“Un día me levanté y empecé a trabajar la madera, cuando nunca lo había hecho”

Así lo afirma José Martín Motkioski. En su terreno habitan los seres mitológicos más diversos, gigantescas criaturas que fueron talladas en madera, por sus propias manos. Hace diez años ocurrió algo extraño, y la creatividad comenzó a fluir.

26/12/2021 08:55

Creatividad en su máxima expresión es lo que se aprecia al llegar al taller de José Martín Motkioski (70), quien después de dedicarse a realizar trabajos de herrería durante 50 años, descubrió que también podía trabajar la madera y confeccionar verdaderas obras de arte.

En la esquina de Rademacher y Chubut las exhibe recién barnizadas. Es que en el local donde sigue funcionando la herrería, no queda casi espacio. Eso da lugar a que los transeúntes se detengan a apreciar a los personajes mitológicos, moldeados en diversos tamaños. Los niños son los que más sorprendidos se muestran y, por lo general, hacen que sea un recorrido reiterado para cargarse de magia. Causa impresión en los chicos el tamaño de los pies de los personajes, que sobresalen en casi todos, pero es solo a los fines de poder sostener tamaño porte. En la vereda también abundan los montículos de madera, esperando convertirse en un nuevo personaje.

La Caá-Yarí, que es la Diosa de los yerbales; el hombre “polilla”; la bruja; el Yasí Yateré; María, la polémica momia de Nazca con tres dedos; el hombre cabra; el lobizón; depredadores; Anunnakis; alienígenas; escarabajos; huevos cósmicos; Anubis; vampiros; Enok; el Yeti; el hombre hormiga, y hasta un músico misionero tocando el acordeón, se destacan en ese mundo de seres mitológicos que José da forma y vida a través de trozos de madera.

“No me queda más lugar, me entusiasmé”, sintetizó el protagonista de esta historia, que usa sombrero y una barba singular, que no se afeita desde hace treinta años. Cuando la gente consulta a José sobre esta novedosa actividad, “les cuento que hace unos diez años había quemado un rozado en la chacra de colonia Almafuerte, que fue donde nací y me crié, en una zona donde había muchos vestigios de los indígenas, como cántaros. En una oportunidad, cerca de medianoche había una hermosa luna llena. Se me ocurrió salir a ese espacio recién desmontado, me puse en modo alfa durante unos quince minutos y una vez concentrado, pedí a los antepasados si me podían tirar un dato, o me podían ayudar en algo, y a los dos o tres meses comencé a tallar. Me vino como una inspiración”, relató.

 

 

Cuando vino desde el “interior” con toda su familia, encabezada por papá Juan y mamá, Sabina Petroski, ya se instalaron en esa zona. Corría el año 1970 y sobre la avenida Rademacher los autos todavía patinaban sobre la tierra roja. La tarea de herrero, que ejerció a lo largo de medio siglo, lo canaliza a través de uno de sus seis hijos.

“Trabajé durante 50 años en la herrería, hice de todo, aprendí varios oficios. Cuando vine desde la chacra, tenía apenas 20 años, no sabía hacer nada, solo trabajar la tierra, y acá venimos y aprendimos un oficio. Lo aprendí con Omar Suárez, un ´maestro´ que primero estaba por calle Jujuy y 25 de Mayo, y más tarde en la avenida López y Planes casi Lavalle. Una vez que comencé a trabajar, nunca fallé. Siempre fui cumplidor, responsable, aunque tengo segundo grado, y apenas sé leer y escribir. Trabajé doce años con Suárez y después me independicé. Fue allá por el 83”, recordó. Fue entonces que realizó la apertura de su propia herrería que, “no sé si fue exitosa, pero al menos puse el lomo y me alcanzó para darle el techo a mis seis hijos”, agregó.

“Vine con mis padres, que vendieron dos chacras y apenas había alcanzado para comprar este terreno en esquina, en Rademacher y Chubut. Yo era tímido cuando vine, y los primeros tiempos nos pasamos a base de chipa. Mi papá eligió la parte de la entrada del sol, porque en la vereda de enfrente había sol a las 12, y el prefirió comprar de este lado, en el poniente”, explicó.

 

 

 

Imaginación

Para encarar este ambicioso proyecto, José consigue toda la materia prima en su chacra de Almafuerte. “Junto la madera, los troncos caídos por sí solos, los cargo en la camioneta en cada viaje que hago hasta la colonia, los traigo y me ingenio”, relató. Entre la madera que rescata, hay incienso, timbó, guayubira, María preta. “Antes tumbábamos los árboles gruesísimos, y ahora me doy cuenta que ya no quedan árboles grandes”, reflexionó.

También consigue los “cachos” secos de las palmeras y las frutas de coco para decorar a los personajes. “Todo eso lo consigo acá en Posadas, para utilizarlo como de cabello, y pelo. Los ojos los hago con bolitas”, dijo.

En su taller atesora el trabajo que desarrolló a lo largo de los tres últimos años de trabajo, a lo que se agregan los más nuevos que creó durante la pandemia. “No vendo, porque como no me van a querer pagar lo que esto vale, prefiero no pelear por mi trabajo, quiero disfrutar unos años, sobre todo viendo todo terminado. En ellos, tengo mucho gasto en los accesorios y los barnices. Dos litros de barniz duran para cuatro pasadas. También necesito cola con aserrín para pegar las extremidades de las creaciones. Mas adelante, quizás haga un combo y venda todo a una empresa”, expresó.

 

 

Por lo general los deja en la vereda “porque ya no me queda lugar dentro del local, más aún si estaciono mi camioneta. La gente disfruta viéndolos. Siempre se detienen para admirar mi obra, preguntan si tengo interés en venderla. Pero esto cuesta mucho trabajo, y nadie va a querer pagar lo que vale, van a decir este es un polaco loco”, acotó entre risas, quien todos los días “trabajo en eso, me inspiro, me empiezo a concentrar y pongo manos a la obra”.

Sostuvo que su familia “está contenta que me nació la veta artística. Al menos estoy haciendo algo por mi apellido, así va a quedar un recuerdo para ellos, porque de lo contrario solo quedarán las fotos. Acá tengo un cuerpo hecho y las patas cortadas, cuando vaya al campo voy a traer más material. Si tengo toda la madera, en un mes y medio se puede finalizar una obra, de lo contrario, se extiende hasta a tres meses. Después quizás tenga que parar porque ya no me queda espacio para guardarlos. Pero cuando empiezo algo, quiero terminar”.

 

Esas historias que escuchó de niño

Por lo general, Motkoski observa las imágenes del canal Discovery y “eso me va marcando un rumbo”. Los seres mitológicos misioneros, en cambio, son inspiración propia.

Es que “cuando éramos chicos y nos sentábamos afuera, en familia, en la oscuridad o bajo una luna tenue, se escuchaba que pasaba algo y es como si se escuchaba una risa, y papá decía que esas eran las brujas que pasaban volando y conversando. Y eso me quedó en la memoria, que después fue recreada. Lo mismo me pasó con el pombero, todo en base a las anécdotas escuchadas. Me encanta la historia, la mitología, siempre quise encontrarme con fantasmas. En la chacra siempre pedía verlos, pero nunca se me presentó nada”, comentó.

“Ese día”, en el que “pidió ayuda” estaba solo y había una hermosa luna llena, y como varios historiadores habían llegado hasta la colonia para “escarbar” ese lugar, “me puse en alfa”. Era en medio del rosado que había quemado, de una manzana de extensión.

“Hice el pedido y resultó. Parece que me inspiraron demasiado”, aclaró entre risas. Porque un día “me levanté y empecé a trabajar la madera, cuando yo nunca lo había hecho. Siempre me ocupé del hierro, porque ese era mi oficio”.

Muchas viviendas posadeñas tienen el toque de distinción de Motkoski en los portones, rejas. “Fui posta. Siempre cumplí con los clientes, nunca los defraudé. Muchas veces tuve que perder dinero pero para mí la mejor propaganda es ser honesto”, aseguró.