Creemos que el verano termina cuando guardamos el ventilador. Pero una parte de ese calor permanece almacenada frente a nuestras costas. Después de semanas de noches que no refrescan, persianas bajadas y calles en busca de sombra, el Mediterráneo conserva ese calor incluso cuando llega el otoño.
España siempre ha tenido veranos calurosos. Pero el calor de ahora no es el de antes: llega antes, dura más y deja menos descanso por la noche. Este año, el otoño ha comenzado con temperaturas propias del verano, el más cálido registrado en España desde que existen datos oficiales. En la última década, nuestro país registró 221 récords de días cálidos y solo 7 de días fríos: los récords de calor fueron 32 veces más frecuentes. Lo excepcional se repite tanto que corremos el riesgo de normalizarlo.
Este cambio resulta especialmente preocupante en la región mediterránea, identificada por el IPCC como uno de los grandes puntos calientes del cambio climático.
Sus aguas también están enviando una señal de alarma: la superficie del Mediterráneo se ha calentado 1,3 °C en las últimas décadas, más del doble que la media de los océanos del planeta.
En tierra, no todas las personas pueden protegerse igual. El calor hace más visibles las desigualdades. Las personas mayores, la infancia, quienes padecen enfermedades crónicas o viven en barrios poco preparados son especialmente vulnerables. Quienes trabajan al aire libre o realizan trabajos físicos también afrontan un mayor riesgo de deshidratación, agotamiento y golpes de calor. El calor extremo no es solo una incomodidad: es un problema de salud y de justicia social.
El calor también deja huella en la naturaleza. Las altas temperaturas, el calor y la sequedad resecan suelos y vegetación y favorecen incendios rápidos, intensos y difíciles de controlar, como los de este verano. Las olas de calor prolongadas aceleran la pérdida de biodiversidad y dañan los ecosistemas terrestres, de agua dulce y marinos, provocando desapariciones de especies y mortalidades masivas. mos imaginar esa humedad como combustible para una tormenta. Por cada grado que sube la temperatura, el aire puede contener alrededor de un 7 % más de vapor de agua.
El calentamiento del Mediterráneo no provoca por sí solo una dana -hacen falta unas condiciones atmosféricas concretas-, pero puede alimentarla y favorecer precipitaciones más intensas, inundaciones repentinas y mayores daños.
El calor extremo del verano y las lluvias torrenciales del otoño no son dos noticias distintas: son expresiones de un mismo clima cada vez más cálido. España avanza hacia un clima más árido, pero también hacia episodios extremos de lluvia más intensos. El agua que falta durante meses puede caer de golpe sobre suelos secos, ciudades impermeabilizadas y cauces a los que hemos quitado espacio, multiplicando los riesgos.
No podemos evitar todos los impactos que ya están aquí, pero sí impedir que sean mucho peores. Sabemos qué funciona: más sombra y vegetación en nuestras ciudades, refugios climáticos accesibles y sistemas de alerta temprana, planes que protejan a quienes trabajan al aire libre y ríos, humedales y suelos sanos que devuelvan espacio al agua y reduzcan el riesgo de inundación. Pero adaptarnos no basta. También debemos abandonar los combustibles fósiles y acelerar una transición energética renovable, justa y respetuosa con la naturaleza.
El clima está cambiando, pero aún podemos decidir cuánto más cambiará y cómo protegernos. Cada décima de grado que evitemos importa. Desde WWF seguiremos trabajando para reducir las causas del calentamiento, recuperar la naturaleza y construir un futuro más seguro, justo y resiliente.
(Fuente: PANDA 173, otoño 2026, página 18.Por Nicole Julien Oyhamburú – Técnica en Emergencia Climática de WWF.)






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