Colaboración: Francisco Pascual y Martín Ghisio
La realización de una nueva plantación de yerba mate representa una inversión de largo plazo. La elección de los plantines, la preparación del suelo, el momento de plantación y la fertilización inicial son algunas de las decisiones que condicionarán el desarrollo futuro del cultivo. Sin embargo, frente a la creciente oferta de fertilizantes y bioinsumos disponibles en el mercado, no siempre los productores pueden contar con información objetiva que les permita evaluar cuál puede ser el aporte de cada alternativa.
Con ese objetivo, un equipo de investigadores de la Estación Experimental Agropecuaria Montecarlo del INTA llevó adelante un ensayo que comparó veinte tratamientos diferentes, entre fertilizantes minerales, bioestimulantes y microorganismos promotores del crecimiento, evaluando su efecto sobre el establecimiento y desarrollo inicial de una plantación de yerba mate durante los primeros 27 meses posteriores a la implantación.
“Lo que buscamos fue generar información sobre distintos productos que hoy están disponibles para los productores, sin pretender recomendar un producto por encima de otro, porque el comportamiento de cada fertilizante depende de las condiciones donde se utiliza”, explicó Norberto Pahr, investigador de INTA Montecarlo y responsable del trabajo.
El manejo integral sigue siendo determinante
Si bien algunos tratamientos mostraron mejores respuestas durante las primeras mediciones de crecimiento, los investigadores observaron que esas diferencias tendieron a reducirse con el paso del tiempo. Por ello, el estudio plantea que la fertilización constituye una herramienta importante dentro del manejo del cultivo, aunque su efecto debe analizarse junto con otros factores que intervienen en el desarrollo inicial del cultivo.
En este ensayo, por ejemplo, la plantación presentó un desarrollo considerado muy satisfactorio, algo que Pahr atribuye al conjunto de decisiones tomadas desde el inicio del proyecto.
“Nos sorprendió el excelente crecimiento de las plantas, pero creemos que fue la respuesta a un trabajo bien realizado desde el principio: una adecuada preparación del terreno, plantines de buena calidad, una correcta implantación y condiciones climáticas favorables durante el establecimiento”, señaló.
Entre las prácticas implementadas antes de la plantación se incluyeron la roturación profunda del suelo, el subsolado de las líneas de plantación, la sistematización del terreno y la utilización de plantines homogéneos provenientes de un vivero especializado, aspectos que formaron parte del manejo integral de la experiencia. Para los investigadores, ese conjunto de prácticas explica buena parte del comportamiento observado durante el ensayo.
Además del crecimiento de las plantas, el trabajo incorporó un análisis económico considerando el costo de los productos utilizados y el valor obtenido en la primera cosecha correspondiente a la poda de formación, realizada a los 27 meses de la implantación.
Según explicó Pahr, en las condiciones evaluadas ninguno de los tratamientos logró compensar completamente, en esa primera cosecha, el costo adicional de la fertilización respecto del testigo sin aplicación de productos. Sin embargo, aclaró que ese resultado no implica que la fertilización carezca de utilidad, ya que sus beneficios podrían expresarse en las cosechas siguientes y también en aspectos que no fueron medidos únicamente a partir de la producción inicial.
“Falta seguir evaluando estas parcelas. Algunos productos podrían haber favorecido un mayor desarrollo del sistema radicular y ese efecto recién podría manifestarse más adelante, tanto en la producción como en la respuesta de las plantas frente a situaciones de estrés, como una sequía”, indicó.

Una herramienta para sostener la fertilidad del suelo
Más allá de los resultados obtenidos con cada tratamiento, los investigadores destacan que la fertilización debe entenderse como parte de una estrategia de manejo destinada a mantener la fertilidad del suelo a lo largo del tiempo.
“Cada cosecha extrae nutrientes del sistema y, si esos nutrientes no se reponen, el suelo va perdiendo progresivamente su capacidad productiva. El desafío consiste en encontrar esquemas de reposición que permitan mantener ese equilibrio”, sostuvo Pahr.













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