Hay una característica común que atraviesa a casi todos los gobiernos argentinos cuando empiezan a perder contacto con la realidad: la necesidad de correr permanentemente el horizonte. El bienestar nunca llega hoy. Siempre llega después.
A veces es el próximo semestre. Otras veces es el año siguiente. En ocasiones es el próximo mandato. Ahora parece ser 2027.
Durante la semana, en el Latam Economic Forum, Javier Milei y Luis Caputo volvieron a construir buena parte de su discurso sobre una promesa futura. Caputo habló de los “mejores 18 meses de las últimas dos décadas”. Milei aseguró que Argentina se encamina hacia un escenario de menor inflación y mayor crecimiento. Ambos describieron un país que está por suceder.
El problema es que mientras ellos hablan del país que viene, la sociedad sigue habitando el país que existe. Y los datos de ese país son bastante menos épicos.
La morosidad de las familias alcanzó el 12% y acumula dieciocho meses consecutivos de aumento. Más de 5,3 millones de personas tienen algún crédito irregular. Las fintech y los sistemas de crédito no bancario exhiben niveles de incumplimiento cercanos al 30%. El propio FMI encendió luces amarillas sobre ese fenómeno.
Al mismo tiempo, los salarios privados registrados acumulan siete meses consecutivos perdiendo contra la inflación. Santiago Casas, de EcoAnalytics, habla de una pérdida acumulada cercana al 5% desde agosto. Claudio Caprarulo, de Analytica, señala que es la peor racha desde la llegada de LLA.
La actividad económica tampoco termina de confirmar el relato del despegue. Los informes de Orlando Ferreres y Equilibra describen una economía que se mueve en “serrucho”, avanzando un mes para retroceder al siguiente. Minas, energía y finanzas muestran dinamismo, pero tienen bajo impacto de mano de obra. Comercio, industria y consumo siguen sin encontrar piso firme y son los históricos motores del empleo argentino… dato, no opinión. De hecho, la economista Laura Caullo, de IERAL-Fundación Mediterránea, aporta una observación clave: los sectores más favorecidos por este modelo representan apenas el 3% del empleo total y el 7% del empleo privado registrado. Son actividades que generan divisas, pero no necesariamente trabajo masivo.
Allí aparece una de las principales contradicciones del momento. La macroeconomía exhibe niveles indiscutibles. La inflación desaceleró respecto de los niveles de la crisis. El déficit fiscal desapareció. Las exportaciones energéticas muestran resultados inéditos. Pero la vida cotidiana continúa enviando señales opuestas.
Lucas Romero, director de Synopsis, lo resumió con una frase que probablemente explique mejor que cualquier gráfico el estado de ánimo social: “Uno ve una economía argentina que ofrece buenos resultados. Pero una economía de los argentinos que ofrece malos resultados”. Es una definición brutal por su sencillez. Ocurre que la política puede discutir estadísticas, cuestionar metodologías, impugnar encuestas. Lo que no puede hacer es discutir eternamente con la experiencia cotidiana de millones de personas, cuando un trabajador siente que su salario alcanza menos, cuando una familia se endeuda para pagar gastos corrientes, cuando aumenta la mora, cuando crece la preocupación por el empleo, cuando los comerciantes venden menos, cuando existe una realidad social que merece ser explicada, no negada.
Sin embargo, la respuesta oficial parece orientarse en otra dirección. Cuando aparece un dato incómodo, el problema suele ser quien lo publica; cuando surge una crítica, el problema es quien la formula; cuando una encuesta registra malestar, el problema es quien pregunta.
A Javier Milei le preocupa una homilía del 25 de Mayo que menciona el “terrorismo de redes”. Pero no parece preocuparle hablar de “golpes” todas las semanas, cuando una noticia refleja indicadores que contradicen el optimismo oficial. Existe allí una vieja tentación argentina, la de disciplinar a la prensa. Se revitaliza entonces la fantasía de administrar la percepción pública, el deseo de que la realidad termine pareciéndose al relato.
En ese punto, las diferencias ideológicas entre kirchnerismo y mileísmo se vuelven mucho más pequeñas de lo que ambos estarían dispuestos a admitir. Son expresiones distintas de una misma pulsión populista: la incomodidad frente a los datos que contradicen la narrativa propia.
Mientras tanto, el llamado “triángulo de hierro” atraviesa una etapa de turbulencias que tampoco ayuda.
El Gobierno llegó prometiendo terminar con la política tradicional, sin embargo hoy dedica una porción creciente de su energía a administrar internas, sospechas cruzadas y disputas de poder dentro de su propio núcleo.
Las redes sociales, durante años territorio privilegiado del oficialismo, se transformaron en escenario de disputas internas, acusaciones cruzadas y sospechas recíprocas. Paradójicamente, quienes construyeron buena parte de su identidad política denunciando las irregularidades ajenas, hoy pasan buena parte de su tiempo respondiendo cuestionamientos propios.
El caso que involucra a Manuel Adorni es quizás el ejemplo más evidente. Hace semanas se anunció la “inminente” presentación de documentación destinada a despejar dudas. Sin embargo, las explicaciones siguen demorándose. Y aun cuando lleguen, difícilmente representen el cierre de una discusión. Serán, en todo caso, el comienzo. La consecuencia política es evidente. La ironía libertaria, aquella herramienta que durante años funcionó como escudo y espada al mismo tiempo, ya no posee la exclusividad del sarcasmo.
Y es que cuando las inconsistencias empiezan a surgir dentro del propio espacio, la burla pierde potencia y la credibilidad se convierte en un activo mucho más importante que la agresividad.
Sin embargo, la sociedad sigue esperando respuestas bastante más sencillas. No pregunta por la próxima década, ni cuándo Argentina volverá a ser potencia. En todo caso pregunta cómo llegar a fin de mes, o cuándo dejará de caer el salario. Pregunta por qué aumentan las deudas, o cuándo volverá el empleo.
Por estos días, en diálogo con la FM 89.3 Santa María de las Misiones, el padre Alberto Barros, desde el trabajo cotidiano de Cáritas, describió una realidad que difícilmente pueda encontrarse en los paneles financieros o en las presentaciones empresariales.
Habló de familias de clase media que comenzaron a pedir ayuda. De personas que abandonan tratamientos médicos. De hogares que no logran afrontar gastos básicos. Puede discutirse su interpretación política, pero resulta mucho más difícil ignorar lo que observa diariamente en el terreno. La realidad tiene una característica incómoda para cualquier gobierno porque termina apareciendo incluso cuando nadie quiere verla.
Esa misma tensión entre relato y realidad apareció, curiosamente, en un escenario muy distinto durante los actos por el 25 de Mayo.
Mientras habla de un ciclo de prosperidad futura, el gobernador Hugo Passalacqua eligió poner el foco en una demanda mucho más terrenal: ser escuchados. Al reivindicar el federalismo como una “revolución inconclusa”, Passalacqua recordó que las provincias siguen reclamando reconocimiento y acompañamiento del poder central.
Cuando afirmó que Misiones necesita que “el puerto de Buenos Aires” le preste más atención, describió una sensación que atraviesa a buena parte del interior productivo: la percepción de que las promesas macroeconómicas todavía no encuentran traducción concreta en las economías regionales, en el empleo local o en la capacidad de crecimiento de las provincias. En definitiva, la misma pregunta que se hacen millones de argentinos a escala individual aparece ahora formulada desde los distritos: ¿cuándo llegará a la economía real la prosperidad que las estadísticas prometen?
Quizás por eso el cuestionamiento más importante ya no sea si el plan económico tiene éxito o fracasa. La pregunta es si este es efectivamente el plan, si esto que estamos viendo constituye la versión real y no transitoria del modelo, entonces ¿por qué los resultados sociales continúan tan lejos de las promesas que lo acompañaron?
Y si los resultados todavía no llegaron, ¿cuánto tiempo más puede sostenerse una sociedad viviendo de anticipos, mientras la prosperidad prometida sigue apareciendo siempre en el calendario del año siguiente?
El relato oficial tenía una virtud innegable: lograba construir épica incluso cuando los números empezaban a mostrar fatiga. El problema apareció cuando la realidad decidió no colaborar con el discurso y hoy las tensiones son evidentes.
Mientras el Gobierno festeja una desaceleración inflacionaria como si fuera el desembarco en Normandía, el consumo masivo sigue cayendo, la actividad económica se estanca y el famoso “rebote” se parece más al gas del que hablaba el Presidente que al buzo que lo iba a soltar.
La escena ya resulta repetitiva. Un dato positivo aparece, las redes libertarias explotan de euforia, Javier Milei se lo enrostra al “periodismo ensobrado”, Luis Caputo promete crecimiento inminente y los funcionarios aseguran que el sacrificio finalmente empieza a dar resultados. Se replica en redes, los acólitos se cargan y disparan… después llegan los otros números y todo vuelve a su estado normal.
Por eso incluso dentro del propio Gobierno empiezan a aparecer señales de preocupación. Caputo ya reconoce que el ajuste llegó a un límite y que ahora “la economía necesita crecer”. Traducido: el plan agotó su etapa más “sencilla”, recortar. Lo difícil y hasta ahora invisible, era lograr que después de la motosierra apareciera algo parecido al desarrollo.
El problema es que el modelo libertario construyó gran parte de su legitimidad sobre una promesa muy concreta: sufrir hoy para vivir mejor mañana. Pero cuando el mañana empieza a demorarse demasiado, la paciencia social se erosiona. Y las inconsistencias quedan más expuestas.






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