El Monumento Nacional a la Bandera amaneció blindado. Hubo mañanas más frías en Rosario, pero la de ayer sumó a la meteorología un frío de naturaleza estrictamente política. Detrás de tres anillos de seguridad, más de 300 efectivos policiales y fuerzas federales desplegadas para evitar manifestaciones de rechazo, el presidente Javier Milei intentó tender un puente entre el ideario de Manuel Belgrano y el proyecto político de La Libertad Avanza.
La operación discursiva no fue menor. Frente al principal símbolo patrio creado por el prócer, Milei definió a Belgrano como “un gran promotor de la libertad política y económica” y sostuvo que la bandera fue “la representación visible de una causa: la causa de la libertad”. La frase buscó construir una continuidad histórica. El problema fue que la realidad comenzó a desarmarla incluso antes de que terminara el acto. Pocas veces una fotografía política contradijo con tanta contundencia un discurso.
Allí estaba Manuel Adorni, convertido en una presencia central en una ceremonia que debía homenajear a Belgrano y no a las urgencias del oficialismo. Allí estaba Victoria Villarruel, desplazada de la escena principal y relegada al sector de autoridades provinciales, en una nueva exhibición pública de la fractura que atraviesa la cúpula del poder.
Allí estaba un Presidente obligado a celebrar una fecha patria detrás de un operativo de seguridad inédito para una conmemoración nacional… y allí estaba también la economía. La misma economía que aparece cada vez menos en los discursos oficiales y cada vez más en las estadísticas.
Los gobiernos suelen dialogar con la historia, es lógico. Toda administración intenta encontrar en el pasado figuras capaces de legitimar sus ideas en el presente. El problema aparece cuando la utilización de esos símbolos entra en contradicción con la realidad que los rodea. Y en el caso de Belgrano, la distancia comienza por el propio pensamiento económico del prócer.
Militar, abogado, diplomático, periodista y revolucionario, Belgrano fue también uno de los primeros intelectuales argentinos en reflexionar sistemáticamente sobre el desarrollo. Escribió sobre industria, educación técnica, agregado de valor, comercio, productividad y formación de mano de obra cuando la Argentina todavía no existía como nación independiente.
Su preocupación permanente no era la especulación financiera ni la desregulación por sí misma. Era cómo producir más, cómo industrializar y educar, cómo generar riqueza y transformar recursos naturales en trabajo… y trabajo en prosperidad. Su idea de libertad económica jamás estuvo separada del bienestar material de la población.
Por eso resulta inevitable observar la distancia entre aquel ideario y algunos indicadores que hoy empiezan a encender luces amarillas.
La inflación efectivamente bajó. Negarlo sería tan absurdo como negar los problemas que aún persisten. Sin embargo, los informes privados coinciden en señalar que la estabilidad todavía no logró traducirse plenamente en crecimiento. Invecq habla de una inflación que se volvió “pegajosa”. Fundación Capital advierte sobre la persistencia de la inercia inflacionaria. LCG observa que la desaceleración de precios se sostiene sobre una actividad económica todavía débil. Jorge Vasconcelos, desde Ieral, reconoce los avances en materia inflacionaria, aunque señala que todavía se necesita tiempo para que el crédito y la actividad reaccionen de manera consistente. En otras palabras: la inflación dejó de ser el incendio, pero la prosperidad prometida aún no aparece.
Los datos productivos ayudan a entender por qué. La Unión Industrial Argentina informó en la semana que la actividad manufacturera registró una caída cercana al 5% interanual durante mayo. Los números muestran además que la producción industrial continúa por debajo de los niveles observados dos años atrás. Textiles, metalmecánica, maquinaria, calzado y diversos sectores vinculados al consumo siguen atravesando dificultades significativas.
La situación se replica en el consumo. Mientras desde la Casa Rosada se insiste en la recuperación de la demanda interna, los registros del INDEC muestran caídas reales en las ventas de supermercados y autoservicios mayoristas. Los bienes durables, la indumentaria y los artículos para el hogar continúan reflejando un comportamiento que dista de exhibir una expansión sólida y generalizada.
Pero quizás el dato más inquietante sea otro donde el relato oficial encuentra mayores dificultades para sostenerse: las finanzas de las familias. La mora de los hogares alcanzó el nivel más alto en más de dos décadas. Los números del Banco Central muestran que el 12,1% de los préstamos otorgados a personas presenta algún grado de irregularidad. Son dieciocho meses consecutivos de deterioro. Los préstamos personales registran una mora del 14,9%. Las tarjetas de crédito alcanzan el 12,5%.
La consultora 1816 estima que actualmente hay 5,3 millones de argentinos con al menos un crédito impago. En otras palabras, más de una cuarta parte de quienes tienen algún tipo de financiamiento formal arrastran atrasos superiores a los 90 días.
Resulta también difícil hablar de libertad económica cuando millones de personas comienzan a perder capacidad de consumo, refinancian gastos corrientes o quedan atrapadas en un circuito creciente de endeudamiento. Belgrano probablemente habría comprendido mejor que nadie ese fenómeno. Porque para él la libertad no era una abstracción retórica ni una consigna de ocasión. Era, antes que nada, una herramienta para construir una sociedad más productiva, más educada y más próspera. Nada de eso apareció con claridad en Rosario.
En cambio, sí apareció otra imagen. La de una administración atravesada por tensiones internas cada vez más visibles. La de una vicepresidenta convertida en una presencia incómoda dentro de su propio gobierno. La de funcionarios que eclipsan la solemnidad de una fecha patria. La de una celebración nacional rodeada por un despliegue de seguridad que reflejó más preocupación que confianza.
Quizás por eso el problema no fue únicamente la utilización de Belgrano. Es necesario repetirlo: los gobiernos siempre intentan dialogar con la historia. El problema fue la contradicción entre la invocación y la escena. Mientras Milei hablaba de libertad, detrás suyo se proyectaban imágenes de fractura política, dificultades productivas, endeudamiento familiar y fragilidad social. Cuando la realidad contradice al relato, la historia suele ser implacable. Belgrano lo sabía porque entendía que los símbolos debían expresar una realidad y no reemplazarla. Por eso nunca confundió los discursos con los resultados. Ni la bandera con el país.
La comparación se vuelve todavía más interesante cuando se observa lo ocurrido a más de mil kilómetros de Rosario. Mientras el Presidente intentaba inscribir a Belgrano dentro del universo conceptual libertario, en la histórica Candelaria el gobernador Hugo Passalacqua eligió una aproximación muy diferente al mismo personaje. No habló ni de teorías económicas ni de batallas culturales. En cambio habló de valores, austeridad, moral pública, servicio, convicciones y, sobre todo, de memoria histórica.
Misiones recuerda a Belgrano como creador de la bandera, pero también como protagonista de una de las experiencias políticas más avanzadas de su tiempo. Passalacqua insistió en rescatar el paso del prócer por la tierra colorada en 1811, cuando recorrió los antiguos caminos jesuíticos desde Candelaria hacia el sur provincial y redactó el Reglamento para el Régimen Político y Administrativo de los Pueblos de Misiones, considerado por numerosos historiadores como uno de los antecedentes institucionales más relevantes del federalismo rioplatense. “Candelaria no es cualquier lugar: es un lugar de epopeya”, afirmó el gobernador.
La frase remite a un Belgrano concreto, histórico, tangible, al hombre que recorrió estas tierras cuando todavía la Nación era apenas una idea en construcción; al dirigente que entendía que la política debía servir para organizar comunidades, fortalecer instituciones y mejorar la vida de las personas. Por eso también resultó significativa otra definición pronunciada durante el acto.
“Lo que hace fuerte a los hombres y a las mujeres son sus convicciones y sus valores. No el grito, sino las convicciones y los valores”. La frase podría leerse como una descripción involuntaria de una época donde muchas veces la estridencia parece haber reemplazado a la argumentación, en la que la confrontación permanente desplaza al diálogo y donde la espectacularización de la política termina ocupando el lugar de los resultados.
Mientras en Rosario, la escena estuvo dominada por las tensiones políticas del presente, en Candelaria, lo hizo la densidad histórica del pasado. En Rosario se discutió quién podía apropiarse de Belgrano. En Misiones se recordó por qué Belgrano sigue siendo necesario.






Discussion about this post