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“Mamá nos hizo estudiar porque no avizoraba un futuro en el monte”

3 junio, 2021

Emulando la pronunciada pendiente que debieron subir los inmigrantes polacos cuando arribaron al puerto de Wanda, allá por 1938, así de sacrificada fue la vida de muchos de ellos al llegar a estas tierras. Entre ellos, la de Juan Walantus y Catalina Matysiak, quienes vinieron junto a sus hijos Juana y Estanislao, buscando un mejor futuro, lejos de la incipiente Segunda Guerra Mundial. Pero apenas desembarcaron del “Guayra”, los sacudió la muerte de su pequeño, de apenas ocho meses, a causa del sarampión, que ya se había manifestado durante el viaje.

Sofía “Poly” Walantus (73) y Enrique Walantus (81), descendientes de Juan y Catalina, relataron las proezas de sus ancestros lejos de su tierra natal, los motivos de su partida, su experiencia como agricultores en un clima extremadamente caluroso, teniendo en cuenta las temperaturas bajo cero a las que estaban acostumbrados, y esas ganas inmensas de volver algún día.

Todo se gestó cuando en Polonia, “se empezaba a hablar del poderío alemán. El país se estaba preparando para lo que podría suceder, entonces el gobierno alentó, de alguna manera, a que las familias que quisieran radicarse en otros estados, lo pudieran hacer. En el sur de la provincia de Lubelskie (su capital es Lublin), de donde eran originarios los nuestros, estimularon, sobre todo, a los matrimonios jóvenes, entonces uno le habló al otro, y así, se fueron juntando. Se armó un grupo grande, que enseguida comenzó a tramitar los pasaportes”, manifestó Enrique, el primero de los cinco hermanos que nació en la tierra colorada (Eugenio, María, José y Sofía). Docente de educación primaria y media, añadió que “la compañía, que los ayudó y orientó bastante, les ofrecía ir a América, que podía ser Argentina, Brasil, Paraguay. Lo que no hicieron fue hablarles del clima. Ellos estaban en una zona de frío polar, donde las temperaturas llegaban a los 35 grados bajo cero. Esa cuestión impactó muchísimo en la gente que vino a radicarse aquí, y se encontró con fuertes calores. Por suerte llegaron a Buenos Aires en junio de 1938, por lo que no se notó tanto. Pero en octubre, noviembre, el calor se hacía sentir, era terrible y, los mosquitos, más terribles aún. La creolina era el elemento número uno para ahuyentar a los insectos”.

Se sabe que a don Juan le habían ofrecido ir a la provincia de Buenos Aires o a Mendoza, pero el hecho que la mayoría de sus vecinos venían hacia esta zona “hizo que optara por Misiones”.

 

 

A Wanda y Lanusse

Después de varios meses en alta mar, los Walantus llegaron al puerto de Buenos Aires, y fueron alojados en el Hotel de los Inmigrantes. Luego tomaron el tren hacia Posadas, y se embarcaron en el “Guayra”, que amarró en el puerto de Wanda. Por ese entonces, hubo dos grupos migratorios de origen polaco, uno que se instaló en Wanda y otro, en la colonia Gobernador Lanusse, en homenaje a aquel que le dio el impulso a la radicación de familias europeas. El asentamiento de la familia Walantus era Lanusse, que quedaba a 38 kilómetros de la ahora Capital de las Piedras Preciosas. Con el paso del tiempo, hubo muchas quejas de quienes se afincaron en esta colonia porque “los metieron en el monte, al lado de la Sierra Morena, que es una cadena de la Sierra Victoria. En cambio, los que quedaron en Wanda eran privilegiados porque estaban sobre la ruta 12, que significaba una mayor comodidad”. En Lanusse se levantó un Hotel de Inmigrantes para que la gente que estaba llegando se instalara allí hasta tanto le indicaran los lotes asignados ya en Polonia. Es que ellos habían comprado todo a la Compañía Colonizadora del Norte, que se encargaba del tema. “Todos los días iban por las picadas a sus lotes para armar las primeras casas, que eran de tacuara, tacuapí y todo lo que tenían a mano. En síntesis, era un rancho con techo de paja. Y ahí nací yo, en ese piso de tierra”, sostuvo Enrique.

Contó que, generalmente, los vecinos tenían muy en cuenta los arroyos, y en Lanusse había varios. Las cabeceras de las chacras siempre desembocaban en los cauces y las casas estaban cerca de los afluentes para tener agua, a pesar que cada uno cavaba su pozo. En las primeras partes de las chacras se hacían los potreros para los animales y la tierra fértil era para cultivar. “Con el tiempo fueron mejorando, y vino la construcción de las primeras casas de madera. Como no había aserradero para cortar las tablas, cavaban un pozo hondo, de unos dos metros, un hombre iba adentro del pozo, el otro arriba, se iba corriendo el rollo de madera, y se iba trozando, tabla por tabla. Para eso eran comunes las troceadoras, una especie de serrucho grande. Los techos eran de tablillas. Los pisos se hacían sobre tocos un poquito más altos, pero ya era una casa más confortable. Así se fueron superando. La casa de material llegó 30 años después”, expresó.

Mientras se vivía allí, “había que cuidar la producción de la chacra por los animales que venían a devorar el maíz, o los tigres que venían a comer el ganado. Era una época en la que se cazaba mucho, y tenía que ver con la subsistencia. No había carnicerías entonces se rebuscaba en el monte”. Los primeros años fueron de mucho sacrificio pero a la gente no le faltaba comida, que sí carecía en Europa “donde vivía sojuzgada y la vida era más difícil. Acá la cría de cerdos era fácil al igual que la de aves de corral. En casa había unas 300 gallinas, así que había huevos a discreción. A veces era tal el exceso de la producción, que los terminaban tirando porque todos los colonos los tenían. Había lecheras, pero no había forma de vender esa producción. Y eso era un problema. Cuando papá instaló su almacén de ramos generales, se tenía que proveer de mercaderías, entonces salía en la búsqueda en un carro con cuatro caballos con destino a Wanda, Puerto Bemberg -hoy Puerto Libertad-, Puerto Esperanza, y se aprovechaba para llevar huevos, queso, manteca, todo lo que se producía en la colonia”, acotó.

 

Juan, el inquieto

Cuando les ofrecían venir a la Argentina, les hablaban muy bien del país, por la cantidad de tierras disponibles que había. El problema era cómo conseguir dinero para adquirir esos lotes. Sofía confió que cuando viajó a Polonia la primera vez y se encontraba en casa de sus abuelos, “me puse a charlar con una vecina, que había jugado con mi hermana Juana, y me dijo que mis abuelos vendieron una franja de la parcela familiar en Polonia para comprar los pasajes para viajar a ´América’”.

Recordó que a Juan, su papá, le gustaba mucho el comercio, y en el pueblo era conocido por ser una persona muy inquieta. Durante los primeros años se dedicó junto a su familia, como todos, al cultivo del tabaco, el tung y después puso un almacén de ramos generales, en un terreno que un vecino le cedió en el pueblo. Esa inquietud lo llevó a adquirir el primer camión, un Chevrolet 36, con los que hacía los viajes hacia Wanda o Eldorado, adonde compraba la mercadería, supliendo al carro polaco tirado por caballo. Así compró la primera heladera -que era del tamaño de los freezer de ahora-, y la primera radio, en cuyo entorno se reunían los pobladores para escuchar el noticiero de las 20. “Gracias a ese aparato nos enteramos, por ejemplo, de la caída de Perón”, dijo.

Como no había jardín de infantes, Sofía empezó la escuela primaria a cuatro años. Como todos sus hermanos asistían, ella también quería. “El maestro le dijo a mamá que me llevara, entonces me acercaba a upa. A los once años terminé la primaria, y me mandaron a Oberá, donde vivía mi hermana mayor. La opción fue la Escuela Normal 4, recientemente creada en la Capital del Monte”, rememoró. A los 16 años se recibió de maestra. “Estando en el último año, llegó monseñor Jorge Kemerer junto al rector del Instituto Montoya, recientemente fundado, y nos explicó sobre la posibilidad de venir a hacer estudios terciarios a Posadas. Con mis dos compañeras de banco quisimos venir pero no teníamos posibilidades de pagar. El obispo dijo que no nos hiciéramos problemas, que podíamos vivir y trabajar en el Colegio Santa María y cursar el profesorado en el ISPARM” (ahora ISARM). A los 20 años recibió el título de profesora de historia, que “era lo que me interesaba entre las ofertas que había en el Montoya, que no eran muchas”. En ese sentido, “no tuvimos una vida fácil. Con las pocas posibilidades que teníamos, cuando podíamos estudiar, hacíamos todo el esfuerzo. Ahora se especula mucho y se les da muchas facilidades”, evaluó, quien desempeñó tareas en la Escuela Agrotécnica de Eldorado, en el Bachillerato Humanista de Posadas, donde fue secretaria y rectora, y como directora de estudios del Montoya.

Sofía también es profesora de polaco. Cuando se acogió al beneficio de la jubilación, viajó al viejo continente y perfeccionó el idioma. Ya formó a muchos. Entre ellos, a grupos de jóvenes que viajan anualmente a través de un programa de la Embajada, y a adultos que “alguna vez hablaron y se olvidaron con el paso de los años. También hay señoras más grandes a las que le gusta venir a cantar los tradicionales villancicos”.

Conserva todos los documentos posibles de sus antepasados. “Todo ese material lo tenía mamá en casa. Y bastante tuve que recurrir a esa documentación cuando mi madre viajó a Polonia junto a Enrique, porque debió tramitar un nuevo pasaporte. Ahora quedó en mis manos, a disposición de toda la familia. Utilicé esto para hacer mi ciudadanía, que la obtuve hace más de diez años, a través de mi padre que nunca se había hecho ciudadano argentino. También se lo hice a mis hijos, Lucio y Flavio Otaño”, comentó. Voló tres veces a Polonia. La primera en 2007, durante un viaje organizado por la profesora Agnieszka (Inés) que enviaron desde Polonia para que se ocupara de los descendientes que se encuentran en el exterior. La segunda vez, fue con su hermano Eugenio, cuando su tía Ana, una hermana soltera de su papá, cumplió 90 años. Entre tantos recorridos, fueron a visitar el cementerio.

“A la entrada, en Lukowa, vi una tumba que llevaba el nombre de Anna Walantus, sólo con la fecha de nacimiento. Dije, no la tengo registrada, no sé de un pariente con ese nombre que se haya muerto. No, me responden. Ana soy yo, pero como soy soltera, mandé a construir mi propia tumba”, adornada con farolitos, como allí se estila. Solamente restaba poner la fecha de deceso de la mujer, que dejó de existir años después. La tercera ocasión fue con un grupo de alumnos del idioma, al que se sumaron descendientes y amigos argentinos.

 

El sueño cumplido

Catalina Matysiak vino a Argentina con 26 años y pudo cumplir su sueño de regresar a Polonia, cumplidos los 69. Lo hizo en compañía de su hijo Enrique, en 1980, como premio “a todo lo que hizo por nosotros”. Juan no pudo concretar ese anhelo, dejó de existir a los 59. “Lo decidimos entre todos los hermanos porque sabíamos que su idea era reencontrarse con su gente. Hicimos el trayecto vía Alemania, Varsovia, donde nos esperaba el tío Estanislao (Staj) y su hijo. Tardamos como una hora para hacer los trámites de desembarco. Y en eso, ella me dice: ´¡pero qué bien que hablan el polaco acá! No se hacía la idea que estaba pisando su tierra después de 42 años de haberse ido”, señaló su hijo, para quien fue “impresionante. Significó muchísimo, todo”. Ambos recorrieron familias y el país de norte a sur. Y se hicieron tiempo para asistir a una misa en el pueblo de Lukowa.

 

“Previamente nos quedamos en una plaza, todos se saludaban y, como en un pueblo chico todos se conocen, el comentario era que llegaron desde Argentina, familiares de Walantus-Matysiak. Vino mucha gente, se abrazaban, se derramaron lágrimas. En un momento mi madre se abrazó efusivamente con un señor de edad y ambos rompieron en llanto. Con mi tío nos miramos, y me dice: ¿sabés quién es? Fue su primer amor mientras pastaban el ganado”, evocó, emocionado, como lo hizo en varios tramos de la entrevista, en casa de Sofía, y amenizada con música tradicional.

 

En Europa, la familia se preparó para recibirlos y bien. Al punto que cambiaron muebles, pintaron la casa, porque “era un acontecimiento”. Fueron a Osuchy, un pueblo donde dos hermanos de Catalina murieron en la última acción de la Fuerza Aérea Alemana, diezmados por una ráfaga de ametralladora. “Después cayó Alemania. ¡Qué mala suerte tuvieron!”, lamentó Enrique, y continuó: “Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, el ejército polaco ordenó que todos los jóvenes que pudieran luchar, se presten a hacer guerrilla. La guerra se inició en 1939 y culminó en 1945, y en todos esos años ambos se pasaron en los montes, los más viejos quedaron en la casa y después fueron llevados a los campos de concentración y exterminio”.

 

 

Memorioso -como se define-, añadió que “fuimos al cementerio del soldado desconocido, donde había cruces que identificaban los cuerpos de los tíos, ante las cuales sólo pudimos depositar un ramo de flores. También nos llevaron a Westerplatte, una península que se adentra en el Mar Báltico, es el punto de referencia donde estalló la Segunda Guerra Mundial”. En ese lugar hay un monumento “altísimo” y un cartel de unos 400 metros de largo por cinco de ancho que reza: “Nunca más guerras”. Cuando llegamos a esa casa de los abuelos, me embargó una emoción tan fuerte que me puse a llorar. Estaba servido el almuerzo y no pude contenerme. Mi tía me llevó hacia afuera y me mostró el fondo de la casa, el establo, y me dijo que de esa construcción participó papá. En Lanusse teníamos la foto de una columna de ese galpón, que llevaba escrito el año 1937. Eso es lo que escribió papá cuando los levantaban”.

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