Rosanna Toraglio
Periodista- BioPsicoTerapeuta
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Lo repites una y otra vez, pero los cambios no llegan, el desánimo se apodera de todo tu ser y crees que estás roto. Nada más lejos: estás en ese período de reconstrucción, de rearmado, como un transformer (esos coches que se convierten en grandes robots). El desánimo no es una ausencia de energía, sino una fuerza fantástica contenida. Incluso en las circunstancias más adversas, esta sensación alberga componentes que, de ser canalizados correctamente, poseen la capacidad de impulsarnos nuevamente.
El desafío reside en transformar esa carga emocional y reorientarla hacia un propósito constructivo.
Sentir desánimo es la manera que tiene el cuerpo para decirte que estás en “ahorro energético” y hace esto porque el sistema límbico (el centro emocional) interpreta la situación como una amenaza o un desgaste innecesario. Cuando aparece el desánimo estamos frente a una “economía de guerra”.
Desde la ciencia
Cuando estamos desanimados es el momento para darnos cuenta de cómo estamos funcionando.
Si bien estos son tiempos de más calma y reposo porque estamos ingresando en el período invernal, también podemos sentir desánimo en cualquier época del año.
Pasa que hay “algo” que nos puso en ese estado, puede que haya ocurrido un evento que nos llevó a sentirnos inferiores, sin poder para afrontarlo y nos decepcionamos de nosotros mismos.
No hace falta saber el porqué, sino que es momento para entendernos y así poder salir adelante. Primero tenemos que sentirlo, sentir el desánimo, reconocerlo: “Estoy desanimado”.
Aunque creemos que el cerebro está desactivado, porque no nos dan ganas de nada, ni de realizar tareas cotidianas, no lo está. Está ahorrando energía.
El desánimo genera baja actividad en la corteza prefrontal. Por eso, cuando estamos desanimados, sentimos “niebla mental”: nos cuesta elegir qué comer, organizar el día o ver soluciones a largo plazo. La capacidad de función ejecutiva se reduce para ahorrar energía. Hay una caída de dopamina que no es solo placer, es motivación predictiva.
Sin ella, el cerebro calcula que el “coste de la acción” es mayor que el “beneficio esperado”. Por eso, ante el desánimo, el cerebro prefiere la inacción; simplemente no encuentra una razón química para esforzarse.
En este estado se activa en exceso la Red Neuronal por Defecto, la que se enciende cuando “estamos en las nubes” o pensando en nosotros mismos. Algo así como: “Pobre de mí”.
Como el cerebro está en modo no tengo ganas de nada, tiende a rumiar: dar vueltas sobre errores pasados o miedos futuros. Se queda atrapado en un bucle interno, desconectándose del presente. Así estamos, desanimados, rumiando, ahorrando energía. Ese período nos permite ir reponiéndonos, para luego reiniciar con toda la fuerza nuestro próximo accionar.
Estaremos listos para crear nuevas conexiones neuronales, con nuevos datos y nuevas ideas para salir al ruedo con toda la fuerza.
¿Qué plan necesito?
Como vemos, el desánimo llegó luego de haber pasado un tiempo de grandes actividades, más emocionales y cerebrales que físicas. El cuerpo entiende que necesita gastar menos energía porque lo anterior no estuvo funcionando.
Durante el desánimo sí debo ingerir alimentos vitamínicos, nutritivos, para estar fuertes y sanos al momento de salir al ruedo porque el período del desánimo pasará y no queremos que nos encuentre sin energía física porque la necesitaremos.
Mientras estamos desanimados vamos a mirar y escuchar a los pajaritos, sentir aromas, tocar a la mascota o acariciar nuestra piel con algún aceite. Nos hablamos con cariño, nos decimos: “bien, lo dimos todo, ahora reposamos antes de salir al ruedo nuevamente”. Podemos leer y escribir lo que sentimos. Es nuestro tiempo y lo aprovechamos. Si te pasas de cinco días, pide un consejo a un profesional.








