
La canasta básica alimentaria que se utiliza en Argentina para establecer la línea de indigencia no necesariamente refleja el costo de mantener una alimentación saludable y nutricionalmente adecuada. La diferencia, que suele pasar inadvertida cuando se difunden los indicadores económicos, fue puesta en discusión por la licenciada en Nutrición Florencia Córdoba, quien advirtió que la composición de esta herramienta estadística responde a patrones de consumo de décadas anteriores y no exclusivamente a las necesidades nutricionales actuales de la población.
En una charla con FM 89.3 Santa María de las Misiones, la profesional explicó que el debate cobró relevancia durante las actividades realizadas por el Día Mundial de la Alimentación, cuando se propuso analizar qué representa realmente la canasta básica y hasta qué punto permite comprender las dificultades de las familias para acceder a una alimentación de calidad.
“La canasta básica se creó hace mucho tiempo, cerca de los 90, y en base a la Encuesta Permanente de Hogares. Es decir, se creó en base a lo que los argentinos consumimos, no en base a lo que necesitamos”, señaló Córdoba al cuestionar que los hábitos alimentarios utilizados como referencia incluyan productos que no necesariamente contribuyen a una nutrición equilibrada.
La distinción resulta especialmente importante porque la canasta básica alimentaria (CBA) es el indicador que utiliza el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) para establecer si los ingresos de un hogar alcanzan para adquirir un conjunto mínimo de alimentos. Cuando esos recursos resultan insuficientes, el hogar queda estadísticamente por debajo de la línea de indigencia. Sin embargo, esa medición no permite determinar por sí sola si una persona mantiene una dieta variada, saludable o adecuada a sus condiciones particulares.
De acuerdo con la metodología oficial del INDEC, la dalecanasta contempla requerimientos energéticos y proteicos, pero selecciona los alimentos y sus cantidades a partir de patrones de consumo identificados en la Encuesta Nacional de Gastos de los Hogares de 1996/1997, cuya estructura alimentaria fue posteriormente validada con información de 2004/2005. Es decir, combina necesidades nutricionales mínimas con hábitos de consumo observados, una característica que explica parte del cuestionamiento formulado por la especialista.
La composición incluye productos como gaseosas, jugos concentrados, cerveza, vino, azúcar, galletitas y harinas, además de carnes, lácteos, frutas, verduras y legumbres. Córdoba consideró que esa selección merece una revisión, particularmente si se pretende utilizar el valor de la canasta como referencia para discutir cuánto dinero necesita una familia para alimentarse adecuadamente.
“Era una época de mucha carne, de mucha gaseosa, incluso la gaseosa sigue incluida en la lista de la canasta básica alimentaria hasta hoy en día, alguna bebida alcohólica, azúcares, que es lo que se consumía en realidad, pero no es tal vez lo que necesitamos”, explicó.
Para la nutricionista, el problema aparece cuando se interpreta el costo de esa canasta como si representara automáticamente el presupuesto necesario para una buena alimentación. Una medición construida para establecer un umbral mínimo de ingresos no necesariamente coincide con el costo de una dieta que contemple todos los nutrientes, la variedad de alimentos y las necesidades específicas de cada integrante de una familia.
En ese sentido, planteó que una canasta diseñada prioritariamente en función de las necesidades nutricionales podría resultar incluso más costosa que la utilizada actualmente como indicador estadístico. No obstante, se trata de una posibilidad que requeriría comparar ambas composiciones y sus respectivos precios para determinar la diferencia.
Cuando el presupuesto condiciona la calidad de la alimentación
La discusión sobre la composición de la canasta se relaciona directamente con las decisiones que deben tomar los hogares cuando sus ingresos no alcanzan para sostener los gastos habituales. Según explicó Córdoba, “los primeros alimentos que se dejan de comprar son las frutas, son las verduras. Porque van a comprar más harinas también, porque obviamente son más saciadores, rinden más, son más económicos”.
A esa sustitución se suma la reducción del consumo de productos lácteos, cuyo precio también representa una dificultad para numerosas familias. La profesional mencionó especialmente la leche, un alimento cuyo costo se vuelve significativo cuando debe adquirirse regularmente para varios integrantes del hogar.
El problema no se limita a cuánto se come, sino también a qué nutrientes aportan los alimentos disponibles. Una familia puede conseguir cubrir sus comidas diarias y, al mismo tiempo, mantener una alimentación insuficiente en vitaminas, minerales y otros nutrientes esenciales. Esa situación permite comprender por qué la pérdida de calidad nutricional no siempre se manifiesta mediante una disminución del peso corporal.
Córdoba explicó que una persona puede presentar sobrepeso y, simultáneamente, tener deficiencias nutricionales. Se trata de situaciones que pueden incluir carencias de micronutrientes, conocidas como hambre oculta o deficiencias nutricionales ocultas, y que no necesariamente resultan evidentes a simple vista. “Es muy común el déficit de vitaminas, de minerales, más allá del peso de la persona. Porque el peso no siempre es un indicador de nutrición”, sostuvo.
Como ejemplos, mencionó que una alimentación insuficiente en hierro puede favorecer la aparición de anemia, mientras que una ingesta inadecuada de calcio puede comprometer la salud ósea. Estas deficiencias requieren una evaluación individual, ya que sus causas y consecuencias pueden variar según la edad, el estado de salud y las características de cada persona.
La nutricionista también advirtió sobre la tendencia a establecer una relación automática entre peso corporal y hábitos alimentarios. La composición corporal y las variaciones de peso dependen de múltiples factores, entre ellos la alimentación, la genética, el funcionamiento hormonal y otras condiciones individuales.
En ese marco, explicó que existen personas que mantienen hábitos alimentarios adecuados y encuentran dificultades para bajar de peso, así como otras que presentan una alimentación de baja calidad sin experimentar aumentos significativos. Por ese motivo, insistió en que el estado nutricional debe analizarse de manera integral y no solamente a partir de los kilos que marca una balanza.
Legumbres, ferias y alimentos de estación: alternativas para mejorar la dieta
Frente a las dificultades económicas, Córdoba planteó que una alimentación más equilibrada no depende exclusivamente de incorporar productos costosos. Por el contrario, destacó la importancia de aprovechar los alimentos disponibles en cada época del año, buscar alternativas en los circuitos locales de comercialización y diversificar las preparaciones habituales.
En el caso de las frutas y verduras, recomendó priorizar los productos de estación, las promociones y la oferta de las ferias francas, donde es posible encontrar alimentos frescos directamente de productores locales.
La especialista cuestionó la idea de que determinadas frutas o verduras sean necesariamente superiores a otras desde el punto de vista nutricional. Explicó que esa percepción puede llevar a buscar productos fuera de temporada, cuyos precios suelen resultar más elevados, cuando existen alternativas accesibles que también aportan nutrientes importantes.
Como ejemplo mencionó la frutilla, que puede alcanzar valores altos fuera de su período habitual de producción. La recomendación, sostuvo, es aprovechar lo que ofrece cada estación, sin considerar que un alimento particular sea indispensable para mantener una buena alimentación.
Otra de las alternativas que destacó fue incorporar con mayor frecuencia legumbres como lentejas, porotos y arvejas, productos que permiten preparar comidas abundantes, son rendidores y aportan nutrientes que contribuyen a mejorar la calidad de la dieta.
Córdoba explicó que las legumbres constituyen una fuente importante de fibra y pueden favorecer el control de los niveles de glucosa y colesterol, además de aportar proteínas vegetales y otros nutrientes. Su incorporación permite diversificar una alimentación que muchas veces se concentra en arroz, fideos y preparaciones con harina.
“En vez de consumir por ejemplo arroz, fideo y otro día harina, también incorporar las legumbres, incorporar lenteja, incorporar arveja, porotos, que son económicos y son rendidores y son saciantes también”, recomendó.
La profesional remarcó que el consumo de legumbres continúa siendo bajo en Argentina, pese a que se trata de alimentos que pueden integrarse en preparaciones cotidianas sin necesidad de realizar grandes modificaciones en el presupuesto familiar.
En Misiones, consideró que las ferias francas, los mercados concentradores y otros espacios de comercialización de productos regionales ofrecen posibilidades para mejorar la selección de alimentos. No obstante, la elección siempre debe contemplar los precios disponibles, las cantidades necesarias y las condiciones particulares de cada hogar.
En este punto, el planteo de la profesional se relaciona nuevamente con el interrogante inicial de la charla: si una familia necesita ajustar sus gastos y comienza a reemplazar alimentos frescos por opciones de menor costo, el hecho de que sus ingresos alcancen para cubrir una canasta estadística no garantiza necesariamente una alimentación de calidad.
Finalmente, recordó que las necesidades alimentarias cambian durante las distintas etapas de la vida y que no existe una única recomendación válida para todas las personas. Una adolescente, una mujer embarazada, una madre que está amamantando o alguien que convive con una enfermedad pueden requerir orientaciones diferentes. Por eso, destacó la posibilidad de acceder a profesionales de la nutrición tanto en el sistema público como en establecimientos privados y mediante obras sociales, con servicios distribuidos en distintos puntos de Misiones.
La orientación profesional, explicó, permite evaluar la alimentación según la edad, el estado de salud y el momento biológico, además de identificar posibles deficiencias y proponer alternativas adaptadas a las posibilidades económicas de cada familia.
El planteo central es que medir cuánto cuesta cubrir un mínimo de alimentos y determinar cuánto necesita una persona para nutrirse adecuadamente no son necesariamente la misma cosa. Una diferencia que, según Córdoba, merece ocupar un lugar más importante en las discusiones sobre alimentación, ingresos y condiciones de vida.





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