La violencia en las escuelas no es un virus que entra por la ventana ni un fenómeno aislado del contexto. Lo que aparece en las pintadas de los baños o en las amenazas que circulan por redes sociales es, en realidad, el reflejo de una sociedad atravesada por tensiones más profundas, donde los establecimientos educativos funcionan como una caja de resonancia de lo que sucede fuera de sus muros.
Así lo planteó el sociólogo Daniel Re, profesor universitario e investigador en temas de infancia, en una entrevista con FM 89.3 Santa María de las Misiones. Allí explicó que, en la provincia, como en gran parte del país, los primeros indicios del fenómeno surgieron con pintadas en escuelas y se amplificaron a través de plataformas digitales, lo que permitió su rápida circulación.
Para Re, el error más frecuente es pensar la violencia escolar como un problema propio de las instituciones educativas. “Las escuelas no están aisladas del resto de la sociedad”, sostuvo, y propuso entenderlas como un “microcosmos social” donde se expresan conflictos que tienen origen afuera.
Desde esa mirada, remarcó que los niños no son violentos por naturaleza, sino que las conductas agresivas aparecen como manifestaciones de un contexto más amplio, marcado por crisis económicas, falta de perspectivas y tensiones sociales que impactan directamente en los jóvenes.
Uno de los cambios más significativos, según el especialista, es la pérdida del lugar simbólico que históricamente tuvo la escuela. Aquel espacio donde el docente gozaba de una autoridad casi incuestionable y que funcionaba como un “lugar sagrado” se fue transformando con el tiempo. Hoy, esa institución se encuentra atravesada por una realidad donde el respeto a las autoridades y a las normas aparece debilitado.
En ese proceso, la influencia del clima social y político resulta determinante. La crispación que se observa en la esfera pública -con discursos de confrontación, falta de tolerancia y pérdida de respeto institucional- no queda encapsulada, sino que desciende hasta los ámbitos cotidianos, incluyendo las aulas.
A esto se suma otro factor central: la exclusión. Apoyado en el concepto de violencia simbólica desarrollado por Pierre Bourdieu, Re planteó que muchas de estas expresiones pueden interpretarse como respuestas a una exclusión previa. En una sociedad donde amplios sectores no encuentran un lugar claro ni certezas hacia el futuro, la violencia aparece como una forma de hacerse visible.
“Las amenazas se transforman en una forma de llamar la atención, de generar estatus”, explicó, al tiempo que advirtió que este tipo de conductas no deben analizarse de manera aislada, sino en relación con el contexto social que las produce.
El papel de las redes sociales termina de completar el cuadro. Lejos de ser el origen del problema, funcionan como amplificadores que potencian la agresividad y reducen los niveles de empatía.
“La pantalla elimina la empatía social. Al no verle la cara al otro, uno puede decir cualquier cosa”, señaló.
En ese entorno digital, además, domina la lógica de la inmediatez. El conflicto ya no se tramita a través de la palabra, sino que muchas veces se resuelve desde el impulso, en una sociedad que muestra cada vez menor tolerancia a la frustración.
La crisis de autoridad que atraviesa a la escuela también se refleja en las familias. Las dificultades económicas, la inestabilidad laboral y la falta de tiempo impactan en la capacidad de contención de los padres, generando un escenario donde los vínculos se debilitan y los conflictos se intensifican.
Frente a este panorama, la tentación de buscar soluciones rápidas, basadas en controles o medidas punitivas, aparece como una respuesta inmediata. Sin embargo, Re propone un enfoque diferente. “Menos detectores de metales y más escucha”, sintetizó.
Desde su perspectiva, no se trata de señalar culpables individuales -ni padres, ni docentes, ni instituciones-, sino de asumir que se trata de una responsabilidad colectiva. La violencia, en este sentido, es el síntoma de un “tejido social roto” que requiere una reconstrucción más profunda.
En el mismo sentido, subrayó la importancia de generar espacios de diálogo, tanto en las escuelas como en los barrios, que permitan comprender qué les ocurre a los jóvenes y acompañarlos en ese proceso.
Consultado sobre si estos episodios pueden profundizarse, evitó dar definiciones tajantes. “No tengo esa capacidad predictiva. Espero que sean hechos aislados y que se puedan encauzar”, afirmó, aunque insistió en la necesidad de intervenir a tiempo y comprender las causas.
Otro aspecto que aparece en el análisis es la convivencia de distintas realidades dentro de las escuelas. Las diferencias sociales, culturales y económicas no son nuevas, pero el problema radica en cómo se procesan. Cuando no hay herramientas para comprenderlas, pueden transformarse en fuente de conflicto.
En ese contexto, Re advirtió que la falta de tolerancia hacia el otro, los discursos de odio y el retroceso en ciertas conquistas sociales generan un clima que termina impactando en los más jóvenes.
El diagnóstico, en definitiva, es contundente: la violencia escolar no es un fenómeno aislado, sino el reflejo de una sociedad que atraviesa una crisis de vínculos, de autoridad y de sentido. Y su abordaje, lejos de soluciones inmediatas, exige reconstruir aquello que se ha ido desarmando con el tiempo: el lazo social.




