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Escritores de Misiones: “El tigre”, de Renata Otto

14 enero, 2024

Miró la calle que ya vio mil veces. Extrañamente, las cosas que nos son cotidianas, de pronto, un día y sin previo aviso, parecen ajenas. Por eso la miró como si nunca la hubiese visto antes. Pensó en su amiga, sin saber si ella aún se consideraba tal. Pero Laura necesitaba creer que el sentimiento forjado a lo largo de tantos años era más fuerte que cualquier disgusto. Sin embargo, comprendía que tener como mascota a un tigre adulto, fuerte y hambriento, no era bueno para atraer amigos.

Pero no sabía cómo deshacerse de él, o si lo sabía, no quería hacerlo.

No podía especificar cuando había empezado a convivir con ella. Mucho antes de saberlo, él dormitaba ronroneando entre los bananos en el fondo de su casa. Deben saber ustedes, que ese terreno había sido ganado a la selva unas décadas atrás, y aparentemente el animal logró escabullirse y ocultarse durante todo ese tiempo entre los matorrales, para quedar agazapado entre los bananos, donde no jugaban los niños, por miedo a las serpientes, ni frecuentaban los adultos porque no había allí nada interesante que ver.

Así que probablemente ya estuvo allí cuando se mudaron a la casa. Y empezó a rondar, primero en las noches más oscuras, produciendo pesadillas al acercarse a las camas de los niños. Cuántas veces Laura había secado lágrimas, acariciando los cuerpecitos temblorosos sin comprender qué querían decirle sus hijos en la media lengua que aún hablaban. Luego se dio cuenta que, noche tras noche, disminuía el descanso de su esposo. Claro que aún estaba lejos de sospechar de un tigre. Ni siquiera sabía que estos animales eran capaces de devorar los párpados de los insomnes, impidiéndoles por siempre, cerrar los ojos para descansar.

Ella seguía levantándose cada día, como podía, para ir a su trabajo, volver del mismo, ocuparse de la casa, de los niños, de su esposo. Organizar los gastos, para que los sueldos alcancen a cubrir todas las necesidades. Pero cada mes faltaba un trozo de algún billete, de modo que el manto del monto no cubría lo que debía, y quedaba alguna cuenta sin saldar. Ya saben ustedes ahora, quién era responsable de esto. Pero no era descubierto, porque se cuidaba mucho, y, aunque ya aparecía a la hora de la siesta, el cansancio de Laura nunca le permitió verlo. Y tras cada andada, volvía a su lugar en el fondo del terreno entre las verdes hojas de los bananos, donde se enroscaba cómodamente, y se dormía ronroneando. Pero un día de verano, de esos que ya amanecen agobiantes, Laura se sintió tan vacía, que no pudo levantarse. Es que el tigre, se había devorado esa noche, y sin despertarla, sus entrañas. Así como muchos de ustedes viven con males que desconocen y por ello no los tienen en cuenta, ella empezó a vivir así, con ese sentimiento de vacío, sin pensar siquiera que era algo real, y cosechando la burla de su esposo, cuando se le ocurría mencionarlo, por lo que obviamente, lo calló.

Ustedes saben, seguramente, que las fieras no tienen compasión con sus víctimas. Podrá comprender, entonces, cómo fue desapareciendo, bocado a bocado, cada una de las ilusiones de nuestra amiga. Y las caricias, y el romance, y finalmente, la pasión. Fue entonces que lo descubrió. En una siesta. Despertó sobresaltada, porque en sueños había sentido la cálida humedad de una lengua en su rostro. Y cuando abrió los ojos, vio la gran cabeza del tigre, plácidamente acomodada en la almohada, junto a ella. Terror y fascinación la invadieron. Contuvo el aliento y lo observó. Con cada ronroneo, los largos bigotes temblaban. Laura cerró sus ojos y volvió a abrirlos, segura de no verlo más. Pero ahí estaba, como un gran peluche naranja con majestuosas franjas negras y zonas claras. Es un chiste de mi marido, pensó Laura, incapaz de aceptar semejante realidad. Estiró la mano y lo tocó. Era tibio y muy suave. Al tacto, no parecía en absoluto peligroso. Ni cuando abrió sus ojazos verdes, ni aún cuando se estiró desperezándose ampliamente. Los chicos entraron al cuarto y, aparentemente, ya lo conocían. Quizás habían hecho caso omiso a la prohibición de jugar entre los bananos.

-¿Va a quedarse dentro de la casa ahora?- fue todo lo que preguntaron.

-Y, creo que sí- respondió Laura sentenciándose con ello a cadena perpetua.

Como si hubiese entendido, el felino paseó su majestuosa figura sin tapujos por las habitaciones y dependencias. Laura tembló de pies a cabeza cuando su esposo entró esa noche a la casa. Expectante, no quiso ni respirar, preparada para lo peor. Totalmente desconcertada, observó como él de dejaba caer como siempre en su sillón, y, como si fuera lógico y natural, apoyó los pies sobre el lomo suave del nuevo habitante. Éste, a su vez, pareció complacido. Esa noche ella sirvió la cena como una autómata y la ingirió sin enterarse de que las milanesas estaban exquisitas y el puré un espectáculo. La vida en la casa comenzó a perder su equilibrio, y su orden, lenta, pero paulatinamente. Los niños a menudo no llegaban a hacer sus tareas, ya que el animalito deseaba jugar a revolcarse con ellos, y – claro está – no podían negarle nada. La señora que venía a lavar y planchar la ropa, decía cada dos por tres que lamentaba no haber cumplido, pero la mascota había tenido la ocurrencia de echarse ya sea en el fresco piso del lavadero o sobre la canasta que contenía las prendas limpias, recién bajadas del tendero.

¿Quién se atrevía a molestarla? Hasta el hombre que cortaba el césped, prefirió quedarse afuera de la cerca. Laura hacía lo que podía. Sobrevivía de algún modo. Pero ni en sus horas de oficina lograba liberarse del hechizo, porque estaba con los pensamientos allí, junto a la fiera. Fue perdiendo la confianza de su jefe, y ni alzó un dedo cuando el ascenso que le correspondía le fue otorgado a otra muchacha.

Solo le quedaban las charlas con María. Las demás personas se fueron retirando paulatinamente, a medida que los lazos de amistad fueron devorados, no hace falta explicar por quién. El vacío interno avanzaba al punto de no saber si estaba viva o solamente se lo imaginaba. Ya nada sentía. Ya nada esperaba. Ya casi no hablaba, porque el tigre iba engullendo sus ideas, apenas aparecían, relamiéndose tras cada bocado. En algún rincón muy interno y oculto de su ser, comprendió repentinamente la apatía de la gente que vive en los barrios marginales. Ella la sentía en cada miembro y no tenía fuerzas para combatirla. Y así llegó el día en que María, su única amiga y sostén, fue a verla con un pedido entre las manos. Le habían ofrecido una beca para realizar un curso de psicología, cosa que siempre quiso estudiar. Pero necesitaba dejar a su hijito de tres años con alguien de confianza. Y no tenía a nadie más que a Laura. Así que le planteó la cuestión. Laura escuchó. O por lo menos eso parecía. Pero no cambió su expresión. Ni hubo emoción alguna en su voz, cuando dijo: – No -.

María creyó no escuchar bien. Acotó que solo serían cuatro días. Que el niño no molestaría.

Pero sin inmutarse, Laura repitió la negativa. No lograba reunir las fuerzas para dar explicaciones. María se fue. Y ella quedó mirando la calle, viendo cómo las cosas conocidas se transformaban en extrañas. Un coche desconocido estacionó delante de la casa. Miró al hombre que descendió de él, como lo hace alguien rutinariamente. Tenía algunos rasgos conocidos, pero no estaba segura de saber quién era. En ese momento sintió un aliento cálido y jadeante en su nuca. No ofreció resistencia. Total, era solo un tigre.

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Tags: Escritores de Misionesrenata ottoTigre
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