Por Myrian Beatriz Vera y Juan Carlos Marchak, enviados especiales
Existe un paraje oculto en el departamento de Montecarlo que no figura en los folletos del “manejo responsable y ni el progreso”. Nombrada simplemente Piray kilómetro18, está situado en el epicentro de las plantaciones del gigante chileno Arauco SA mientras su población de pequeños productores se resiste valientemente a desaparecer.
Al llegar, después de atravesar varios kilómetros de mares de pinos, la realidad golpea con la fuerza del barro rojo por las lluvias de los últimos días, y por su ecosistema silencioso, sin vida y carente de la biodiversidad propia de la selva misionera.
Allí todo el paisaje es hostil: mechones de territorio recientemente arrasado entre un caserío pobre que contrasta fuertemente con la fastuosidad del aserradero cercano, enfocado en la producción de tableros de fibra de densidad media (MDF) que explota la empresa forestal más poderosa de Argentina, dueña de 233.000 hectáreas en Misiones.
“Nosotros que vivimos acá podemos decir que el paisaje común es de desastre. Aunque la explotación de la madera es una actividad histórica en Misiones, lo que hoy presenciamos es un cambio drástico. El antiguo modelo, que apostaba por el desarrollo nacional y al trabajo conjunto con pequeños agricultores más la actividad de los motosierristas que daba mucho trabajo, fue reemplazado por la estructura transnacional que acapara nuestras tierras, nuestros recursos y desplaza nuestra producción”, dijo a PRIMERA EDICIÓN, Miriam Samudio, líder y referente de PIP (Productores independientes de Piray) quien fue anfitriona de la recorrida de este Diario para documentar la “cosecha” realizada en un viejo eucaliptal arrasado estratégicamente como para que se encuentre lo suficientemente lejos de otros eucaliptales que sí debieron talarse, desde 2013 por etapas hasta 2023, año que debió terminar el proceso de entrega de las 600 hectáreas que Arauco le debe en comodato a los pobladores de Piray, cosa que nunca ocurrió. Mientras tanto las esperanzas se agotan.
“El trato fue la entrega de la totalidad, pero nos dieron únicamente 166, que ya son productivas. Este eucalipal, todavía en pie y donde hay un cartel de ‘propiedad privada’ está dentro de las 600 hectáreas que debían haberse entregado. Este sector, al límite con las chacras productivas tenía que ser nuestro hace rato, pero ellos (por Arauco) no cortaron cuando tenían que hacerlo. Evidentemente el interés de entregarnos la tierra no existe”, aseguró en tanto la pequeña productora, Mariela Vallejos, responsable de haber dado un giro de 180 grados a una porción de la tierra que antes era improductiva para la comida y ahora crecen la mandioca, la yerba, algo de maní y frutales.
En toda esa pequeña porción de tierra a la que los productores le entregaron su trabajo y su amor, revolotean mariposas y abejas haciendo posible el cambio.
“Nosotros como organización logramos cambiar un poquito el paisaje, desde los 90 cuando comenzó el modelo que arrasó con todo. Venimos de una larga lucha”, suspiró a su vez Miriam Samudio, quien luego recordó: “Mataron todo, nuestros arroyos, nuestros animales, pero logramos que nuestro proyecto de recuperación de tierra prevalezca entre estos mares de pinos, donde empiezan nuestras casas y la zona productiva mediante la lucha campesina, pero todavía falta”, afirmó la referente de PIP con respecto a las hectáreas recuperadas mientras esperan el resto que sigue bajo el dominio de la “tierra negra”.

Infraestructura fantasma
El “18” fue fundado entre las décadas de 1950 y 1960 al calor de la antigua Celulosa Argentina, hoy sus habitantes viven en una franja de apenas 700 metros distribuidos en tres barrios: Santa Teresa, Unión y Cruce. El territorio fracturado donde viven estos colonos cuenta con una infraestructura fantasma. Donde antes se encontraba el trazo de la uta 12 y hoy está la sede de PIP ahora hay una calle de tierra que ya no es mantenida porque no es una vía comercial.
La desigualdad es obscena: la ruta 16, por donde Arauco saca su madera, está impecable. En cambio, el camino de los vecinos es un lodazal rojo que, en días de lluvia, corta el acceso del único y viejo colectivo que conecta el paraje con Eldorado y Montecarlo. Cuando llueve, el arroyo Piray Guazú rebalsa el puente, la comunidad queda aislada y en la oscuridad, porque la luz se corta para evitar que los generadores de Arauco exploten, contaron.
El “monstruo”
Después de la charla con las mujeres, Fredy Acosta, también pequeño productor y tesorero de PIP, caminó con PRIMERA EDICIÓN por las hectáreas que parecen un agujero negro en el Alto Paraná. El corte se hizo para poder plantar más pino, cuyo avance en las últimas décadas hizo desaparecer parajes enteros como el kilómetro 10, el 15 y el 22.
“Cuando era época de corte había 70 u 80 motosierristas que laburaban. Hoy una sola persona maneja la máquina y hace todo”.
Esa máquina es un coloso mecánico que corta, desgaja y carga árboles las 24 horas del día. El resultado de este avance es lo que Miriam Samudio definió como un “desastre ambiental que hace sangrar al monte”.
“Una vez que retiran las plantaciones, empiezan a fumigar en grandes cantidades antes de plantar. Y una vez que plantan, vuelven a fumigar. Lo hacen dos o tres veces. Matan todo”, reiteró Samudio.
“Nuestras nacientes ya se secaron. Si querés tomar de nuestros pozos, ya no hay más”, lamentó Leila Blanca Ávalos, productora.
Esta asfixia económica ya empujó a la migración. “Los papás, maridos o hijos se van a Brasil o a Corrientes”, contó Fredy. Los que quedan resisten dentro de las chacras, produciendo: “Seguimos acá y luchamos junto a los vecinos por la tierra, porque el pino nosotros no podemos comer”.








