Entre enero y julio de este año, casi la mitad de las personas que buscaron atención ambulatoria por consumos problemáticos fueron mujeres, pero apenas el 18% de los tratamientos de largo plazo que se iniciaron en ese mismo período estuvieron destinados a la población femenina.
El dato se desprende del último informe de gestión de la Secretaría de Prevención de Adicciones y Control de Drogas, y de acuerdo al subsecretario de Abordaje de las Adicciones, Gustavo Marín, fue una diferencia “llamativa” dentro del balance general, porque habla de una diferencia de acceso a los tratamientos de largo plazo que ya notaban en el abordaje territorial.
Al respecto, explicó que “una de las problemáticas que las mujeres refieren cuando no se quieren quedar internadas es el tema del cuidado, el rol de cuidado que tienen con los hijos más chicos”, a lo que se suma el estigma social en torno a la internación por consumo (sobre todo cuando se trata de madres) y el impacto que pueda tener la internación en el vínculo madre-hijo.
“Todo esto ha condicionado el número de internaciones de mujeres”, indicó el subsecretario, y agregó que la propuesta de la secretaría es trabajar en la apertura de un espacio adaptado para estas pacientes.
Más posibilidades de abandono
Los tres factores que, de acuerdo a Marín, explican que las mujeres que son madres de niños pequeños tengan menos posibilidades de acceder a tratamientos de largo plazo son tres: sostener el cuidado de familiares a su cargo, la mirada social sobre el consumo y cómo podría impactar en la crianza el período de internación, lejos de los hijos.
La situación influye no solo en que decidan ingresar al tratamiento, sino también en que puedan sostenerlo y egresar con resultados favorables, porque “perder esa capacidad de maternidad afecta mucho a las mujeres y eso genera también que el tratamiento no sea lo más efectivo posible”, sostuvo Marín.
Detrás del consumo problemático “en el caso de madres con hijos, está el no poder cuidarlos, no poder controlarlos, entonces esa angustia genera que vayan al consumo”, indicó Marín. El alcohol encabeza el listado de sustancias, ya que al igual que en otros grupos, “se dispara en el ámbito familiar y domiciliario”, sumó.

Hasta hoy, el tratamiento que se está brindando para las madres es de corta duración, de 3 a 4 semanas, y luego se articula el acompañamiento con otras entidades, pero Marín advirtió que ya hay algunos casos de recaída (que pasaron hasta cuatro veces por ese circuito) para los que este esquema es insuficiente y necesitan un tratamiento prolongado.
“Las internaciones (de largo plazo) son de 3 a 6 meses, pero el tratamiento en sí tiene que durar por lo menos 2 años en continua atención con los distintos profesionales, y empezar a escudriñar un poquito más a ver cuál fue la causa que llevó al problema de consumo”, graficó el subsecretario para entender la distancia de tiempos entre cada tipo de tratamiento.
Por el temor de dejar a los hijos al cuidado de otra persona, lo común es que aparezca la negativa a ingresar a los tratamientos prolongados y así surge un “círculo” de recaídas en los tratamientos cortos, “porque se abruman muy rápido y la falta de poder superar estas frustraciones o estas necesidades, lleva a que el consumo sea repetido”, dijo Marín.
El vínculo y el componente grupal
El dato de las internaciones dejó detrás para el equipo de Prevención de Adicciones la idea de repensar los dispositivos actuales de atención para estas mujeres. Marín explicó que quieren “generar un espacio para madres con niños menores de cierta edad, que puedan compartir espacio y tener actividades tanto para las mujeres en rehabilitación como para esos niños”, inicialmente en Posadas, donde ya identificaron hasta 10 madres como población objetivo.
Sobre qué cambia cuando el tratamiento de largo plazo puede tener lugar en un espacio adecuado a estos casos, el subsecretario analizó que logra que niños y madres “no pierdan su espacio de conexión, y obviamente el vínculo”, algo que impacta de manera positiva incluso en la efectividad del tratamiento.
La modalidad que combina espacios de acompañamiento para madres y chicos también tiene el extra de que se comparte en grupo. Marín señaló que “está comprobado que eso mejora un 30% la efectividad de un tratamiento” y, en el caso de las madres, sostuvo que “la convivencia también les va a venir bien porque es como una terapia grupal, poder conversar entre ellas del cuidado y de la misma problemática, eso también va a colaborar con la rehabilitación”.
El proyecto aún está en tratativas, pero Marín precisó que tomarán como referencia el trabajo de fundaciones como Reto a la Vida.






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