Alejandra Domínguez espera celebrar sus 100 años con una gran fiesta

Los cumplió el viernes 17 de julio, en Santo Pipó, pero la pandemia hizo que se postergara el anhelado festejo. Por ayudar a su madre, no pudo ir a la escuela pero se ocupó de aprender a leer y escribir por su cuenta. La búsqueda laboral la llevó a Buenos Aires, donde siempre trabajó con familias bien posicionadas económicamente. No tuvo hijos pero fue niñera de muchos, algunos de los cuales vienen a visitarla. Es que los quiso y cuidó “como si fueran propios”. Si bien sus familiares la “vigilan” constantemente, vive sola porque “me gusta ser independiente”.

22/07/2020 18:32

Cuando a Alejandra Domínguez le preguntan ¿cómo anda? responde: especial. Y no es para menos porque el viernes 17 llegó a los 100, súper lúcida, alegre, coqueta y, lo mejor de todo, con buena salud. Y por estos días, lo único que lamenta es que la pandemia impide que celebre este acontecimiento tal como ella quisiera. La “tía Ale”, es la tercera integrante de una familia prolífica.

Su parientes estiman que nació en Paraguay, pero su DNI atestigua que llegó al mundo en Colonia Gisela, de este lado de la orilla. A los cuatro años se estableció en Santo Pipó junto a sus padres: Maura Domínguez y Salustiano Barrios, que tenían como único objetivo la búsqueda de trabajo. El jefe de familia, hombre muy exigente, se dedicó al desmonte y luego fue capataz en la propiedad de un suizo.

“Esto era selva”, aseguró mientras extendía sus manos como para graficar tamaña inmensidad en la que había todo tipo de pájaros y monos tití y carayá que se alimentaban de los abundantes frutos silvestres y aullaban alrededor de la precaria casilla que habitaban.

“Nos asentamos en un ranchito chiquitito, en medio de la selva, cerca de un arroyo muy grande -lo dice en alusión al Paraná-. No había ruta, más bien un trillo, un caminito de hormiga al que ahora llaman sendero, cerca de la costa del río”, agregó, sentaba en la galería de la casa que comparte con su hermana Santa (89).

No pudo asistir a la escuela pero eso no fue impedimento para que aprendiera a leer y escribir por su propia cuenta. “Es que había que trabajar de chica, mis padres se separaron y papá se fue. Quedamos todos a cargo de mamá y había que ayudar. Empecé a trabajar en casas de familia de niña, ya más grande me desempeñé como cocinera en el hotel Suizo, con el doctor Comolli, y con la familia Roth, de niñera”, dijo.

Luego se fue a Puerto Leoni, donde trabajó para la familia Leoni como cocinera. “Después volví porque estaba muy cansada. A los tres días me llamaron desde el hotel Suizo diciendo que necesitaban que fuera porque había pocos empleados. Me dediqué a la cocina pero era muy duro el trabajo, desde las 4 había que estar de pie, pelando papas, cebollas”, acotó.

En ese interín apareció una señora de la colonia Santa María, y le dijo Alejandra ¿querés viajar a Buenos Aires?, sin pensar le contestó que sí aunque le advirtió que iba a preguntar a Maura, si no tenía inconvenientes de otorgarle el permiso.

Doce hermanos: Narciso, Prudencia, Alejandra, Concepción, Ramón, Teófila, Miguel, Eleuterio, Marina, Santa, Roberto y Julio. Hoy sobreviven tres. Ale, Santa y Miguel (93), que es suboficial mayor de GN retirado.

“Tenía 21 años, y mamá me dijo, sos grande y sabés lo que hacés: te vas a trabajar. Recuerdo que ella me acompañó hasta el tren y lloraba desconsoladamente. Y yo para hacerme la dura pensaba, me voy a trabajar, no a llorar. Era joven pero consciente de lo que hacía”, relató.

En la gran urbe “me fue bien. Trabajaba con una bailarina del Teatro Tabaris y con su mamá, gente muy buena. Estuve dos años con ellos, vine a visitar a mi familia y la llevé a mi hermana Teófila. De esa manera no estaría tan sola. Ya era más fácil, más llevadero, más lindo. De todos modos, extrañaba y recordaba la cara de mamá cuando lloraba, la pobre.

Me consolaba diciendo, ¡no tengo que llorar! Así aguanté, y aguanté”. Más tarde fue a trabajar con una inglesa, “que era muy buena, que me llevó a conocer el balneario de Punta del Este, en Uruguay, y estuvimos unos tres meses porque ellos tenían una casa.

Después volvimos a Buenos Aires, y luego a Río Negro. ‘Alejandra usted vine con nosotros dijo la patrona’. Le hice saber que como no me habían dicho nada antes, había conseguido otro trabajo y dejé mi documento.

‘No importa, usted viene con nosotros, después le consigo el documento’. Estuve cinco años en el Valle del Río Negro y no me hallaba. Quería venir a Misiones. Ellos me buscaron pero ya no quise volver porque me sentía muy sola allá”. Al arribar a la tierra colorada se encontró con el nacimiento de Héctor, que es su primer sobrino.

Es quien día a día visita a las tías y se ocupa de asistirlas. Y en la entrevista apuntó los dichos de la “tía Ale”, aunque reconoció que muchas veces “las cosas que no recuerdo las consulto a ella. Es que tiene una memoria muy buena para la edad”.

La mujer volvió a Buenos Aires para seguir trabajando pero el amor llamó a su puerta y se casó con un salteño “amargado y aburrido. Era un buen tipo pero nada le gustaba. Lo traje a Misiones, lo llevé a las Cataratas, a Mar del Plata, pero no le gustaba nada. Hasta que se quitó la vida, porque al parecer ese era su propósito”, lamentó.

Ese episodio la dejó muy mal. Pero siguió trabajando de niñera para una familia que residía en el Kavanagh, edificio emblema de Buenos Aires, con la que se quedó casi 40 años. Primero cuidando a dos o tres hermanos, que se fueron agregando y, finalmente llegaron a siete. “No tuve hijos pero los que cuidé eran más que mis hijos. El año pasado vinieron a verme, son grandes estancieros.

Cuando me jubilé, el más grande me dijo ‘vos te quedás con nosotros’. Le contesté que no, que junté una platita y me compré mi casa en el barrio San José, de Adrogué. Le expliqué que mientras estaría bien todos me iban a querer pero cuando esté vieja e inútil, ¿qué van a hacer conmigo?”.

Al mudarse, contaba con tan solo una mesita “pero me arreglé. Me prometí que nunca más me iba a casar pero ingresé a un Centro de Jubilados y había un señor que me miraba. No quería saber más de nadie. Justo tenía pasaje para viajar a Misiones y el hombre me dijo que quería hablarme, le contesté que si cuando volvía estaba libre, podríamos vernos.

Estuve acá 20 días y al volver me escondía para que no me viera. Me dijo, ‘quiero hablar, te estoy esperando’. Era un correntino divorciado y con los papeles en regla, entonces nos casamos. Tenía costumbres similares a las nuestras”. Alejandra lo describió como “fantástico, un compañero excelente, me arregló la casa y me la dejó hecha un paraíso, guapo, alegre, jovial, de buen humor, pero cuando le agarraban las crisis asmáticas había que aguantar.

Paseamos por distintas provincias, fuimos a Camboriú. Vivimos felices. Le decía: teníamos que habernos encontrado mucho antes’. Pasamos tan bien y vivimos juntos durante más de diez años hasta que se enfermó y después de cuatro años se murió, pero en paz. Y me volví a quedar sola”.

Admitió que “para estar al cuidado de los niños tenía que estar bien. Mamá me decía ¿cómo podes estar siempre contenta? Mamá, yo vivo bien, somos pobres pero vivo bien. Después que papá se fue, dijimos no importa mamá, vamos a trabajar y a salir a flote. Y así hicimos”.

“Mi hermano Narciso fue como nuestro segundo papá, y mamá que era muy correcta. Aguantar y criar a doce hijos no era fácil. De los seis varones, uno era profesor, otro gerente de banco, suboficial de Gendarmería. Mamá los aconsejaba: no sigan el camino de su padre, aprendan, ya ven el ejemplo”, alegó.

Sus familiares no estaban de acuerdo que quedara sola en la gran ciudad. Después de un tiempo su hermana Marina fue a buscarla. “Me dijo: no tenés hijos, vendé la casa y andá a quedarte con Santa -hermana con la que vive actualmente- porque yo estoy enferma y tengo poca vida.

Hace unos diez años hice lo que ella me pidió”, aunque acá “no soy conocida porque viví poco en este pueblo, y mientras estuve acá, estaba dedicada plenamente a mi trabajo. Si bien viví mucho tiempo en Buenos Aires no soy porteña”.