En julio de 1980, el médico estadounidense James Fries publicó en The New England Journal of Medicine una hipótesis tan sencilla de formular como ambiciosa de cumplir. Durante el siglo XX, observó, la expectativa media de vida había crecido de manera extraordinaria. Las personas morían más tarde, muchas enfermedades infecciosas habían retrocedido y una parte enorme de la mortalidad prematura había sido evitada. Pero prolongar la existencia abría inmediatamente otra pregunta: ¿qué clase de años estábamos agregando?
Fries propuso que el verdadero éxito no debía consistir solo en desplazar la muerte hacia edades mayores. Si era posible retrasar la aparición de enfermedades crónicas todavía más que la propia muerte, entonces el período de enfermedad y discapacidad podía concentrarse en una franja cada vez más breve al final de la vida. A esa posibilidad la llamó “compresión de la morbilidad”.
No estaba discutiendo cuánto podía vivir un individuo excepcional. Estaba proponiendo una manera distinta de medir el progreso sanitario de sociedades enteras. Casi medio siglo después, la pregunta sigue abierta.
Las nuevas Estimaciones Mundiales de Salud 2023, publicadas por la Organización Mundial de la Salud el 2 de octubre de este año, muestran que la esperanza de vida global volvió prácticamente a donde estaba antes de la pandemia: llegó a 73,3 años, frente a 73,4 en 2019. Sin embargo, la esperanza de vida saludable se recuperó con mayor lentitud y alcanzó 62,8 años, todavía cuatro décimas por debajo de su nivel previo al COVID-19.
Es apenas una diferencia de décimas si se mira cada indicador por separado. Pero juntos vuelven a colocar en el centro una discusión que la medicina mantiene desde hace décadas. No alcanza con preguntar cuánto se extendió la vida. Hay que preguntarse qué ocurrió con la enfermedad dentro de esa vida más larga.
Tres futuros posibles
Fries no fue el único que intentó imaginar qué ocurriría cuando la humanidad comenzara a vivir mucho más.
Tres años antes, en 1977, el psiquiatra y epidemiólogo Ernest Gruenberg había formulado una visión considerablemente más pesimista. La llamó “el fracaso del éxito”: los avances médicos podían salvar a personas que antes habrían muerto rápidamente, pero al hacerlo también aumentar la cantidad de tiempo durante el cual vivirían con enfermedades crónicas o discapacidad.
Desde esa perspectiva, el éxito contra la muerte podía producir una paradoja. Más supervivencia.Pero también más enfermedad acumulada.
Poco después apareció una tercera posibilidad. Kenneth Manton planteó un escenario de equilibrio dinámico: la medicina podría no eliminar las enfermedades crónicas ni reducir necesariamente los años durante los cuales una persona vive con algún diagnóstico, pero sí retrasar su progresión y disminuir su gravedad. Es decir, sería posible vivir más tiempo con enfermedad pero conservar autonomía durante una proporción semejante o incluso mayor de la vida.
Desde entonces, esas tres ideas -compresión, expansión y equilibrio dinámico- atraviesan buena parte de los estudios sobre longevidad.
Y cuatro décadas de investigación no produjeron un ganador universal.
Una revisión académica sobre tendencias de morbilidad concluyó que la evidencia cambia según qué se mida: algunas discapacidades disminuyeron, mientras aumentó la prevalencia o duración de determinadas enfermedades crónicas.
Eso probablemente sea la primera gran lección de 2026. No existe una respuesta única a la pregunta “¿vivimos mejor?”. Depende de qué enfermedad, qué población, qué edad y qué dimensión de la salud observemos.

Podemos estar más enfermos y funcionar mejor
Un estudio publicado justamente este año ofrece un ejemplo extraordinario de esa complejidad.
Investigadores que siguieron durante veinte años a adultos mayores en China encontraron tres respuestas diferentes dentro de una misma población. Entre las cohortes más recientes apareció una compresión relativa del deterioro cognitivo; en la capacidad para realizar actividades cotidianas, los resultados se parecían más a un equilibrio dinámico; mientras que para las principales enfermedades crónicas se observó una expansión de la morbilidad: las personas sobrevivían más, pero también acumulaban más años conviviendo con esos diagnósticos.
La aparente contradicción es fundamental. Una persona puede llegar a los 75 años con hipertensión, diabetes u otra enfermedad crónica y, al mismo tiempo, conservar suficiente capacidad física y cognitiva para llevar adelante una vida independiente.
Por eso la discusión contemporánea se alejó progresivamente de una idea de salud entendida simplemente como “no tener enfermedades”.
En su Informe mundial sobre el envejecimiento y la salud de 2015, la OMS colocó en el centro otro concepto: la capacidad funcional, es decir, qué puede hacer una persona y qué posibilidades tiene de continuar realizando aquello que considera valioso dentro de su entorno. El desplazamiento conceptual es enorme. Un diagnóstico no determina por sí solo la calidad de una vida. La pregunta pasa a ser cuánto limita.
La promesa siguió viva
Para entonces, la medicina llevaba décadas intentando responder el interrogante que Fries había planteado en 1980. En 2002, la OMS publicó su marco de envejecimiento activo, construido alrededor de salud, participación y seguridad, y consolidó internacionalmente la idea de que el objetivo no podía ser simplemente prolongar la supervivencia.
En 2015 avanzó hacia el concepto de envejecimiento saludable basado en capacidad funcional. Y desde 2021 coordina la Década de las Naciones Unidas del Envejecimiento Saludable 2021-2030, que volvió a convertir en política global aquella vieja pregunta: cómo lograr que los años adicionales de vida sean años de salud, dignidad y participación.
El dato más reciente vuelve a tensar esa ambición.
En el informe de mitad de período de la Década, difundido esta semana, la OMS señala que la distancia entre esperanza de vida y esperanza de vida saludable a los 60 años se amplió a nivel mundial entre 2000 y 2023.
Esa observación no permite declarar derrotada la hipótesis de Fries. Pero tampoco permite afirmar que la humanidad esté comprimiendo universalmente la enfermedad hacia el final de la vida.
La gran transición
El contexto sanitario cambió, además, de una manera que Fries ya intuía pero cuya magnitud actual difícilmente podía calcularse.
Según las nuevas estimaciones de la OMS, las enfermedades no transmisibles provocaron el 74% de todas las muertes mundiales en 2023. En 2000 explicaban el 58%. Ocho de las diez principales causas de muerte ya pertenecen a este grupo.
El corazón sigue encabezando la lista.
La cardiopatía isquémica provocó alrededor de 9,5 millones de muertes en 2023, aproximadamente el 16% del total mundial, y el accidente cerebrovascular ocupó el segundo lugar.
Pero por detrás aparecen transformaciones que cuentan otra parte de la historia.
El Alzheimer y otras demencias, por ejemplo, pasaron del puesto 19 entre las causas mundiales de muerte en 2000 al quinto en 2023. Las muertes asociadas a demencias se triplicaron durante ese período.
Ese ascenso no puede leerse simplemente como una “epidemia” aislada.
Parte del fenómeno está relacionado con algo que, en otro sentido, constituye una victoria: más personas alcanzan edades avanzadas y, por lo tanto, permanecen expuestas durante más tiempo a enfermedades cuya frecuencia aumenta con la edad.
Otra vez, el éxito modifica el problema.
Ya no basta con contar muertos
Si solo observáramos causas de muerte, sin embargo, seguiríamos perdiendo una parte fundamental del panorama. La Organización Panamericana de la Salud mostró en Salud en las Américas 2026 que las enfermedades crónicas y la discapacidad representan una proporción cada vez mayor de la pérdida total de salud de la región. El componente asociado a años vividos con discapacidad pasó del 38% en 2000 al 44% en 2023.
Es probablemente uno de los datos que mejor conecta 1980 con 2026.
Fries preguntaba cuánto conseguiríamos retrasar la morbilidad.
Cuarenta y seis años después, en las Américas, la discapacidad ocupa una porción mayor de la carga total de enfermedad.
Eso no significa necesariamente que cada individuo pase más años severamente incapacitado. Tampoco equivale automáticamente a una derrota de la prevención. Puede coexistir con menor mortalidad, supervivencias prolongadas, tratamientos más eficaces y formas menos graves de enfermedad.
Pero sí demuestra que el gran desafío sanitario se desplazó.

Ganar la batalla contra una enfermedad puede crear otra demanda
Pensemos en un accidente cerebrovascular. Décadas atrás, una persona que sufría uno grave tenía muchas más probabilidades de morir. Si los avances en prevención, diagnóstico y atención consiguen evitar esa muerte, tenemos una victoria evidente. Pero quizá sobreviva con dificultades motoras, cognitivas o del lenguaje y necesite años de rehabilitación.
La medicina salvó la vida. El sistema sanitario debe ahora ocuparse de la vida que salvó.
Ese razonamiento puede extenderse al cáncer, la insuficiencia renal, determinadas enfermedades cardiovasculares y muchas otras patologías cuya supervivencia mejoró de manera sustancial.
El cáncer argentino ofrece un ejemplo útil de por qué tampoco se puede interpretar crecimiento de casos y mortalidad como si fueran el mismo fenómeno. El Instituto Nacional del Cáncer señala que en 2024 se estimaron más de 139.000 nuevos diagnósticos, pero al mismo tiempo la mortalidad general por cáncer mantiene una tendencia descendente durante la última década.
Más personas pueden vivir con una enfermedad aun cuando disminuya la probabilidad de morir a causa de ella. Ésa es exactamente la clase de paradoja que el debate sobre compresión de la morbilidad intenta explicar.
Argentina ya está dentro de la discusión
En Argentina, el perfil de mortalidad muestra con claridad hasta qué punto las enfermedades crónicas dominan el escenario.
De las 374.636 defunciones registradas en 2024, las enfermedades cardiovasculares representaron el 28%, las respiratorias el 20,6% y los tumores el 16,7%, según datos oficiales del Ministerio de Salud.
Además, la Dirección de Estadísticas e Información de Salud dispone de registros de defunciones desagregados por provincia, sexo, edad y causa, lo que permite observar cómo esta transición adopta características distintas dentro del propio país.
Pero existe otra variable que vuelve inevitable la discusión sobre los próximos años. Argentina está envejeciendo.
Según las proyecciones del INDEC construidas a partir del Censo 2022, las personas de 65 años y más representaban el 12% de la población en 2022. Para 2040 representarían el 16,4%.
No es solamente una transformación demográfica. Es una transformación sanitaria.
Entonces, ¿Fries tenía razón?
Cuarenta y seis años después sería tentador responder sí o no. La evidencia no permite hacerlo. Algunas enfermedades parecen desplazarse hacia edades posteriores. Algunas discapacidades disminuyen. Determinadas personas viven más años conservando independencia. En otras dimensiones, la duración de la enfermedad aumenta porque los tratamientos evitan muertes que antes ocurrían antes.
Una revisión de estudios internacionales publicada en 2022 encontró precisamente ese mosaico: señales de compresión para algunas condiciones, expansión para otras y resultados distintos según edad y enfermedad. Ésa quizá sea la respuesta más incómoda y, al mismo tiempo, más útil.
No estamos viviendo un único futuro sanitario. Estamos viviendo varios a la vez.
La medicina consiguió retrasar muchas muertes. No consiguió eliminar la enfermedad que precede a todas ellas.
En algunos casos logró retrasarla. En otros aprendió a controlarla. Y en otros convirtió diagnósticos que antes eran rápidamente mortales en enfermedades con las que es posible vivir durante años.
La próxima frontera no es una edad
Eso explica por qué la OMS ya no define el envejecimiento saludable por la simple ausencia de diagnósticos.
La frontera pasó a ser la capacidad. ¿Puede una persona moverse? ¿Puede decidir? ¿Puede relacionarse? ¿Puede realizar las actividades que considera importantes? ¿Puede conservar autonomía aun cuando necesite medicación o seguimiento?
Es un cambio mucho más profundo que el que puede mostrar cualquier ranking de causas de muerte.
Porque obliga a reconocer que vivir con una enfermedad no es necesariamente vivir mal, del mismo modo que sobrevivir tampoco garantiza una vida saludable.
El informe de mitad de período de la Década del Envejecimiento Saludable publicado en este 2026 vuelve a insistir sobre este punto: las vidas más largas solo constituyen un logro completo si esos años adicionales vienen acompañados de salud, dignidad y apoyo.
Hace casi medio siglo, Fries imaginó una curva en la que la enfermedad se retrasaba cada vez más hasta concentrarse cerca del final de la vida.
La medicina todavía persigue esa imagen. Pero los datos de 2026 obligan a dibujarla con muchos más matices. Quizá el éxito no consista únicamente en morir más tarde. Quizá tampoco consista en llegar a viejo sin ningún diagnóstico.
Puede consistir en algo bastante más difícil: conseguir que la enfermedad llegue más tarde, avance más lentamente y quite la menor cantidad posible de vida a los años que aprendimos a ganar.
Cuando la edad se convierte en diagnóstico
Envejecer aumenta el riesgo de muchas enfermedades, pero edad no es sinónimo de enfermedad.
Sin embargo, la Organización Mundial de la Salud advierte que los estereotipos sobre la vejez pueden influir incluso en la atención sanitaria.
La OMS llama edadismo al conjunto de estereotipos, prejuicios y prácticas discriminatorias basadas en la edad. Según su informe mundial, una de cada dos personas mantiene actitudes edadistas hacia los adultos mayores.
El fenómeno puede aparecer de formas aparentemente inocentes: asumir que una persona mayor ya no puede aprender, atribuir automáticamente síntomas a “la edad”, excluirla de decisiones sobre su propio tratamiento o considerar normal que pierda autonomía, memoria o participación social. Pero también puede tener consecuencias concretas.
La OMS vincula el edadismo con peor salud física y mental, mayor aislamiento, recuperación más lenta frente a discapacidad y menor esperanza de vida.
Además, una revisión incluida en su informe encontró que en 85% de 149 estudios la edad influyó en el acceso a determinados procedimientos o tratamientos médicos.
El problema se vuelve especialmente relevante en sociedades que envejecen. Si la medicina intenta que las personas lleguen a edades cada vez más avanzadas con autonomía y capacidad funcional, combatir las enfermedades no alcanza.
También hay que combatir la idea de que perder esa autonomía es simplemente “lo normal” por hacerse viejo.
Quién cuida los años que ganamos
El gran debate sobre longevidad tiene una consecuencia que las curvas de supervivencia no muestran: alguien deberá cuidar a quienes vivan más tiempo pero pierdan autonomía.
La cuestión ya dejó de ser marginal. El informe de mitad de período de la Década del Envejecimiento Saludable señala que más de la mitad de los países cuenta actualmente con políticas nacionales de cuidados de largo plazo, aunque la OMS advierte que persisten grandes diferencias de cobertura y financiamiento.
Argentina, por ejemplo, comenzó a construir una respuesta institucional específica. El Ministerio de Salud creó un Observatorio Integral del Sistema de Cuidados a Largo Plazo de Personas Mayores, destinado a relevar normas, residencias, servicios domiciliarios, recursos humanos capacitados y necesidades provinciales.
La presión crecerá por una razón estrictamente demográfica. El INDEC proyecta que la población de 65 años y más pasará del 12% registrado en 2022 al 16,4% en 2040.
No todas esas personas necesitarán asistencia. Envejecer no equivale a perder autonomía. Pero a medida que aumenta la cantidad absoluta de adultos mayores también crece el número de quienes requerirán ayuda para movilizarse, alimentarse, administrar medicamentos o realizar actividades cotidianas.
Ahí aparece una discusión que excede a la medicina. ¿Quién proporciona ese cuidado? ¿Una familia? ¿Un trabajador remunerado? ¿Una residencia? ¿El sistema sanitario? ¿Los servicios sociales?
Hasta ahora, buena parte de esa responsabilidad se resolvió dentro de los hogares. El problema es que las familias también cambian: son más pequeñas, las mujeres participan masivamente del mercado laboral y no siempre existe un integrante disponible para asumir años de cuidado cotidiano.
Por eso la longevidad termina convirtiéndose también en una pregunta económica y social.
No alcanza con agregar años a la vida. Hay que construir la infraestructura necesaria para acompañarlos.
Fuentes
- Organización Mundial de la Salud – Global Health Estimates 2023. Base principal del análisis mundial. Incluye esperanza de vida, esperanza de vida saludable, causas de muerte y carga de enfermedad entre 2000 y 2023. Global Health Estimates de la OMS
- OMS – “New WHO estimates show changing global health landscape”, 2 de octubre de 2026. Informe de lanzamiento de las nuevas estimaciones: transición hacia enfermedades no transmisibles, demencias, diabetes y salud mental. Organización Mundial de la Salud
- OMS – The top 10 causes of death. Datos 2023 sobre cardiopatía isquémica, ACV, EPOC, infecciones respiratorias, demencias y las principales causas globales. Organización Mundial de la Salud
- OMS – Global Health Observatory: Life expectancy and healthy life expectancy. Series oficiales sobre esperanza de vida y años saludables. Organización Mundial de la Salud
- Organización Panamericana de la Salud – Salud en las Américas 2026. Informe regional utilizado para el análisis de discapacidad, enfermedades crónicas, AVAD y carga de enfermedad potencialmente evitable. HIA PAHO
- OPS — “Más allá de la supervivencia: patrones cambiantes de enfermedad y discapacidad”. Capítulo específico sobre el desplazamiento regional hacia enfermedades crónicas y discapacidad. HIA PAHO
- OPS — Dos de cada cinco personas en las Américas viven con una afección neurológica. Investigación difundida en julio de 2026 sobre 470 millones de personas afectadas y el desplazamiento desde mortalidad hacia discapacidad. Organización Panamericana de la Salud
- OPS — HEARTS en las Américas 2026. Datos regionales sobre enfermedades cardiovasculares, hipertensión y transformación de la atención primaria. Revista de la OPS
- OMS — Dementia. Datos de prevalencia mundial, nuevos casos y relación entre demencia, discapacidad y dependencia. Organización Mundial de la Salud
- Ministerio de Salud de la Nación — Dirección de Estadísticas e Información en Salud (DEIS). Base oficial argentina de defunciones por provincia, sexo, edad y causa. Argentina
- Ministerio de Salud de la Nación — SIVER-Ca / Instituto Nacional del Cáncer. Datos 2024 sobre distribución de las defunciones argentinas y mortalidad por cáncer. Sistema de Vigilancia Epidemiológica y Reporte del Cáncer
- INDEC – La transformación de la población argentina. Estimaciones y proyecciones del Censo 2022. Proyección del crecimiento de la población de 65 años y más hasta 2040. INDEC
- OMS – Cuidados a largo plazo para las personas mayores. Marco técnico sobre integración sanitaria y social, rehabilitación, cuidados paliativos y apoyo a cuidadores. Organización Mundial de la Salud
- OMS – Long-Term Care in Ageing Populations. Análisis de 2025 sobre envejecimiento, aumento de demanda, financiamiento y dependencia de cuidados familiares. WHO Kobe Centre
- OMS — Global Dementia Observatory: apoyo a cuidadores. Datos sobre el predominio del cuidado familiar no remunerado y su impacto sobre quienes cuidan. Organización Mundial de la Salud
- Ministerio de Salud de la Nación – Observatorio Integral del Sistema de Cuidados a Largo Plazo de Personas Mayores. Relevamiento argentino sobre servicios, regulación, recursos humanos y necesidades del sistema. Observatorio argentino de cuidados de largo plazo











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