Las primeras campanadas del alba habilitaron a la muchedumbre a comenzar su caminata de esperanza y ruegos hacia la parroquia Nuestra Señora de Fátima, de Garupá. Con la imagen cargada sobre los hombros de los cadetes de la Escuela de Policía de Misiones y del Servicio Penitenciario Provincial, la columna partió, respetando el histórico recorrido, bajo el lema “A Fátima en comunión, caminamos en misión”. Cada tanto, se renovaba el grupo encargado de cargar la tarima con la imagen. Así, entre cánticos, el rezo del santo rosario y testimonios que se emitían desde el móvil de transmisión, el ritmo sostenido de la caminata confirmó que no hubo frío ni cansancio que pudiera detener a los peregrinos en esta gran caravana de fe.
A medida que la multitud se alejaba del centro por la avenida Rademacher, delgadas columnas se iban sumando a la central, llevando miles de intenciones que fueron dejadas a los pies de la Virgen. En inmediaciones de la rotonda, el sol comenzó a alumbrar y la motivación fue aún mayor. Personas descalzas cumpliendo alguna promesa, padres con carritos de bebés, niños, jóvenes y adultos, aceleraban el paso para llegar a destino. A los costados, los sacerdotes continuaban confesando y vecinos ocurrentes ofrecían a la venta café o mate cocido caliente, acompañado de algún panificado dulce. Cuando la columna principal cruzó el umbral del santuario, después de tres horas de caminata, comenzó la misa de los peregrinos, presidida por monseñor Juan Rubén Martínez.
El prelado sostuvo que esta procesión “expresa la fe de nuestro pueblo y de la cercanía de la gente con María”, a quien viene a pedir especialmente por tantas necesidades que se gestan en cada familia. “Cada uno tiene motivos para pedir en su corazón” pero también por el cese de la violencia, del hambre y enfermedades, por la paz y por la Patria. Sostuvo que “hoy hacen falta más que nunca cristianos en una sociedad individualista” e instó a que “no perdamos la fe en medio de las dificultades. Necesitamos la fe para mirar con esperanza el tiempo que nos toca vivir”. Al término de la central, hubo otra celebración litúrgica dedicada especialmente a los ancianos y enfermos

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Testimonios de fe
Con un rosario entrelazado entre sus manos, Gabriela contó que era la primera vez que iba y lo hacía para pedir por la salud de un miembro de su familia. “Solo me importa llegar para que mamá María obre el milagro”, balbuceó. Unos pasos adelante, Jimena celebró que en esta ocasión la acompañara su hijo Mateo, de apenas siete años. “Le dije que se quedara porque con el tiempo así no era conveniente que saliera, pero quiso venir y me pone feliz”.
Una vez finalizada la celebración, Teresa señaló que “venimos a agradecer por la vida, la salud, el trabajo, para fortalecer nuestra fe y nuestro servicio. Llegamos caminando desde el barrio San Isidro y encontramos a la columna central cerca del Mercado Central”.
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Debajo de los frondosos árboles del parque, mientras decidía qué hacer con el almuerzo, Yohana confió que llegó desde el barrio Ñu Porá y que lo hace desde que era pequeña. “Venimos en familia para celebrar el Día de Fátima. A veces volvemos a casa, otras nos quedamos para compartir acá”.
Francisco, entrado en años, no quiso perderse esta oportunidad que repite “cada vez que puedo, cuando los males propios de mi edad me dejan caminar. Esto me pone feliz porque sé lo que internamente significa”, acotó.

El párroco del santuario, Héctor Arrúa, agradeció a quienes colaboraron para que esta edición se concretara. Entre ellos, la Policía de Misiones, los Bomberos y el personal de Salud Pública, para quienes nació un espontáneo aplauso. Explicó que los 64 años de la peregrinación corresponden a la primera movilización organizada por un pequeño grupo de fieles acompañados por sacerdotes de la diócesis. Con el paso del tiempo, la convocatoria creció hasta transformarse en una de las celebraciones religiosas más importantes del nordeste argentino.
Sostuvo que el santuario de Fátima es un lugar de encuentro no solo para los católicos, sino también para quienes buscan un momento de paz. “Muchos vienen a rezar, otros simplemente a encontrar tranquilidad. La Virgen abre los brazos a todos”, expresó. Al finalizar esta experiencia espiritual que combina tradición, fe y compromiso, manifestó que “queremos que sea un momento de comunión, en sintonía con el camino sinodal de la Iglesia y el llamado a ser una comunidad misionera”.
A los tres pastorcitos
El origen de esta advocación mariana se remonta a 1917 en Portugal, cuando tres niños pastores afirmaron haber tenido apariciones de la Virgen María en Fátima. Según su testimonio, la Virgen les pidió rezar el rosario diariamente y hacer sacrificios por los pecadores. Además, les reveló un mensaje que incluía la consagración de Rusia al Corazón Inmaculado de María y la advertencia de una guerra inminente si la humanidad no se arrepintiera. Estas apariciones tuvieron un gran impacto tanto en la Iglesia católica como en la opinión pública, llevando a la construcción de un santuario en Fátima para honrar a la Virgen. La devoción a la Virgen de Fátima se extendió rápidamente en el siglo XX, especialmente durante la Segunda Guerra Mundial, donde muchos soldados y civiles pidieron su intercesión para protegerse de los horrores del conflicto. En América, la devoción a la Virgen de Fátima llegó de la mano de los inmigrantes portugueses a principios del siglo XX.
La celebración del Día de la Virgen de Fátima se realiza cada 13 de mayo en todo el mundo, conmemorando la primera aparición de la Virgen a los pastores. En esta fecha, numerosos peregrinos viajaron al santuario de Fátima en Portugal para expresar su devoción y solicitar su intercesión.






