La Argentina que duele

El caso M nos corrió el velo de los ojos y volvió a poner en discusión una realidad que afecta a la gran mayoría de los chicos de este país.

11/04/2021 10:15

Llevamos ya tres semanas sin que M sea el tema principal de los medios de comunicación. Y aunque pueda parecer algo lógico debido a que su secuestro tuvo un desenlace -el más esperado por todos- y ahora la causa continúa plenamente en el ámbito judicial, no hablar del contexto, no analizarlo y replantearnos esa realidad, haría que todo siga igual y más temprano que tarde, estemos lamentando que le ocurra lo mismo a otra M. Lo que sí está claro es que M pudo ser Sofía y M no fue Candela, porque el destino no quiso.

Aunque ya parezca lejano, sería un error olvidar que el caso M fue sólo una experiencia más de la interminable y dolorosa realidad argentina. Lo que pasó fue volver a ponerle nombre a un flagelo que hoy por hoy afecta a la gran mayoría de los chicos de nuestro país. M fue la cruda representación de los peligros a los que está expuesto el 57,7% de los niños que tienen hasta 14 años. M hace casi un mes fue la víctima de un secuestrador, hace años es una víctima más de un Estado ausente que no logra bajar los índices de pobreza e indigencia.

La nena de siete años había sido llevada mediante engaños y luego raptada durante casi tres días. Apareció gracias al llamado de una vecina mientras estaba circulando en bici junto a su secuestrador. En esas casi 72 horas se vivieron momentos de angustia, su imagen copó todos los medios del país y lo mismo ocurrió en redes sociales. En cuestión de horas se organizó un mega operativo policial, digno de un film cinematográfico.

Los Gobiernos de Buenos Aires y Capital Federal iniciaron un trabajo en conjunto. La misión y obligación de dar con el paradero de M cerró por algunos instantes la grieta. En cuestión de minutos el Estado salió a tapar las heridas que las malas administraciones vienen generando hace décadas. Y por un lado está bien, hicieron lo que correspondía, pero si solamente nos quedáramos con eso…

Tras la aparición de M, el tema siguió siendo el eje principal de la agenda mediática, al menos por un rato más. Pero, la mayoría de los medios de referencia a nivel nacional cayeron una vez más en su maldita costumbre: crearon una novela en torno al caso y así por ejemplo, es como nos enteramos del “instinto maternal” de la agente policial que arropó a la niña en el momento de su rescate. En medio de ese romanticismo de la situación, pocos se tomaron la tarea de indagar, de ver si había algo más.

Otra vez fueron las redes las que nos mostraron otro panorama, ese que la televisión muchas veces no refleja, quizás porque de eso siempre es incómodo hablar o simplemente porque ya no es noticia.

Su secuestro movilizó al país porque es el momento en que nos damos cuenta que la vida está en peligro. Se te achica el margen de error y es una carrera contrarreloj. Pero también, su secuestro nos corrió el velo de los ojos y puso sobre la mesa una historia llena de sufrimiento y vulnerabilidad. Porque la vida de M, como la de casi seis de cada diez chicos que hoy son pobres en Argentina, está en constante peligro.

El peligro comienza cuándo tenés que vivir abajo de un plástico atado a cuatro palos al costado de una calle. La muerte acecha cada vez que pasás frío o no tenés qué comer. El riesgo está todo el tiempo ahí, en las autoridades que miran para un costado, en los chicos que no pueden ir al colegio, en los padres que recaen en adicciones y la pesadilla vuelve a repetirse cada vez que el Estado se olvida de cumplir su función principal.

Y hablar de que la mayoría de los niños vive en estas condiciones no es una exageración, ni un número al azar, lo dice el propio Estado y esta es la Argentina que duele.

Según la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) que realiza el Instituto Nacional de Estadística y Censos, la pobreza afectó a 57,7% de los chicos menores de 14 años en el segundo semestre del año pasado, de los cuales 15,7% son indigentes, es decir, se registró un salto de 2,1% si se lo compara con el mismo período de un año atrás.

En la comparación interanual contra el segundo semestre de 2019 -válida estadísticamente porque tiene en cuenta factores como la estacionalidad-, en la prepandemia, la pobreza de los más chicos tuvo un salto muy importante de 5,1 puntos, desde el 52,6% registrado entonces, mientras que la indigencia saltó 2,6 puntos porcentuales (desde 13,1%).

Si se toman los datos del semestre anterior, el primero de 2020, la pobreza en ese grupo etario subió 1,4 puntos porcentuales desde 56,3%. La indigencia, en tanto creció una décima (desde 15,6%).

Además, si salimos de la medición monetaria y ponemos el foco en la cuestión social, poniendo el eje en la cuestión familiar, también nos vamos a topar con datos alarmantes. Es así que el alerta que disparó el caso de M expuso la crítica realidad del sector de la población más expuesto a las situaciones de vulnerabilidad.

Los niños, niñas y adolescentes del país son blanco de múltiples tipos de violencias y privaciones. Un informe oficial reveló que la mitad de los llamados a la Línea 102 -el servicio telefónico gratuito de promoción de derechos de la niñez- son por maltrato físico y negligencia.

Los datos se desprenden de la Secretaría Nacional de la Niñez, Adolescencia y Familia (SENAF), a cargo de Gabriel Lerner. Fueron más de 38 mil las llamadas recibidas en la Línea 102 en relación a pedidos de asesoramiento y consultas vinculadas por derechos sobre la infancia, que van desde preguntas sobre situaciones de violencia a trámites vinculados al DNI, la Asignación Universal por Hijo, entre otras.

De acuerdo a ese registro, que recopila la información desde enero a septiembre del año pasado, la mayor cantidad de consultas fueron por maltrato físico (4.165) y negligencia (3.698). Le siguen los hechos donde los niños y adolescentes son testigos de violencia intrafamiliar (2.102), otro tipo de consultas legales (1.888) y las situaciones de abandono o ausencia de una persona adulta responsable (1.715).

Además, sólo considerando los casos de violencia, el maltrato físico y la negligencia ocupan la mitad de las inquietudes de la población que se comunica con la línea de emergencia. Hubo en total 14.301 consultas registradas por algún tipo de daño ejercido sobre los chicos y adolescentes. El abandono ocupa el cuarto lugar de las preocupaciones, con el 12% del total de la muestra, y le siguen el abuso sexual infantil (9,5%) y el maltrato psicológico (8%). Situaciones como la negligencia o el maltrato emocional son jerarquizadas puntualmente por la SENAF, ya que suelen “dejar marcas” en la infancia que afectan al desarrollo integral de las personas.

En relación a los motivos relacionados con el caso M, se informaron 559 llamados acerca de niños en situación de calle, 187 casos sobre extravío, 178 sobre vulneración del derecho a la vivienda y 177 vinculados a la “fuga del hogar”.

Es este difícil escenario el que debe marcar el horizonte. De ahora en más lo que pasó con M no debe ser el eje de la cuestión. Las autoridades deben impartir justicia y deben velar por su integridad, pero eso debe mantenerse en el ámbito privado.

Hay que atender a todos, a los millones de chicos que día a día enfrentan los mismos peligros. Un plato de comida, una vivienda digna, asegurarle la escolaridad y contención familiar, son los pilares fundamentales para que las generaciones futuras puedan desarrollarse, sin eso, desde el vamos estamos perdidos.

Sin poder asegurar las cuestiones básicas estas cosas seguirán pasando y cuando eso ocurra, que la situación simplemente se vuelva una pelea por captar un voto o sumar un punto de rating, nos demostrará que no aprendimos nada.