
Hablar de adicciones en la sociedad actual implica adentrarse en un terreno minado de silencios, culpas y, sobre todo, profundos prejuicios.
Para la Organización Mundial de la Salud (OMS), la adicción es una enfermedad crónica, progresiva y mortal.
Sin embargo, en el imaginario colectivo todavía pesa un fuerte estigma que suele asociar la palabra “adicto” con imágenes marginales, criminalidad o estereotipos cerrados, invisibilizando el drama humano que se vive puertas adentro en miles de hogares.
Para comprender a fondo la magnitud de esta problemática, el funcionamiento interno de las redes de ayuda mutua y los complejos caminos que conducen a la recuperación, PRIMERA EDICIÓN reunió los testimonios de Luis, Alejandro y Marcelo, tres integrantes de Narcóticos Anónimos (NA) en la región.
A través de sus relatos en primera persona, exponen sin matices de romanticismo las distintas etapas del consumo, los momentos límite y las herramientas colectivas que les devolvieron la dignidad y el timón de sus vidas.

Más allá de la sustancia: la búsqueda de un camino
El ingreso a los espacios de recuperación rara vez se da de manera sencilla; suele ser el último eslabón de una larga cadena de sufrimientos.
En el caso de Luis, la llegada a los grupos de Narcóticos Anónimos estuvo precedida por una internación psiquiátrica y médica rigurosa, necesaria para frenar una dependencia devastadora que lo tenía “encadenado”.
“Lo que ayuda NA no es a la rehabilitación en sí, que es una de las partes, sino más bien ayuda a encontrar el camino, que muchas veces es lo que necesitamos las personas que tenemos este tema de la adicción”, reflexionó Luis al repasar su trayectoria.
Para él, el verdadero núcleo del programa reside en la palabra compartida.
Desprenderse del peso interno y exteriorizar aquello que carcome el alma permite comprender que la adicción no se reduce exclusivamente a la sustancia química, sino que opera como un sistema multidimensional de esclavitud.
“Nos va a ayudar en mente, cuerpo, alma e incluso espíritu, que es aquello que nos atraviesa. (…) La adicción es algo que no es solamente la sustancia, sino que también es algo que engloba mucho más; es un conjunto de cosas que esclavizan a aquel que tiene esta enfermedad, pero que hay libertad para esto y es justamente hablando”, advirtió.
Luis hizo memoria sobre los años en los que se consideraba a sí mismo un “consumidor funcional”. Creía tener la situación bajo control porque conservaba su empleo, cumplía con sus obligaciones y aparentaba normalidad frente al exterior.
No obstante, advirtió sobre la trampa mortal de ese autoengaño: “Yo pensaba que le ganaba, pero en realidad no. El consumo siempre te termina ganando”.
La dependencia escaló hasta extremos irracionales en los que llegó a desprenderse de objetos personales y mobiliario de su propio hogar con tal de conseguir dosis.
Tras tocar fondo, comprendió que el dolor no podía ser acarreado en soledad: “Por eso nuestro primer paso es renunciar al hecho de tener esta enfermedad solo para poder hacerlo en comunidad y pensar en ese poder superior que nos va a ayudar y a impulsar a justamente estar fuertes”.
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Romper el estigma y vivir un día a la vez
Por su parte, Alejandro focalizó su análisis en la pesada carga cultural que recae sobre quienes padecen esta condición médica. Considera que se trata de “una de las enfermedades más estigmatizadas del mundo” debido a la inercia social que estigmatiza al adicto en lugar de comprenderlo como un paciente que atraviesa un padecimiento crónico.
“La adicción no trata ni de dónde venimos ni qué drogas consumimos; eso es simplemente una manifestación de la enfermedad”, sostuvo con firmeza.
En su experiencia personal, la adicción se manifestó de manera tardía, superados los cuarenta años, aunque retrospectivamente comprende que la compulsión por apoderarse de cosas, lugares y personas operaba en él desde siempre.
Tras un mes de internación en un centro donde entró en contacto por primera vez con la bibliografía oficial de NA, decidió buscar ayuda en Posadas.
Recordó con precisión el momento en que cruzó las puertas de la sede que por entonces funcionaba en las inmediaciones del Obispado (hoy trasladada a la parroquia Espíritu Santo del barrio Palomar): “Subí las escaleras y crucé esa puerta, el primer paso”. Allí descubrió una verdad inquebrantable: “No existe nadie mejor para entender a un adicto que otro adicto”.
Para Alejandro, la sanación no tolera planes a largo plazo; se construye en el presente más estricto: “Cada 24 horas se renueva mi compromiso, que es ‘vivo solo por hoy’”.
Asimismo, describió cómo opera el cerebro humano bajo los efectos de las sustancias, explicando que el circuito prefrontal del cerebro -encargado de las decisiones básicas como comer, dormir o reproducirse- es secuestrado por la droga, relegando todo lo demás al olvido.
“El adicto que está en consumo se olvida, deja de comer, de alimentarse, de bañarse, es capaz de cualquier cosa porque el cerebro está en ese circuito”, señaló.
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El consumo precoz y la reconstrucción desde las cenizas
El testimonio de Marcelo aporta una perspectiva generacional clave, evidenciando que la problemática golpea cada vez a sectores más jóvenes de la sociedad.
Marcelo comenzó a consumir alcohol a los 12 años, incorporando rápidamente cigarrillos y otras sustancias antes de cumplir los 15. A los 23 años llegó a Narcóticos Anónimos en un estado de absoluta devastación, atravesado por múltiples recaídas y un período particularmente crítico durante el aislamiento por la pandemia.
“Hoy en día es cada vez más frecuente encontrar en los grupos a personas de 19, 20 o 21 años”, advirtió, rememorando la pesadilla cotidiana en la que el consumo acaparaba cada minuto de su existencia.
“Era consumir desde que me levantaba hasta que me acostaba”, recordó.
El punto de quiebre se gestó tras meses de desoír señales de alerta. Una madrugada, al límite de sus fuerzas, tomó el teléfono y llamó a su madre con un pedido desesperado: “Llevame a los grupos, no puedo más”.
Con más de cuatro años de limpieza en la actualidad, Marcelo destacó que recuperarse implica mucho más que la abstinencia: exige una transformación profunda de hábitos, modales y formas de vincularse con el entorno.
Esto incluye aprender a poner límites firmes frente a chistes o situaciones cotidianas que pongan en riesgo su estabilidad emocional: “Cuando yo acepto la enfermedad que tengo y acepto que tengo que, de alguna manera, empezar a reinsertarme en la sociedad, (…) cuando el chiste se excede un poco, marco un freno, digo: ‘Hasta acá esto, a mí no me hace bien’, hago un paso al costado, si me tengo que retirar, me retiro”.
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Una salida posible en comunidad
Los testimonios de Luis, Alejandro y Marcelo convergen en un mensaje final tan crudo como esperanzador, dirigido tanto a quienes sufren en silencio como a sus familias.
El primer paso ineludible consiste en admitir la vulnerabilidad, aceptar que solos no se puede y dar el espacio para pedir ayuda.
Frecuentar una reunión de Narcóticos Anónimos representa, en palabras de sus propios protagonistas, la oportunidad concreta de deponer las armas del autoengaño y empezar a transitar, paso a paso, el camino hacia una vida digna, sana y en comunidad.
¿Qué es una adicción según la OMS?
La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la adicción como “un trastorno de salud mental y un trastorno del comportamiento caracterizado por la necesidad compulsiva de consumir una sustancia (p. ej., alcohol, drogas, tabaco) o de realizar una actividad (p. ej., juego, sexo, trabajo) a pesar de los problemas negativos asociados con dicho consumo o actividad”.
La OMS también señala que las adicciones pueden ser de diversos tipos y pueden incluir adicciones a sustancias (como el alcohol, las drogas o el tabaco) o adicciones a comportamientos (como el juego o el sexo).
Además, la organización destaca que las adicciones pueden tener un impacto grave en la salud física y mental de las personas y en su capacidad para llevar a cabo actividades importantes en la vida, como el trabajo y las relaciones personales.
Las adicciones suelen ser difíciles de superar y pueden requerir tratamiento médico y psicológico. Los síntomas de una adicción pueden incluir necesidad compulsiva de consumir la sustancia o realizar la actividad, tolerancia (necesidad de cantidades cada vez mayores para obtener el mismo efecto), síndrome de abstinencia (síntomas desagradables que aparecen cuando se deja de consumir la sustancia o realizar la actividad) y problemas en áreas importantes de la vida, como el trabajo, las relaciones y la salud física y mental.
La OMS también hace hincapié en que las adicciones son trastornos tratables y que el tratamiento puede ser efectivo para ayudar a las personas a superarlos y mejorar su salud y calidad de vida.
Las adicciones pueden considerarse enfermedades, ya que son trastornos del comportamiento que afectan la salud física y mental de las personas.
Pueden tener graves consecuencias para la salud, como enfermedades cardiovasculares, trastornos mentales, trastornos del sueño y problemas de salud mental, entre otros.
Además, pueden afectar la capacidad de las personas para llevar a cabo actividades importantes en su vida, como el trabajo y las relaciones personales.
La adicción ha sido un problema de larga data en nuestra sociedad, y hoy en día se considera una condición médica grave.
Afecta a millones de personas de todos los ámbitos de la vida y se ha convertido en una crisis de salud pública.
La adicción ahora es ampliamente aceptada como una enfermedad cerebral crónica, y cada vez hay más pruebas de que los aspectos biológicos, ambientales y conductuales de la misma están interconectados.









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