La reciente muerte del actor Luis Brandoni, tras sufrir una caída, volvió a instalar en la agenda pública un problema frecuente, pero muchas veces minimizado: los accidentes en adultos mayores y sus consecuencias.
Lejos de tratarse de episodios aislados, las caídas constituyen uno de los principales factores de deterioro de la salud en la vejez, con impacto directo en la calidad de vida, la autonomía y el entramado familiar.
En ese contexto, la médica gerontóloga Mirta Soria aportó una mirada integral sobre el fenómeno y sus implicancias. “Hay un 30% de la población mayor de 60 años que va a sufrir al menos una caída al año”, señaló durante una entrevista con la FM 89.3 Santa María de las Misiones, y remarcó que el dato no solo es relevante por su frecuencia, sino por lo que desencadena: “Una caída puede marcar un antes y un después. Puede provocar una pérdida de autonomía, y cuando se pierde la autonomía, se pierde independencia y aparecen los miedos”.
La especialista explicó que estos episodios no deben analizarse únicamente desde la lesión física inmediata -fracturas, golpes o internaciones-, sino también desde su impacto funcional y emocional. “Después de una caída, muchas personas dejan de hacer actividades cotidianas por miedo. Dejan de salir, de caminar solas, de tomar decisiones. Eso también es deterioro”, advirtió.
En esa línea, insistió en la necesidad de revisar cómo se evalúa la salud en adultos mayores. “Cuando uno pregunta ‘¿cómo está?’, la respuesta suele ser ‘bien’. Pero hay que ir más allá: ver si esa persona puede moverse sola, si es autónoma, si puede subir una escalera, cruzar la calle o manejar su vida diaria”, explicó. Esa capacidad funcional -más que la ausencia de enfermedad- es la que define el verdadero estado de salud en esta etapa.
Soria diferenció entre factores intrínsecos y extrínsecos que influyen en las caídas. Entre los primeros, enumeró el impacto de enfermedades crónicas, la pérdida de fuerza muscular, los problemas de equilibrio y, especialmente, los efectos de ciertos medicamentos. “Los antihipertensivos, los diuréticos, los ansiolíticos o las pastillas para dormir pueden provocar mareos o inestabilidad, sobre todo si no hay un control adecuado”, indicó.
A eso se suman alteraciones en la visión y la audición, muchas veces naturalizadas. “Hay personas que escuchan menos y lo toman como algo normal, y en realidad puede ser un tapón de cera o un problema corregible. Lo mismo con la vista: usar el anteojo adecuado es clave para prevenir accidentes”, agregó.
En cuanto a los factores externos, la especialista puso el foco en el entorno cotidiano. La falta de iluminación, los pisos resbaladizos, la ausencia de agarraderas en baños o escaleras, y el uso de calzado inadecuado son elementos que aumentan significativamente el riesgo.
“El hogar, que debería ser un lugar seguro, muchas veces se convierte en un espacio de peligro si no está adaptado”, sostuvo.
El calzado, en particular, fue uno de los ejemplos más gráficos. “El equilibrio cambia con la edad. No siempre estamos en condiciones de usar determinados zapatos. Hay que reconocer las propias limitaciones”, afirmó.
En la misma línea, remarcó la importancia de aceptar ayudas técnicas como bastones o trípodes. “Hay resistencia por cuestiones estéticas o culturales, pero el bastón es una herramienta de apoyo, no un signo de debilidad. Y además, debería enseñarse cómo usarlo correctamente”, señaló.
Uno de los ejes más profundos de su análisis estuvo vinculado a la percepción social de la vejez. Soria advirtió que muchas personas mayores no se reconocen como tales, lo que dificulta la adopción de medidas de cuidado. “No reconocer la edad implica negar una parte de la historia de vida. Y eso juega en contra, porque no se asumen las vulnerabilidades propias de esta etapa”, explicó.
Este fenómeno, sostuvo, se inscribe en un contexto más amplio de edadismo, donde la vejez es asociada a la pérdida, la inutilidad o la carga.
En ese sentido, cuestionó con dureza recientes declaraciones públicas que calificaron a los adultos mayores como un peso para el sistema. “Es grave que desde lugares de responsabilidad se instalen esas ideas. Detrás de cada persona mayor hay años de aportes, de trabajo, de vida. No se puede reducir todo a una lógica de costo”, planteó.
La discusión, añadió, también se vincula con el acceso a la salud. Las dificultades para conseguir turnos, las demoras en especialidades como oftalmología u otorrinolaringología y las limitaciones en la atención primaria forman parte de un escenario que impacta directamente en la prevención.
“Los controles son fundamentales. Aunque te den turno para dentro de meses, hay que pedirlo. Lo importante es no dejar de hacerse ver”, remarcó.
En definitiva, la especialista insistió en que el envejecimiento no debe pensarse solo en términos de longevidad, sino de calidad de vida. Y en ese punto, la prevención de caídas aparece como un eje central, que combina decisiones individuales, acompañamiento familiar y políticas públicas.
“Las personas mayores somos presente. Para defender nuestros derechos, primero debemos reconocernos, saber quiénes somos y qué necesitamos”, concluyó Soria, en un llamado que excede lo sanitario y se proyecta sobre el conjunto de la sociedad.






