(Por Ezequiel Miño y Horacio Grondona, enviados especiales).
Primero aparece el paisaje de la típica chacra de Apóstoles: el verde de las plantas de yerba mate y esa sensación de que, en estos lugares, el tiempo transcurre de otra manera. Después llegan los aromas: la madera, el humo y la yerba recién trabajada.
Amanecer Campero es una yerba mate tradicional y canchada al estilo artesanal, cuyo proceso demanda entre 10 a 12 horas de secado y del cual se obtiene un producto 100% orgánico.
Con 82 años, María Magdalena Glinka la produce desde 2018, junto a su hijo menor Walter, dándole vida a uno de sus sueños: tener su propio barbacuá, aquel que fue pionero y hoy es famoso y recibe visitantes de todo el mundo.

Pero para llegar a ser conocida como la mujer a cargo de la yerba mate “más artesanal” de todas, el camino fue sinuoso, de dolor, de lucha y resiliencia cuando las circunstancias parecían haber cerrado todas las puertas.
El proyecto recuperó el antiguo método barbacuá (tostado, en idioma guaraní) para elaborar su propia yerba mate. Hubo años de dificultades, que los llevó a recorrer distintos puntos de Misiones, Corrientes y Paraguay en busca de una pieza fundamental y la ayuda de vecinos, para que los hornos se volvieran a encender.
No tenían dinero suficiente. El proyecto parecía imposible, pero María siguió insistiendo y entonces ocurrió algo que, hasta el día de hoy, ella no duda en llamar “un regalo de Dios”.

Antes, la familia tenía su propia plantación, aunque la yerba era entregada a una cooperativa correntina. La vida, sin embargo, les impuso una pausa (por la muerte de su compañero de vida y cabeza de la chacra) y la familia debió cerrar el molino durante seis o siete años. El tiempo pasó. Y cuando parecía que aquella etapa había quedado atrás, reflotó el sueño del barbacuá. La propuesta parecía sencilla: tenían la plantación, la yerba, un pequeño secadero y el molino.
Un ingeniero del INTA llegó de Alem entonces con una idea. Les explicó que podían hacer un pequeño secadero para procesar su propia producción. El proyecto comenzó a tomar forma, pero había un problema central: necesitaban un enorme cilindro, el tambor fundamental para el proceso. Y ese tambor era, justamente, la pieza más cara.
Walter, cansado de recorrer lugares y de hacer cuentas que no cerraban, llegó a pensar que era imposible. María Magdalena, en cambio, siguió insistiendo. “Mi hijo no quería saber nada. Me decía: ‘Mami, ¿dónde vamos a ir? ¿Cómo vamos a hacer?’”, cuenta.
Entonces ella empezó a pedir. Devota de la Virgen y de Dios, cada noche repetía el mismo ritual. Antes de dormir, rezaba y pedía que, si aquel proyecto era realmente para ellos, apareciera una forma de hacerlo realidad.

Mientras tanto, Walter comenzó una última búsqueda. La familia se sostenía también con la crianza de pollos caseros. Un proveedor de maíz que llegaba desde Cerro Azul, como respondiendo a una plegaria de María, apareció y le contó que cerca de su casa había un muchacho que tenía un tambor pequeño.
Como recientemente había construido uno nuevo, moderno y completo, el antiguo equipo había quedado guardado. El tambor estaba allí, montado sobre unas maderas. Tenía las cadenas, las transmisiones, los engranajes. Todo parecía estar en buenas condiciones.
María lo observó y pensó en el precio: ¿cuánto pedirían por todo el conjunto? “Yo no te voy a regalar. Yo te voy a vender”, les dijo el dueño. Pero cuando escucharon el precio, se quedaron atónitos: la cifra era de 15 mil pesos.

Aquella noche casi no durmieron. A la mañana siguiente, mientras tomaban mate, su hijo decidió llamar nuevamente para confirmar. La respuesta fue la misma: 15 mil pesos. Y así, por una cifra que parecía imposible para todo lo que estaban comprando, la familia estaba más cerca del sueño.
Para María, no hubo dudas. “¿Cómo no agradecer todo? Ese fue un regalo de Dios. Yo tanto pedí y me escuchó y nos dio”, dice.
El viejo barbacuá se convirtió entonces en una pieza fundamental para que Amanecer Campero pudiera comenzar a caminar.
Desde ese momento, se comenzó a escribir la historia de una mujer que, aun después de las piedras que le puso la vida en el camino, decidió volver a empezar.
Y hoy, cuando uno recorre el lugar, entiende que en Amanecer Campero hay algo más en cada etapa. Hay tiempo. Hay paciencia. Hay trabajo familiar. Hay memoria. Y también hay una historia que María cuenta con la naturalidad de quien todavía se sorprende de haber llegado hasta allí.

Una vida en la chacra
Junto a su esposo Alberto Senovieski, ya fallecido, María puso de pie una chacra de 25 hectáreas: quemando ladrillos y produciendo y vendiendo yerba mate a una cooperativa correntina. Su esposo enfermó y falleció, pero ella estaba decidida. Devota de la Virgen y de Dios, cada noche, antes de dormir, rezaba y pedía, era su sueño: tener su propio barbacuá. Lo cumplió.
Tradicional vs. Barbacuá
Las principales diferencias entre una yerba tradicional y la barbacuá de Amanecer Campero radican en su elaboración. La común es de molienda estándar y secado rápido, de sabor suave y equilibrado.
Por otra parte, Amanecer Campero destaca por su proceso artesanal y ancestral con el estilo barbacuá (tostado o de campo), que consiste en el secado lento de las hojas con leña en un proceso de más de 12 horas, bajo contenido de palo y un sabor ahumado intenso, no se lava rápido y no produce acidez.

Cómo llegar
Desde el ingreso a Apóstoles, se debe ingresar por la RP 1 y girar a la derecha hacia la Av. Tte. 1° Espinosa. Son 2 kilómetros hasta el Regimiento de Monte 30, donde se dobla hacia Av. San Martín (o RP 10) y se sigue hasta la Estación Apóstoles. Allí se toma el carril izquierdo por Av. Guacurarí, alrededor de 1 km, para seguir por el camino vecinal terrado otro kilómetro y girar a la derecha. El ingreso a Amanecer Campero tiene cerca de 150 metros.







Discussion about this post