontrarse con algún nativo del pueblo, ya que la mayoría son de otros de estados brasileños, europeos o argentinos (se dice que el 30% de la población buziana es argentina, aunque yo creo que somos más). Y es por eso que entre los moradores comenzaron a llamar al pueblo de Buzios, ´Buzios Aires´ a modo de broma” y para graficar la cantidad de porteños que eligieron a esa ciudad para vivir.

“Creo que si hay algo positivo que dejó este tiempo de pandemia fue ver cómo mis amigos, en su mayoría argentinos trabajadores del turismo, pudieron crear sus emprendimientos y varios piensan continuar porque les fue muy bien. personalmente decidí dejar la producción de comida y seguir un proyecto que tenía en mente”.

Truquin recordó que Buzios saltó a la fama mundial en 1964 con la visita de la actriz francesa Brigitte Bardot, que llegó para vacacionar. Desde entonces, la península, originalmente una villa de pescadores, se tornó uno de los mayores puntos turísticos de Brasil, ofreciendo una gigantesca oferta laboral en diferentes rubros durante la temporada alta de verano. “Fue así que dejé de ser voluntario y comencé a trabajar en una agencia de turismo como fotógrafo de los paseos en barco. También en un cyber que recibía extranjeros que buscaban tramitar su residencia brasileña y los asesoraba para que puedan obtener su documentación, además de estar trabajando como mozo en un restaurante, entre otras cosas”, contó.

Así, “me fui enamorando del pueblo. Buzios era mi lugar en el mundo, sentí una conexión muy grande con el lugar y sus hermosas playas. La vida que se lleva acá es casi de película, las rutinas no existen. Es, básicamente, despertarse ir a la playa, luego almorzar e ir al trabajo y, de noche, participar de alguna que otra juntada con amigos. Al principio fue extraño salir de la rutina argentina de trabajar en la semana y descansar el fin de semana. Acá es fin de semana todos los días, así que se me hizo un poco difícil extrañar, tanto que volví luego de dos años y medio por el nacimiento de mi sobrino”, aclaró.

Al volver a Misiones, “sentí que ya no era el mismo. Estando en Brasil siempre hablaba de lo maravillosa que es nuestra provincia, amaba estar horas contando cómo era nuestra niñez, contarles que hay lugares increíbles además de las Cataratas del Iguazú y, sobre todo la calidad de la gente, su hospitalidad, entre otras cosas. Pero ya no sentí lo mismo al regreso. Pensaba en que, quizá, el tiempo vivido en Buzios y con su gente me hicieron ver otras cosas. O, que, tal vez golpeados por las continuas crisis en Argentina cambió el humor de la gente. No sabía de qué se trataba pero me sentí un poco extraño al pisar suelo argentino luego de tanto tiempo afuera”, explicó. Pero al llegar a casa “tuve un cálido recibimiento por parte de mis padres: Marleni y Miguel, y de mis hermanas Fernanda y Agustina. Esta última se encontraba en la dulce espera sin saber que días después estaría dando a luz al nuevo integrante de la familia, Lorenzo”, celebró.

Fueron varios días que aprovechó al máximo para visitar amigos, familiares y también para recorrer los lugares “que tanto extrañaba. Al cabo de un mes, regresé. Y debo confesar que durante mi feliz estadía en Misiones extrañé mucho a Buzios”.

“Mi idea es continuar el viaje”

Truquin fue conociendo gente y haciendo amistades. “Con un alma siempre aventurera, siempre buscando conocer y vivir experiencias nuevas, acepté la invitación de un amigo mexicano para ir a vivir a Cabo Frio, una ciudad cercana, pero con playas caribeñas. Esa sería mi primera temporada en la que estuve vendiendo artesanías hechas por nosotros, en las playas”, narró.

Al final de la temporada el joven quiso continuar su viaje hacia el Nordeste brasileño, “intentando perseguir la melodía nordestina con su forró y el acarajé, comida típica bahiana de sabor único, pero fui seducido una vez más por Buzios, así que volví. Y fue cuando conocí el amor”. Con las mismas ambiciones “que las mías, las mismas ganas de seguir conociendo nuevas amistades y sus historias de viajes, tuvimos la suerte de abrir un hostel y concretar todas esas expectativas, una experiencia muy linda que lamentablemente se vio afectada en parte por el comienzo de la pandemia. Pero confiado en que todo sucede por algo, soportamos la cuarentena con buen ánimo y pensando en positivo”, aseguró.

Indicó que si bien la cuarentena no fue tan estricta como lo fue en Argentina, Buzios se vio muy afectada al depender mayormente del turismo. “Pensamos en varias alternativas para poder sobrellevar todo este tiempo sin ingresos, y comenzamos con un delivery de bebidas ya que por el Lock-down los negocios no podían estar abiertos después de las 23. Después, por recomendación de mi madre, Marleni Báez, comenzamos a producir prepizzas, turrón alemán y pastelitos, que se vendían en la hora. Y fue así que pudimos aliviar los gastos de alquiler, y demás. Creo que si hay algo positivo que dejó este tiempo fue ver como mis amigos, en su mayoría argentinos trabajadores del turismo, pudieron crear sus emprendimientos y varios piensan continuar, ya que les fue muy bien”. Personalmente, Truquin decidió dejar la producción de comida y seguir un proyecto que tenía en mente. “Así que empecé a trabajar desde mi computadora e independizarme del cumplimiento de horarios y lugares físicos ya que mi idea es continuar el viaje en cuanto pase todo”, agregó.

Misiones siempre se extraña, su clima, su selva, su gente y su simpleza. “Muchas veces pensaba cómo hubiera sido de diferente si nunca hubiera decidido viajar, y les digo que vale la pena cada segundo desde que me fui. A aquellos que no se animen, los aliento a que no lo piensen más: háganlo, persigan sus sueños, conozcan nuevas pasiones (varios amigos y conocidos nos ´redescubrimos´ haciendo cosas que no pensábamos en otro momento. Por ejemplo, la fotografía, como guía turístico (después de haber hecho el curso), por la cocina -algunos entraron a trabajar por necesidad en algún restaurante y ahora son chefs en Europa-). Al final, se darán cuenta de lo que valió la pena. Aprovecho ahora que puedo viajar, que puedo seguir cumpliendo mis sueños, porque cuando mis pies se cansen de andar volveré a mi querida tierra colorada”, expresó el misionero con corazón buziano.