Durante décadas, la literatura académica y las políticas públicas han abordado la situación de calle crónica desde dos lentes predominantes: la vulnerabilidad psiquiátrica y el déficit habitacional. Ambos enfoques han aportado evidencias valiosas, pero operan en paralelo, dejando una pregunta central sin responder sistemáticamente: ¿qué le sucede a los sistemas psicológicos de una persona cuando vive años expuesta a inestabilidad económica extrema, amenaza ambiental constante y exclusión institucional repetida?
El documento “Chronic Homelessness as a Stress Ecology: Economic Scarcity and the Reorganization of Agency” (marzo de 2026), elaborado por Milagros Dolabjian y la Dra. Solange Rodríguez Espínola para el Observatorio de la Deuda Social Argentina, propone un giro epistemológico necesario. En lugar de preguntar “qué trastornos padecen las personas en situación de calle”, indaga cómo se reorganizan la motivación, la regulación emocional, la función ejecutiva y la percepción temporal bajo condiciones de estrés sostenido. La respuesta no es patológica; es ecológica. Vivir en la calle de forma prolongada funciona como una ecología del estrés donde la escasez económica actúa como mecanismo transversal que reconfigura la capacidad de acción humana.
La propuesta teórica se construye sobre evidencia interdisciplinaria que integra investigación en estrés crónico y carga alostática, economía conductual y teoría de la escasez, literatura sobre trauma complejo y estudios específicos sobre personas sin techo. Lo distintivo del marco es que no parte del déficit, sino de la adaptación contextual. En un entorno de estrés crónicodonde la amenaza ambiental, la precariedad material, la fragmentación social y la inestabilidad institucional convergen de manera sostenida, el cerebro y la conducta no colapsan al azar: se recalibran.
La escasez económica no solo limita recursos; secuestra ancho de banda cognitivo. La exposición prolongada a la inseguridad física y al rechazo sistémico no solo genera miedo; modifica los umbrales de activación emocional. La institucionalidad impredecible y los reiterados intentos fallidos de salida no solo frustran; reestructuran la relación con el futuro. Bajo estas condiciones, lo que desde fuera se lee como apatía, desesperanza o impulsividad, desde dentro opera como una economía afectiva y cognitiva orientada a la supervivencia inmediata.
Seis formas de sobrevivir
Primero, la apatía y la anhedonia, tradicionalmente patologizadas como síntomas depresivos, se reinterpretan como recalibraciones defensivas ante contingencias esfuerzo-recompensa sistemáticamente débiles. Reducir la inversión emocional protege contra el agotamiento psicológico crónico, aunque a costa de limitar la búsqueda de ayuda y la planificación a largo plazo.
Segundo, la desesperanza aprendida consolida esquemas de expectativa negativa tras intentos repetidos y fallidos de salir de la calle. No es resignación pasiva; es una estrategia cognitiva que disminuye el costo emocional de la decepción renovada, pero que restringe la capacidad de acción percibida y la adherencia a servicios que exigen esfuerzo sostenido.
Tercero, la regulación emocional de bajo compromiso emerge como respuesta a la hipervigilancia constante. El entumecimiento afectivo, la supresión y la disociación actúan como amortiguadores fisiológicos, pero reducen la flexibilidad regulatoria y la integración emocional, orientando la gestión afectiva hacia la supervivencia y no hacia el crecimiento.
Cuarto, la fatiga decisional se vuelve estructural, no episódica. La vida en la calle exige resolver continuamente dónde dormir, cómo garantizar seguridad, cómo administrar recursos escasos y cuándo recurrir a instituciones. Bajo escasez crónica, el ancho de banda cognitivo se agota. Las decisiones simplificadas y de bajo costo mental conservan recursos ejecutivos limitados, pero deterioran la capacidad de planificación compleja y la toma de decisiones orientada al futuro.
Quinto, la intolerancia a la incertidumbre y la orientación a corto plazo no son irracionales; son ecológicamente coherentes. Cuando las recompensas diferidas carecen de credibilidad, las promesas institucionales fallan recurrentemente y la planificación se ve estructuralmente obstruida, la supervivencia inmediata se convierte en el principio organizador dominante.
Y sexto, la contracción temporal o “presente continuo” altera la percepción subjetiva del tiempo. El horizonte se estrecha, la orientación futura se debilita y el foco se intensifica en el ahora. Esta reorganización temporal reduce la angustia anticipatoria y la frustración crónica, pero fractura la reconstrucción narrativa y la formación de proyectos vitales a largo plazo.
Estos seis procesos no operan de forma aislada. Se retroalimentan dinámicamente: la escasez económica drena recursos cognitivos, lo que lleva a una regulación motivacional a la baja, que focaliza la temporalidad en el presente, que restringe el control percibido, que refuerza estrategias de afrontamiento a corto plazo. Juntos, constituyen un sistema de supervivencia coherente y contextualmente adaptativo. No son disfunción; son reorganización.
El modelo distingue claramente entre trayectorias crónicas e intermitentes: la duración importa. En los recorridos prolongados, la desesperanza es más intensa, la rigidez regulatoria mayor y la contracción temporal más pronunciada. En los intermitentes, pueden preservarse resabios de control percibido, orientación futura residual y mayor flexibilidad motivacional. El contexto institucional, por tanto, no es un escenario neutral; moldea activamente estas configuraciones psicológicas.
Reconocer la lógica adaptativa de estos procesos no romantiza el sufrimiento; por el contrario, clarifica por qué fracasan las intervenciones que ignoran el estrés estructural. Exigir adherencia a programas complejos, planificación financiera o proyección laboral a personas cuyo sistema psicológico ha sido recalibrado para la supervivencia inmediata es, en la práctica, una violencia institucional encubierta.
El modelo propone un principio operativo fundamental: para restaurar la capacidad de acción, la estabilidad debe preceder a la expectativa. Esto implica reorientar las políticas desde enfoques deficitarios hacia enfoques ecológicos (que transformen el entorno): vivienda estable como primer paso incondicional, reducción de la carga cognitiva en trámites institucionales, acompañamiento psicosocial que respete los tiempos de recalibración emocional, y reconocimiento explícito de que la “motivación” no es un rasgo moral, sino un recurso que se activa en condiciones de predictibilidad y seguridad básica. La calle no solo quita techo; reconfigura el reloj interno, la brújula emocional y el margen de maniobra para imaginar un mañana. Devolver ese territorio psicológico requiere, antes que nada, devolver certidumbre material.
Vivir en la calle de forma crónica es, en última instancia, una deuda social con rostro de tiempo contraído, de capacidad de acción replegada y de esfuerzo invisibilizado.
El marco teórico presentado por el Observatorio de la Deuda Social Argentina no solo integra disciplinas; desafía narrativas estigmatizantes y ofrece un lenguaje más preciso para diseñar intervenciones que no luchen contra la adaptación, sino que transformen la ecología que la hizo necesaria.
Mientras se siga interpretando la supervivencia callejera como fracaso individual, se seguirán construyendo políticas que exigen resiliencia en ausencia de condiciones.
El verdadero imperativo ético y político no es exigir que las personas salgan de la calle con más fuerza de voluntad, sino garantizar que la calle deje de ser un entorno que exige fuerza de voluntad solo para sobrevivir. La estabilidad no es un premio por buen comportamiento; es el sustrato mínimo sobre el cual la capacidad de acción puede volver a florecer.





