Lo que podemos aprender de la historia de las epidemias

Se sabe por experiencia: las crisis sanitarias como la pandemia de COVID-19 aumentan las desigualdades. Si se quieren evitar, habrá que entender el pasado y crear una nueva y mejor normalidad.

28/06/2021 16:04

En mayo de 2021, la viróloga Angela Rasmussen sostenía que “si los últimos 18 meses han demostrado algo es que haríamos bien en recordar las lecciones de las pandemias pasadas al tratar de prevenir las futuras”.

Lo que implicaría salir fortalecidos de esta crisis. Los testimonios de pasadas epidemias pueden ayudarnos. Aunque no ofrecen respuestas definitivas sobre lo que hay que hacer, nos advierten que el aumento de las desigualdades es inevitable tras una pandemia y, si se quieren evitar, hay que actuar con diligencia.

Pensemos en la gran plaga de Londres de 1665.

Cuando empezó a remitir, el funcionario naval Samuel Pepys señaló que su riqueza se había triplicado con creces ese año, a pesar de los terribles momentos que muchos estaban viviendo. Aun así, lamentó el gasto que supuso abandonar Londres para evitar los contagios.

Pepys había tenido que financiar el alojamiento de su esposa y de las criadas en Woolwich y el suyo propio y el de sus empleados en Greenwich.

Su experiencia contrasta con la de los londinenses que perdieron sus medios de vida, y los 100.000 que murieron.

Hoy podemos ver cómo las mismas desigualdades sociales y económicas se acentúan. Los directivos de Amazon, Jeff Bezos, y de Tesla, Elon Musk, han aumentado su patrimonio neto en miles de millones de dólares durante la pandemia, mientras que muchos de sus empleados se han enfrentado a los riesgos del coronavirus en el lugar de trabajo a cambio de una escasa remuneración.

Del mismo modo, durante y después del brote de gripe de 1918 -en el que se estima que se infectó un tercio de la población mundial y murieron alrededor de 50 millones de personas- los proveedores de medicamentos trataron de obtener beneficios.

En los países occidentales, esto vino acompañado de compras, marcadas por el pánico, de quinina y otros productos para tratar y evitar la gripe.

Hoy también hay controversia sobre cómo las naciones ricas hacen acopio de vacunas y prometedores tratamientos potenciales. A pesar de que COVAX se creó para distribuir las vacunas de forma equitativa, el reparto está siendo muy favorable a los países ricos. Estamos reproduciendo los errores del pasado.

 

 

La caridad también aumenta

En este tipo de crisis, junto a la codicia y la desigualdad también existe la posibilidad de realizar actos de caridad.

En Diario del año de la peste de Daniel Defoe -un relato ficticio de la gran peste, publicado muchos años después, en 1722, y escrito con la voz de alguien que vivió el acontecimiento- el narrador, H.F., comenta: “La miseria de los pobres la presencié muchas veces y, a veces, también el apoyo caritativo que algunas personas piadosas les daban a diario, enviándoles ayuda y suministros tanto de alimentos como de medicamentos y otra ayuda, según lo que necesitaban”. H.F. señala que ciudadanos particulares enviaban fondos al alcalde para que los distribuyera entre los necesitados, mientras que seguían repartiendo “vastas sumas” de manera directa.

Según los relatos reales de la pandemia de gripe de 1918, en esta crisis también se produjeron muchos actos de caridad.

En la pandemia actual también se han producido estos actos de bondad, con un aumento de las donaciones benéficas y de los proyectos de apoyo a los necesitados.

En todo el mundo, las donaciones se han vuelto más locales y expansivas, y la ayuda mutua -la práctica de ayudar a los demás en un espíritu de solidaridad y reciprocidad- está aumentando. Sin embargo, estas prácticas corren el riesgo de desaparecer tras la crisis actual.

Después de la “gripe española” de 1918, Estados Unidos olvidó rápidamente la enfermedad que había matado a unos 675.000 de sus conciudadanos.

 

 

El período de auge económico conocido como los locos años 20 borró los recuerdos. Existen pocas huellas de aquello.

La novela corta de Katherine Porter de 1939 Caballo pálido, jinete pálido es una excepción. En ella se describe la experiencia de Miranda durante la epidemia de 1918, que enferma y delira de gripe, pero se recupera.

Sin embargo, descubre que el jinete pálido, o la muerte, se ha llevado a su amor, el soldado Adam, que probablemente enfermó por cuidar de ella. Es un recordatorio de que el trauma de las pandemias es profundamente personal y no debe olvidarse.

 

Las desigualdades persisten

Ahora que las economías empiezan a recuperarse y se espera que haya crecimiento, debemos recordar tanto el sufrimiento individual como la conmoción social que ha causado la pandemia, y utilizarlo para tomar mejores decisiones sobre cómo avanzar.

La historia sugiere que las desigualdades recientes reaparecerán a menos que nos esforcemos en combatirlas.

Pensemos, por ejemplo, en un tipo de desigualdad fruto de las pandemias que lleva mucho tiempo resolver: que las mujeres y los niños se ven especialmente afectados. El narrador de Defoe, H.F., considera que el hecho de que las mujeres pobres tuvieran que dar a luz solas durante la peste, sin comadrona ni vecinos que las ayudaran, es uno de los casos más “deplorables de toda la calamidad actual”.

H.F. también afirma que murieron más mujeres y niños por la peste de lo que sugieren los registros, porque se registraban otras causas de deceso. La pandemia de gripe de 1918 también afectó más a los menores de cinco años y a los que tenían entre 20 y 40 años, dejando a muchos niños sin madre o huérfanos.

En la actual pandemia, las madres han tenido que dar a luz con mucho menos apoyo del necesario. También han soportado una mayor carga al tener que compaginar el trabajo, el cuidado de los niños y la educación en casa.

El número de niños en situación de pobreza también ha aumentado: se estima, por ejemplo, que el 14% de los niños británicos se han enfrentado al hambre persistente en algún momento de la pandemia.

 

 

Planificar el futuro

Sin embargo, observar los testimonios del pasado no significa que estemos condenados a reproducir los patrones de desigualdad. Quizá puedan servir para inspirar lo contrario.

La salida de la crisis tal vez sea el momento de considerar cambios radicales en el statu quo, como la renta básica universal y las guarderías públicas o fuertemente subvencionadas. Ha llegado el momento de que los responsables políticos y la sociedad piensen a lo grande y sean audaces.

Si tenemos la suerte de tener una recuperación económica rápida y fuerte como después de 1918, no olvidemos que otra catástrofe, ya sea una pandemia o cualquier otra, volverá a poner de manifiesto las debilidades expuestas a lo largo de la historia.

Tal vez no hay que esperar a que vuelva la normalidad, sino recordar la esperanza de los primeros días de la pandemia: que sirva para plantear una nueva y mejor normalidad.

 

 

La humanidad suspende en historia de las pandemias

Cuando comenzó, se consideró algo “banal”, “la enfermedad de moda” contra la que “la profesión médica se creía capaz de luchar exitosamente”. Sin embargo, en poco tiempo, la “preocupación no quedó limitada a la identidad de la enfermedad epidémica, sino también a su grado de difusión y gravedad”. “Procurar estar al aire libre, evitar los lugares con atmósfera enrarecida, ventilar y desinfectar” se convirtieron en recomendaciones generales ante la falta de tratamiento.

Se produjo desabastecimiento de algunos productos y protestas de la ciudadanía por la ausencia de medidas, por la disparidad de estas y por la insuficiencia de recursos sanitarios. No es una crónica del actual coronavirus, es el reflejo de la pandemia sufrida el pasado siglo y recogida en el libro La gripe española 1918-1919 (Editorial Catarata) de la médica y catedrática de Historia de la Ciencia en la Universidad de Castilla-La Mancha María Isabel Porras, madrileña de 62 años.

Las similitudes entre dos epidemias con un siglo de diferencia llevan a pensar que la humanidad suspende historia. “Me gustaría pensar que no, pero me temo que no se va a aprender, en especial a nivel político, entre quienes tienen capacidad de decisión”, admite Porras, quien aboga por un modelo sanitario alejado de las teorías neoliberales para devolver los recursos a la sanidad, corregir las desigualdades económicas y dar el peso necesario a la ciencia y la salud, o por liberar las patentes de las vacunas para conseguir inmunizar a toda la población.

Ese suspenso en conocimiento del pasado tiene una explicación, en opinión de la investigadora. “Los políticos no quieren considerar la historia porque les obligaría a tomar medidas a las que no le ven el efecto inmediato, en el período que ocupan los cargos. Es una pena”, lamenta.

Y no hay que remontarse un siglo para descubrir el efecto del olvido del pasado por parte de los responsables de la sanidad. “Ni siquiera han visto la historia a corto plazo, las lecciones del primer brote. En ese momento ya se vio la necesidad de hacer refuerzos y se ha hecho escasamente”, añade Nieto.

Las similitudes se reflejan desde el inicio de las dos pandemias. El periódico El Sol recogía en 1918 la opinión de Gregorio Marañón, que llegó a formar parte de la Comisión Médica Española, en la que se refería a la entonces incipiente enfermedad como un “proceso similar a la gripe”.

Al igual que ese rotativo, otros muchos internacionales restaron importancia al brote. “Los médicos que habían conocido la pandemia de 1889 habían visto que podía ser grave. Pero cuando Gregorio Marañón vive la de 1918 era muy joven y la percepción social y de la medicina entonces era de que era algo leve”, explica la historiadora. Como ha ocurrido con el COVID, la rápida expansión de la enfermedad y la gravedad de la misma hacen cambiar radicalmente esa idea.

La reacción inicial de los Gobiernos fue ocultar la realidad, como sucedió con la actual pandemia. El expresidente de Estados Unidos, Donald Trump, insistía en mayo del pasado año en minimizar los estragos del coronavirus.

Mientras Estados Unidos se convertía en el epicentro mundial de la enfermedad, con récord de casos y de muertos, Trump atribuía el aumento de casos a la proliferación de pruebas, tachaba a Anthony Fauci, el epidemiólogo de la Casa Blanca, de “un poco alarmista” y afirmaba que el virus desaparecía por sí solo.

También sucedió hace un siglo. “Los Gobiernos presionaron a la prensa para que no diera información de lo que estaba ocurriendo. La primera respuesta de los poderes públicos es ocultar. Está constatado desde las epidemias de peste del siglo XIV. Se hace en parte para evitar el pánico de la población, pero también porque admitir que hay un problema implica tomar medidas y, si la ciudadanía lo sabe, las exigirá. Hasta que es tan grave que se dan cuenta de que se está evitando que se adopten fórmulas para prevenir la enfermedad”, relata Porras.

También, aunque salvando las distancias por las circunstancias históricas, las dos pandemias sorprendieron a la humanidad sin medios suficientes. “En el siglo XIX, teníamos un retraso importante científico y sanitario. En España no había un sistema de seguros médicos, como los de Reino Unido o Alemania.

Pero ahora no debería habernos pasado. En la actualidad partimos con escasez de recursos en general por la tendencia neoliberal, en especial a partir de 2008, de adelgazar las instituciones sanitarias y los presupuestos que se destinan. Tenemos déficit de personal y de instalaciones en ámbitos muy importantes, desde la atención primaria hasta el epidemiológico.

Si encima hay que soportar una demanda muy superior a la habitual, se genera lo que está pasando”, afirma la historiadora.

Como ahora, en 1918 no había un tratamiento específico y la red hospitalaria era muy limitada para hacer frente a la pandemia. “El arsenal terapéutico era muy escaso. Pero lo más importante era el hacinamiento en las viviendas, que era muy frecuente. Había malnutrición y falta de recursos que afectaban a la población”, comenta Porras.

Conforme la sociedad fue consciente de la gravedad, aumentó la aceptación general de las medidas higiénicas propuestas, que no difieren de las actuales: aire libre, evitar los lugares con atmósfera enrarecida, ventilar y desinfectar. Entonces, en Madrid, se cerraron centros públicos, pero se mantuvieron cafés abiertos. “Había seguimiento, pero la falta de coherencia en ciertas medidas generó respuestas críticas por parte de la ciudadanía”, explica la historiadora.

A partir de 1920, la incidencia de la gripe disminuyó dejando atrás más de 50 millones de muertos (hasta 100 millones, según distintos estudios). Porras confía en que los avances científicos actuales eviten un balance similar, aunque advierte que aún no ha terminado esta nueva lucha: “Al final, cuando se logre controlar la pandemia, el virus, según sugieren los investigadores, se quedará de forma estacional. Pero, por ahora, reaparecerán brotes graves. La incidencia es muy alta y se necesita una inmunidad mínima suficiente, del 70% o más. Mientras, el virus sigue circulando y se va adaptando, como muestran las nuevas variantes”.

De la misma manera opina el profesor de la Universidad Estatal de Michigan Siddharth Chandra, quien considera que “la pandemia de gripe de 1918 proporciona un relato de lo que en el futuro puede deparar el COVID”, según explica a la institución académica tras un estudio publicado en American Journal of Public Health (AJPH).

“Es surrealista. De repente, estoy viviendo mi investigación”, comenta. “Es posible que un pico como el de febrero de 1920 se produzca a finales de 2021 o principios de 2022. Muchas personas seguirán siendo susceptibles hasta que se vacunen. Las cosas malas todavía pueden suceder dentro de uno o dos años, incluso si vemos una disminución en el número de casos ahora. Todavía tenemos más de 200 millones de personas caminando alrededor que son susceptibles al virus, incluyéndome a mí mismo”, afirma Chandra a la universidad.

 

 

Fuente: Planeta Futuro, diario El País
Este artículo fue originalmente publicado en The Conversation.
Janet Greenlees, Associate Professor of Health History, Glasgow Caledonian University; Andrea Ford, Researcher in Medical Anthropology, University of Edinburgh; Sara Read, Lecturer in English, Loughborough University