Bonsai: “Me siento satisfecho cuando florecen o dan frutos”

A Diego Rafael Rominski (40), bonsaista de Leandro N. Alem siempre le gustaron las plantas y trabajó en jardinería, pero incursionó en esta práctica hace 24 años, gracias al amigo Jorge Machado. La llegada de Internet hizo que encontrara mucho material para enriquecer sus conocimientos. Eso dio pie a que reciba consultas de diversos lugares, y que presida el Grupo Bonsai (árbol en bandeja) Alem, mediante el que organizan talleres y exposiciones.

14/12/2020 19:34

 

“Cuando empecé a incursionar en el tema, no me imagné que iba a llegar a esto. Pero uno le va metiendo cada vez más amor a las plantas, viendo los resultados y eso te entusiasma”, manifestó Diego Rominski, quien acondicionó su terreno del barrio Cámpora para poder llevar adelante esta pasión, que comenzó hace más de 20 años.

Experimentó con las nativas como la guayuvira, timbó, pitanga, pero también le gustan mucho las exóticas como el pino negro, acer palmatum, olmo chino, que en la zona no se encuentran, y que son muy vistosos una vez trabajados.

“Principalmente lo hice por hobbie. Siempre me gustaron las plantas y trabajé en la jardinería. Y después, debido a la cantidad de gente que me consultaba, empecé a hacer bonsai comercial. Son árboles de uno o dos años, en macetas de cerámica”, confió.

Al tiempo que recordó que “lo aprendí con mi amigo Jorge Machado, hace 24 años. Él, a su vez, aprendió de un amigo suyo, y empezamos sin nada. Es una técnica que se reduce por medio de podas, de gajos, ramas, estructural, y de raíces, dándole forma con alambre”.

En la época en que Diego daba sus primeros pasos, no existía Internet y “como Jorge tenía algo de conocimiento que le había transmitido su amigo, empezamos a experimentar. Él dejó, y yo seguí. Con el paso de los años y con la llegada de las nuevas tecnologías pudimos encontrar muchísimo material. Fui aprendiendo mediante revistas, Internet, a través de Facebook me conocí con Wallter Mansilla, de Buenos Aires, que después estrechó lazos de amistad con mi familia, y tuve la oportunidad que venga a darme un curso a mi casa”.

El éxito fue tal que el año pasado lo invitó para que “nos dicte un taller. Fuimos aprendiendo, sumado a la experiencia, que es lo primordial”, acotó.

Rominski prácticamente acondicionó el terreno para desarrollar la actividad, y tiene en mente construir un vivero para que los árboles estèn más cubiertos, además de utilizar el espacio para dar cursos, que son cada vez más solicitados.

“Pueden estar expuestos al sol, depende de la variedad. Los juníperos y pinos o coníferas pueden estar bajo los rayos, que no los perjudican, pero si hablamos de exóticas como sería un acer palmatum, tenemos que ponerlo a media sombra, como mínimo, para que los rayos no la quemen. Las nativas estan bajo el sol sin problemas, pero si las protejes quedan muy lindas”, explicó.

Además, también tuvo que lamentar la pérdida de un árbol por la incorrecta poda de sus raíces, como sucede a los mejores bonsaístas del mundo. Debajo de la extensa media sombra, muchas veces Diego debió hacer el papel de “médico” y creó el sector de “recuperados”, que son los que estaban a punto de expirar.

Contó que tiene una azalea que era de su suegra y que la rescató porque ella estaba por tirarla. “Hay personas que se llevan algún bonsai comercial y al poco tiempo lo traen porque no lo supieron cuidar. El cuidado consiste en regar como a cualquier planta y despues de un tiempo hay que proceder con la poda, darle la estructura del árbol y utilizando alambre para darle forma. Es lo básico”, expresó.

Sostuvo que lo que encarece el proceso es lo referente a las macetas de cerámica porque “acá no se consigue. Hay que traerlas directamente desde Buenos Aires. Se pueden utilizar las de plástico pero se deterioran con mayor facilidad, y las de cerámica, además de durables, son mas presentables”.

“Usamos alambres de cobre o aluminio, y como sustrato utilizo tierra de monte con un poco de ladrillo molido. Si colocas akadama o rocas volcánicas se encarece mucho porque hay que traerlo de afuera. Si alguien quiere hacer un trasplante es como realizarlo a cualquier otra planta. Hay que ver el estado de las raíces, pero es normal”, agregó, quien preside el Grupo Bonsai Alem, que nuclea a una decena de interesados.

Los más longevos del grupo son una guayuvira y un anyico, de 23 años, que dio flor y chaucha. “Por pequeño se que sea el bonsai, el fruto y las flores se desarrollan con normalidad, es decir, con el tamaño normal. Acá se puede apreciar una pitanga de 30 centímetros o una manzana con la fruta normal y con la catidad de un árbol normal. No modifica en nada. Al reducir el tamaño por poda, las yemas no se modifican. Este anyico hace años no florecía, y uno se siente satisfecho cuando florecen o te brindan frutos. Eso es un indicio que estoy haciendo bien las cosas”, señaló Rominski, quien se pone a “jugar” con las plantas en sus horas libres ya que cumple tareas en el sector de calderas de la Cooperativa Citrícola.

Entiende que “esto es un hobbie que va tomando forma comercial. Muchas veces vuelvo estresado por lo que pasa con la economía y la pandemia y económicamente, y esto es un cable a tierra, me permite viajar. Es como en todo, siempre hay cosas para aprender, van innovando formas de podar, formas de alambrar, de reproducir. Si pudiera, dejaría todo para seguir solo con esto.Al comienzo utilizaba cualqueir tijera, pero del extranjero vienen cosas específicas para cada poda: raíz, gajos, poda fina. Hay pastas que ayudan a la cicatrización. Cada vez que te vas metiendo en el mundo del bonsai, vas descubriendo otras cosas”.

Lamentó que muchos piensen que las plantan “sufren porque son mutiladas, y no es así. Por ejemplo un arbol que se ubica al borde del arroyo, si el agua erosiona el terreno, se cae y se muere. El que encuentra una planta que se pueda recuperar, la recupera. Todo el tiempo la estamos mimando, le damos fertilizantes, podamos, sin embargo en la naturaleza se rompen los gajos por una tormenta y cosas así. Todo el tiempo se le da agua, se brinda su riego diario”, dijo, quien suele ir al monte en busca de mudas, muchas veces en grupo, y otras con su familia.

A los bonsai se les habla como a las otras plantas. Algunos hasta le ponen música. El año pasado hicieron un taller, y el guaibirí no estaba nominado a “asistir” porque no había florecido cuando era la época en la que tenía que lucirse. “Cierto día salí y le dije: hermano, si no florecés, no vas al taller.A las dos semanas se cubrió de pomponsitos blancos con un aroma muy particular, ademas de una frutita negra. Así que está claro que entienden. Funcionó lo del reto”, comentó entre risas.

Como el terreno del barrio Cámpora está sobre la calle, con un tejido como divisoria, la gente que pasa, pregunta, quiere saber cuanto cuesta, quiere ver los ejemplares desde más cerca. Siempre tiene espectadores y siempre hay interesados.

 

Ser paciente

Cuando Diego conoció a Alejandra, hace 16 años, le regaló el anyico muy pequeño. El propósito era que la joven le diera forma y lo modelara con alambre porque, entendía, que esa era una manera de insertarla en “el mundo de los bonsai”. Según la mujer, la primera experiencia fue para el olvido. “La primera rama que fui a alambrar, se rompió porque reconozco que no tengo mucha paciencia. Entonces le dije: ¿ahora qué hago? Y me respondió que: ahora tenés que esperar a que crezca otra. Entonces se la devolví porque no era una tarea acorde con mi ansiedad. Él la siguió trabajando y ahora me arrepiento porque está muy lindo, y con varias ramas”, narró.