Claudia Olefnik
Artista plástica
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A veces una pintura termina contando mucho más de lo que el artista imaginaba. Lo que comienza como un paisaje, un estudio de luz o una simple fotografía elegida para trabajar en el taller, termina convirtiéndose en un relato íntimo, en una memoria viva. Algo así ocurrió con Graciela Fumagalli.
En marzo de 2025, Graciela viajó junto a su marido, Ernesto Raúl Bustos, a las playas de Natal, en Brasil. Eran días de descanso, mar y calma. Pero en medio de esas vacaciones apareció lo inesperado. Ella comenzó a sentir un dolor fuerte en el pecho y en el brazo izquierdo. No perdió el conocimiento, pero le faltaba el aire y una profunda sensación de angustia comenzó a invadirla.
Ernesto, médico cardiólogo además de compañero de vida, comprendió rápidamente lo que estaba ocurriendo: Graciela estaba sufriendo un infarto.
Todo cambió en cuestión de minutos.
Graciela fue internada en terapia intensiva. Y en medio de ese estado de fragilidad, consciente pero suspendida en una situación límite, escuchó una voz. Una frase clara que quedó grabada para siempre en su memoria.
“No lo podés dejar solo”.
La voz, asegura ella, era la de Kyky, la madre ya fallecida de Ernesto.
Con el tiempo, Graciela logró recuperarse y regresar a la Argentina. Como sucede muchas veces después de atravesar experiencias extremas, algo en ella había cambiado. El cuerpo guarda memoria, pero también la sensibilidad.
Tiempo después volvió al taller de pintura para reencontrarse con aquello que siempre le hizo bien: los colores, los pinceles, el silencio compartido entre obras en proceso.
Fue entonces cuando eligió una fotografía para pintar. La había tomado ella misma antes del infarto: una playa de Natal, el mar sereno y un cielo inmenso cargado de nubes.
Mientras trabajaba en el cuadro, comenzaron a aparecer detalles inesperados.
En un momento le señalé una nube particular. Tenía forma de corazón. Pensé que tal vez había exagerado esa forma al pintarla y le sugerí corregirla. Pero cuando volvimos a mirar la fotografía original, ahí estaba. La nube realmente tenía forma de corazón.
Nos sorprendimos.
Más tarde ocurrió algo todavía más extraño. Observando otra zona del cielo, le comenté que ciertas nubes parecían demasiado lineales, casi como dedos extendidos. Volvimos nuevamente a la foto. Y ahí estaba otra vez. La forma sugería claramente una mano. Graciela no dudó. Miró el cielo pintado y dijo en voz baja:
“Es la mano de Dios sosteniendo mi corazón”.
En el taller quedó un silencio difícil de explicar. Tal vez alguien dirá que fue casualidad. Que las nubes adoptan formas infinitas y que el ojo humano busca sentidos donde quiere encontrarlos. Y quizás sea cierto. Pero también es cierto que hay experiencias que transforman la manera en que miramos el mundo.
Después de atravesar la fragilidad de la vida, Graciela volvió a ese cielo sin saber que en él encontraría algo más que un paisaje. Encontraría una señal, un consuelo, una interpretación íntima de lo vivido.
El arte tiene esa capacidad misteriosa: a veces revela cosas que estaban ahí desde el principio y que solo pueden verse después de haber atravesado algo profundo.
Quizás por eso pintamos.
Para entender.
Para recordar.
Para sanar.
Y porque a veces, en un cielo lleno de nubes, alguien descubre que hay una mano sosteniéndolo.








