“Me jubilé pero nunca dejé que me archivaran”

A los 91 años, publicó su octavo libro. “A mi familia, con amor”, que fue presentado recientemente entre los suyos, contiene relatos, cuentos y una novela, que desgranan la vida de sus allegados y encierran cosas entrañables.

25/08/2021 12:36

Mientras aguarda el momento de la entrevista, Luz María Carvallo de Borches (91) se apresura a efectuar unas mínimas correcciones a su último trabajo: “A mi familia, con amor”. Fue presentado hace una semana en casa de Alicia, su hija menor, entre un puñado de familiares que pudieron acercarse, limitados por la pandemia. Contiene 25 escritos, entre relatos y cuentos y una novela corta. Se trata de una obra que fue escribiendo a lo largo de muchos años, y que encierra cosas entrañables.

“Mis hijos y nietos están muy contentos con que la abuela haya hecho otro libro, y dedicado a todos ellos. Siempre me ven leyendo y escribiendo, intuían que algo estaba haciendo, pero no sabían que se iba a llamar ‘A mi familia, con amor’, y que en el prólogo los iba a citar”, comentó “Kelito”, y agregó que la presentación resultó “un momento muy motivo”.

Sus comienzos como escritora se remontan a una investigación, que costó mucho tiempo y trabajo, y que se materializó en un folleto sobre Doña Clotilde Mercedes González de Fernández Ramos. Lo publicó en 2009, en ocasión del centenario de la Escuela Normal Escuela Normal Mixta Estados Unidos del Brasil, donde se recibió de maestra.

 

 

“Trabajaba allí cuando ascendí a supervisora, y me jubilé al poco tiempo. De todos modos, seguí muy ligada al establecimiento a través de la Asociación de Ex Alumnos. Quise a mi escuela y estuve siempre cerca, entonces cuando cumplió cien años  imprimí 150 libritos y los repartí a modo de obsequio. Fue lo primero que se publicó en Posadas sobre Doña Clotilde, y fue utilizado como bibliografía por dos escritoras que decidieron luego, escribir sobre ella. En ese trabajo figura mi folleto como base bibliográfica. Eso me da mucho placer porque siento que fui la que puse a Doña Clotilde en el lugar en el que tenía que estar”.

“Esa mujer merece tener el lugar destacado, que no se le dio. Había una calle que llevaba su nombre en el Tiro Federal, pero con la construcción de la represa, quedó bajo el agua, Desapareció la calle y, con ella, el homenaje. La Escuela Profesional de Mujeres también podía llevar su nombre, pero lo reemplazaron por el de Evita”, explicó, quien fue declarada “Mujer destacada de Posadas” por el Concejo Deliberante capitalino.

 

 

A partir de esa primera inquietud, continuó escribiendo pero “como tengo una enfermedad que se llama temblor esencial, no puedo hacerlo manuscrito, entonces aprendí a usar la computadora. Escribí primero dos libros a los que denominé ‘Duendes de la memoria’ 1 y 2, que publiqué en 2010 y en 2011, y después me animé a ahondar un poco más profundamente en la literatura. Quería escribir sobre las consecuencias de la Guerra del Paraguay en nuestra región, lo que derivó en una trilogía que se denomina ‘Historias de Acosta Ñú’ -un enfrentamiento que ocurrió durante la guerra de la Triple Alianza, el 16 de agosto de 1869, donde murieron más de tres mil niños”.

Sostuvo que “siempre me impresionó ese acontecimiento, esa guerra tan injusta, tan tremenda, que dejó a tres países endeudados y a uno totalmente devastado. Me decidí a escribir, pero no quise hacer una obra grande, porque no era mi afán hacer historia sino hacer hablar a la gente que sufrió la guerra y contar las consecuencias, lo que la guerra hizo en el pueblo, y dar voz a quienes no tienen voz. Tuve que estudiar historia del Paraguay, consultar una bibliografía tremenda. Mi intención era escribir para los jóvenes, porque soy docente. Entonces en lugar de escribir una novela grande, decidí hacer tres novelas de amor. La primera se llama Amores de guerra y fronteras, y una saga familiar que lleva el nombre de Acosta Ñú. Y la tercera que se llama Historias de Acosta Ñú Reencuentros”. Después de la trilogía incursionó en cuentos para niños.

 

 

Al último libro lo dividió en tres partes. “En la primera escribí sobre mis ancestros. Es material que iba acumulando y al que ahora le di un orden. Se destaca la historia de mi bisabuelo, que era un fidalgo portugués. Después escribí sobre mi abuelo, mi abuela, y mi padre, José Carvallo, que fue el creador de la Escuela Nº 122 de Colonia Monteagudo, El Soberbio, allá por 1928. También sobre mi mamá, Carlinda Rospire Arbo, que se casó a los 13 años y a los quince días cumplió 14. Era tan jovencita que cuando yo era criatura jugaba conmigo pero yo no sabía por lo que ella había pasado. Digo acá que crecimos juntas. Era tan niña, tenia un carácter tan alegre, que creo que la ayudó a superar el desarraigo. Vino desde Monteagudo a San José, al seno de los Carvallo, que tenían once hijos varones y cinco mujeres. Era tan chica y tan tierna entre tantos hombres, habrá sido tremenda la vida de ella. Era muy habilidosa, me hacia muñecas de trapo o tejidas a crochet. Creo que tenía 16 años cuando me tuvo y falleció a los 82”. En la segunda parte, hay una mención especial al Tío Lucas, “porque era pintoresco, y siempre me gustó recordarlo”.

 

Posadeña por circunstancia

El padre de “Kelito” fue trasladado a una escuela cerca de Candelaria pero cuando ella nació, fue en Posadas porque, según los relatos, allá no había médicos. “O sea, que soy posadeña por circunstancia”, acotó. Se crió en Candelaria hasta los 12, y después vino a la capital misionera para estudiar en la Escuela Normal, donde se recibió de maestra. Más tarde, trabajó como cajera de la joyería Bertotti, hasta que la nombraron en una escuela de Profundidad. Juntó dinero y se fue a estudiar a Santa Fe, porque quería cursar escribanía.

“En esa época te daban licencia por estudio, así que la pedí y fui a concretar mi objetivo. Estuve todo un año, había aprobado dos materias, y cuando volví, habían cortado la licencia por estudio. Había que presentarse, pero renuncié porque pensaba seguir estudiando. Pero en el camino, tropecé con el señor Borches, además de lo difícil que era viajar porque en esa época estaban los cuay (pantanos), en el límite con Corrientes. Siempre había un tractor del lado de Misiones y otro, del lado de Corrientes, para sacar al colectivo empantanado. Entonces, enamorada, más las dificultades que se presentaban para viajar, me quedé nomas”, confió.

 

 

Empezó a trabajar en lo que se llamaba Regional Máquinas, donde ahora esta Maravilla, que era representante de Internacional Harvester y vendía maquinaria agrícola, repuestos y demás. “Me desempeñaba como empleada de escritorio. Ese comercio era de los suizos, la inmigración suiza fue muy importante en Misiones. La mayoría eran egresados de La Sorbona, tenían títulos de filosofía, doctorados. Los conocí a todos, e inspirándome un poco en ellos, escribí la novelita que se llama ‘Refugiado en Misiones’, en la tercera parte del libro”, agregó.

 

Con las cuatro avenidas

Siendo adolescente, llegó a una Posadas en la que estaban estrenando las cuatro avenidas, que fueron construidas por mandato del intendente Semilla.

“Pero no tenía asfalto en las calles, solamente en las cuatro que delimitaban la plaza 9 de Julio, hasta donde iba a dar vueltas y donde conocí a Daniel. Después cada intendente fue haciendo una cuadrita, otra cuadrita, y así. En Candelaria no teníamos casa propia y el dolor del alma de mamá era porque debíamos cambiarnos a cada rato. Cuando vinimos a Posadas, papá compró un terreno que se ubica sobre la calle Tucumán, que era un solo pedregal. Gracias a un crédito del banco se empezó a construir la casa en la que todavía habitamos. A pocos metros pasaba el arroyo Vicario, que ahora está entubado, pero que en la época en la que mis hijos eran chicos, muchas veces tuve que ir a rescatarlos de allí”, expresó.

 

 

Cuando se mudaron desde Candelaria, “venimos a vivir en una casa alquilada de calle Sarmiento y San Luis e iba a la Escuela Normal. Cuando papá compró esto e hizo construir la casa, ya estaba en cuarto año. En ese entonces, Posadas había mejorado mucho. La calle Colón ya tenía asfalto como muchas de las entradas a la ciudad. Fue cambiando de a poco. Al barrio ya se le agregó una casa en frente, una al costado y la nuestra, y lo demás eran baldíos con capuera. Por acá pasaba un caminito para acortar distancias. Papá tuvo que poner alambre de púa, y aunque habíamos sembrado una huerta, no dejaban de pasar por el trillo”, rememoró.

 

Lugares emblemáticos

Junto a sus amigas, concurría a bailar al Savoy, donde funcionaba un salón de fiestas. “Unas primas lo alquilaron e hicieron la fiesta ahí. La esquina era café, billar, y hacia San Lorenzo, había consultorios médicos”, dijo, y consideró que la historia del hotel abandonado “es una cosa tristísima. Es imposible imaginar lo hermoso que era el salón en el que bailábamos. Era una belleza, las paredes eran todas con filigrana, era todo artístico, muy bonito aunque es difícil de describir porque mi memoria no me ayuda mucho. Pero puedo decir que era uno de los lugares más bonitos de Posadas. Pienso que todavía se puede rescatar, y es una barbaridad que el Gobierno no se ocupe. No les interesa. Y no sólo el Savoy. A ningún Gobierno de Posadas, salvo al de Napoleón Ayrault, que hizo el plan Urbis y que tenía un capítulo para rescatar la historia local, ningún otro Gobierno se ocupó”.

Por ejemplo, la vivienda de los Pomar, “era una maravillosa casona de estilo colonial, que ocupaba un cuarto de manzana frente a donde se emplaza el actual edificio municipal. Una noche vino una topadora y al otro día, desapareció. Recuerdo que quien quería sacarse fotos, iba hasta allí. Nosotros cuando pescábamos llevábamos una cámara fotográfica, nos íbamos a parar al frente de esa casa para sacarnos fotos porque era un lugar maravilloso. Es un crimen lo que hicieron. Y yo le dedico unas páginas al teniente coronel Gregorio Pomar, que siempre me llamó la atención. En Corrientes, una avenida y una calle llevan su nombre, cuando era nacido en Santa Ana, Misiones”.

 

Agradecida a la vida

Sentada en medio de las floridas plantas de su jardín, insiste con que se siente “feliz y afortunada”. Para “Kelito” es “grandioso tener una familia de 52 miembros que, si bien, cuesta reunirlos, vinieron todos para mis 90. Todos ellos me miman mucho. Soy una persona feliz porque todos me rodean, pido algo y todos corren a complacerme, quiero ir a algún lado y enseguida está alguien para buscarme o llevarme. Todos ellos son fruto de mi matrimonio con el entrerriano Daniel Edgardo Borches”, un jugador de básquetbol que siempre representó a Misiones.

El padre de su esposo llegó trasladado a Posadas como jefe de correos, y Daniel vino en vacaciones y ya no regresó porque fue nombrado telegrafista. “Tuve un marido que era una delicia de hombre y flor de churro. Ese señor me hizo cambiar los planes, y nunca me arrepentí de eso”, celebró, la hermana de Silvia y de Néstor Ovidio, ya fallecido.

Manifestó que al jubilarse, “dejé de trabajar dentro del sistema pero no me archivé. Fui jubilada pero nunca me sentí archivada, y nunca dejé que me archivaran. Siempre estuve estudiando, sigo estudiando, leo mucho y estoy siempre vigente. Siempre me gustó organizar y planificar cosas. Siempre tengo un proyecto en marcha. Ahora estoy leyendo ‘El hombre que amaba a los perros’, una novela del autor cubano Leonardo Padura”, escrita en 2009, que va alternando con otros que trae desde la Biblioteca Popular, con la que siempre colaboró y donde presentó todos sus libros.

 

Sin límites

La escritora comenzó a utilizar la computadora para hacer la investigación sobre Doña Clotilde, a fin de resguardar los apuntes y las entrevistas que hacía.

Es que “si tenía que mandar a editar, no podía entregar material con mi letra. Pero tener temblor esencial tampoco me limitó, busqué la manera de utilizar otros recursos, después de todo ¿para qué disponemos de la tecnología? Aprendí a escribir y a manejarme con la computadora a ojo. Venía un nieto y me enseñaba, venía otro y me mostraba otra cosa, pero no aprendí a guardar, a poner títulos, a hacerlo ordenadamente. Y me dio mucho trabajo rearmar todo, pero logré y salieron los trabajos”.