Entre fines de 2023 y mediados de 2025, Argentina transitó una de las fases de ajuste macroeconómico más intensas de su historia reciente. El relato oficial fue claro: tras un pico inflacionario y un shock inicial que disparó las tasas de pobreza e indigencia, la desaceleración de precios, el cambio en los precios relativos y el fortalecimiento de transferencias focalizadas habrían permitido una recuperación rápida y sostenida. Las cifras publicadas por el INDEC parecían confirmarlo: indicadores cayendo a ritmos inéditos, acercándose a niveles de 2018-2019 y sugiriendo una recomposición plena del poder adquisitivo perdido.
Sin embargo, un documento de investigación recién difundido introduce un matiz crucial que tensiona esa narrativa. Se trata de “La medición del ingreso y de las tasas de indigencia y de pobreza a través de la EPH-INDEC bajo observación”, una pieza metodológica elaborada por el Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina, bajo la coordinación de Agustín Salvia y con la autoría de Alejo Giannecchini, Fernando Gallegos y Ramiro Robles.
La investigación plantea una advertencia técnica de primer orden: la pobreza efectivamente bajó, pero no tanto ni tan rápido como sugieren las estadísticas oficiales. Y la razón no es política, sino estadística.
Un cambio estructural en la captación de ingresos por parte de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) ha alterado la comparabilidad temporal de los indicadores. Según el ejercicio contrafactual desarrollado por los autores, menos de un tercio de la caída observada responde a una recomposición real del ingreso de los hogares. El resto es, en gran medida, un efecto de medición que obliga a repensar cómo interpretamos el bienestar social en contextos de alta volatilidad.
El rompecabezas de los indicadores
La disonancia entre la pobreza monetaria y el bienestar material no es un fenómeno nuevo, pero en el período reciente alcanzó una escala que exige explicación rigurosa. Mientras las tasas oficiales de pobreza caían casi 10 puntos porcentuales en menos de dos años, otros relevamientos del mismo ODSA-UCA, así como datos de empleo, salarios reales, consumo agregado y privaciones materiales, mostraban una recuperación mucho más moderada, e incluso estancada en ciertos estratos.

El estrés económico, la capacidad de consumo y la satisfacción de necesidades básicas seguían marcando niveles comparables a los de 2021-2022, muy por encima de los registros de la posconvertibilidad temprana. Esta brecha entre lo que mide la EPH y lo que reflejan los registros administrativos y las encuestas de condiciones de vida planteó una pregunta ineludible: ¿está cambiando la realidad social o está cambiando el instrumento que la mide?
La respuesta, según el equipo de Salvia, Giannecchini, Gallegos y Robles, es una combinación de ambas, con un peso significativo y documentado del segundo factor. El trabajo no busca desacreditar las estadísticas oficiales ni negar los avances reales; su objetivo es someter a escrutinio metodológico la comparabilidad de la serie, un requisito mínimo para cualquier análisis serio de política pública.
El factor oculto: cambios en la captación de ingresos
La EPH es, por definición, un instrumento de declaración. Las familias reportan lo que percibieron el mes anterior, y ese dato se cruza con el costo de la Canasta Básica Total para determinar si están por debajo de la línea de pobreza. El problema es que ese reporte no es estable en el tiempo. La literatura especializada ha documentado desde hace décadas que las encuestas de hogares subcapturan ingresos, especialmente en contextos de alta informalidad, volatilidad inflacionaria, diversificación de fuentes y desconfianza institucional. Hasta 2023, este sesgo tendía a mantenerse relativamente constante, lo que permitía comparaciones intertemporalmente válidas y el análisis de tendencias.
Pero a partir del cuarto trimestre de 2023, la EPH comenzó a registrar un aumento sostenido y acelerado de los ingresos declarados que no tiene correlato en las fuentes administrativas (SIPA, ANSeS, índices salariales del INDEC) ni en encuestas paralelas con metodologías similares, como la ETOI del IDECBA.
En términos simples: los hogares empezaron a declarar más, sin que esos ingresos hubieran subido proporcionalmente en la calle ni en las planillas de sueldo. La brecha de subreporte, que históricamente oscilaba en un rango predecible, se cerró de golpe, alcanzando niveles de captación relativa un 11% superiores a los de 2018 y alrededor de un 14% mayores a los del tercer trimestre de 2023. Un fenómeno de esta magnitud, velocidad y persistencia no tiene antecedentes en la serie 2018-2025.
¿Por qué mejoró la captación?
El documento evita afirmaciones deterministas, pero identifica factores convergentes. En primer lugar, cambios en el cuestionario introducidos a partir del 4T de 2023: la desagregación de jubilaciones, pensiones y programas sociales en preguntas específicas probablemente mejoró la memoria, el reconocimiento y la precisión declarativa. En segundo lugar, la desaceleración inflacionaria pudo facilitar el cálculo y reporte de ingresos nominales, reduciendo el ruido cognitivo que genera la alta volatilidad de precios. Tercero, posibles ajustes en los procedimientos de edición, validación y procesamiento de microdatos por parte del INDEC, comunicados recién en abril de 2025. Ninguna de estas hipótesis explica por sí sola la magnitud del fenómeno, pero su combinación apunta a un cambio metodológico-operativo que altera la serie histórica y exige un análisis de sensibilidad explícito.
El ejercicio contrafactual: aislar el efecto estadístico
Para dimensionar el impacto, los autores no buscaron “corregir” las cifras oficiales ni estimar un ingreso “verdadero”. Su objetivo fue más preciso y metodológicamente transparente: evaluar cuánto de la caída de pobreza responde a cambios en la medición. Construyeron un índice de captación relativa comparando los promedios de la EPH con fuentes administrativas de referencia, tomando como base el trimestre de mayor registro (2T de 2025). Luego aplicaron coeficientes de ajuste a los microdatos individuales de la encuesta, simulando qué hubiera pasado si el nivel de subcaptación se hubiera mantenido constante a lo largo del tiempo.
El procedimiento es explícito en sus supuestos (homogeneidad del cambio por fuente de ingreso) y honesto en sus límites: no reemplaza la medición oficial, pero funciona como un test de sensibilidad esencial para interpretar tendencias y evitar lecturas ilusorias.
Recuperación incompleta y distributivamente heterogénea
Al controlar el sesgo de captación, la fotografía cambia sustancialmente. El ingreso per cápita familiar promedio, que según los datos observados se recuperaba un 8,6% en el primer semestre de 2025 respecto a 2023, en realidad muestra una variación negativa del 2,2%.
Observatorio_DOC_METOD_MEDICION_POBREZA (1)La caída durante el ajuste de 2024 fue más profunda (del 20,6% contra el 17% observado), y la recuperación posterior, más acotada. Las tasas de pobreza e indigencia recalculadas siguen una trayectoria descendente, pero con una pendiente mucho más suave. Mientras la pobreza oficial caía casi 10 puntos, la simulación sugiere que la reducción efectiva fue sensiblemente menor, y que la situación socioeconómica actual se asemeja más a la observada en 2021-2022 que a la de 2018.
Además, el impacto distributivo es claramente heterogéneo. Los cuartiles inferiores sufrieron contracciones más intensas durante 2024 y muestran una recuperación más rezagada en 2025, con variaciones negativas incluso cuando los datos no ajustados sugieren ganancias. La narrativa de una “vuelta a la normalidad” o de una recomposición plena del ingreso no se sostiene cuando se controla el cambio en la captación. El ajuste macroeconómico golpeó con mayor fuerza a los estratos bajos, y la estabilización posterior no logró compensar esa pérdida inicial en términos reales.
Implicancias metodológicas y de política pública
Este hallazgo no invalida las estadísticas del INDEC, pero sí exige una lectura más sofisticada y menos instrumental. La pobreza por ingresos es un indicador indirecto, sensible a modificaciones en el instrumento, a la volatilidad de precios y a la estructura de las canastas básicas. De hecho, el documento señala otro sesgo pendiente: la falta de actualización reciente de las canastas, que en un contexto de cambio en los precios relativos y mayor peso de los servicios, tiende a subestimar las necesidades reales de consumo. La solución no es abandonar la EPH, sino complementarla sistemáticamente. Indicadores directos de privación material, consumo efectivo, estrés económico y acceso a servicios ofrecen una radiografía más robusta del bienestar y son menos vulnerables a cambios en la captación de ingresos.
Para el diseño de políticas públicas, la lección es clara: las decisiones basadas únicamente en la tasa de pobreza monetaria pueden sobredimensionar logros coyunturales o subestimar vulnerabilidades estructurales. La focalización de transferencias, el ajuste de salarios mínimos y jubilaciones, y la evaluación de programas sociales requieren un enfoque multidimensional que articule ingresos, consumo y privaciones. La estadística social debe dejar de ser un termómetro político para convertirse en una brújula técnica.
Medir la pobreza en una economía volátil como la argentina es un desafío técnico y político de primer orden. El documento del ODSA-UCA no busca deslegitimar las cifras oficiales ni negar los avances reales: hubo desaceleración inflacionaria, hubo aumento de la AUH, hubo resiliencia en los hogares más vulnerables. Pero menos de un tercio de esa caída refleja una mejora real y sostenible en los ingresos. El resto es un efecto de medición que, bien entendido, no niega el progreso, pero obliga a mirar más allá del titular.
En un contexto donde los datos se politizan con facilidad, la cautela metodológica no es un lujo académico, es una necesidad democrática. Para saber realmente cómo le va a la Argentina, habrá que dejar de reducir el bienestar a un número y empezar a leerlo en las privaciones que persisten, en el consumo que no se recupera y en la desigualdad que se mantiene. Solo así la estadística volverá a ser lo que debe ser: un espejo fiel de la realidad, no un atajo narrativo.





