Tardes de cine en la selva

El cine “Panambí” pertenecía a Irma Vanzella, funcionó al lado de la EPET 4, en la década del 50.

22/09/2021 19:05

En los años 50 el centro de Iguazú estaba conformado por unas cuantas calles de tierra rodeadas de selva que partían de las Siete Bocas. Otras calles más angostas e improvisadas picadas le daban vida a los barrios. No había alumbrado público, el suministro de energía eléctrica funcionaba sólo hasta las 22. En ese pequeño espacio selvático vivíamos y convivíamos los pobladores de Iguazú. Todo el mundo se conocía, se saludaba, colaboraba y compartía fiestas y eventos populares. Pero había algo muy particular que a mí siempre me pareció el alma del pueblo… ¡Un Cine!

El cine “Panambí”, de propiedad de la bella y carismática Irma Vanzella, quien lo administraba en colaboración con sus padres. Nosotros éramos cuatro hermanos que asistíamos sin falta a todas las funciones.

Había funciones dos veces por semana y estaba donde antiguamente funcionaba la Dirección de Turismo, al lado de la EPET 4. Su estructura era un gran caparazón de acero, que con el correr de los años, luego de que cerrara el cine, fue trasladado a la Municipalidad de Iguazú, sirviendo de techo para oficinas. En mi mente de niña, como no conocía los trenes, cada vez que entraba me imaginaba que estaba dentro de uno, yo pensaba que eran así de grandes los trenes.

El cine estaba instalado sobre un gran bañado, mientras hacíamos cola para entrar podíamos deleitarnos con el canto de las ranas, sapos, chicharras, búhos, urutaúes, murciélagos etc., y también presenciar el vuelo mágico de las luciérnagas sobre las plantas acuáticas del bañado. En la entrada estaba Irma cobrando las entradas, frente a la boletería funcionaba un kiosko que vendía golosinas.

La parte del frente del cine era de material, tenía un pequeño altillo donde estaba instalado el proyector de películas, cedido por Parques Nacionales a la emprendedora Irma, que como ya tenía sus años funcionaba a media marcha.

En lo mejor de la cinta se cortaba, primero empezaban a interponerse las imágenes y luego hacía un sonido: – ¡¡¡Trrruuutrrruuu…!!!… ¡¡¡Trrruu,truuu…Paf!!. Y se cortaba. En ese momento todos exclamábamos: ¡¡¡Noooo…!!! ¡¡¡Noooo!!!. Volteábamos nuestras cabezas para observar la pequeña abertura por donde salía la proyección, donde podíamos ver a Irma luchando con el proyector para volver a hacerlo funcionar. A veces se solucionaba pronto, otras teníamos que dar un paseo por afuera y muchas otras directamente no funcionaba y nos devolvían las entradas.
Eso era lo de menos, los niños queríamos ver los episodios de las western de los cowboy, porque se daba por episodios de aproximadamente 15 minutos. Cuando los cowboy perseguían a los indios americanos todos “zapateábamos” el piso de madera y gritábamos animando a los muchachitos de la película. Como niños que éramos apostábamos para que los cowboy mataran a todos los indios, como sea. Lo cierto es que no nos perdíamos una sola función.

Irma colocaba grandes carteles de papel en colores haciendo propaganda de las películas. Un día apareció frente al cine un gran anuncio: “Hoy, mañana y pasado, película de terror. ¡Frankenstein! Todos los niños que esa semana pasamos por frente al cine, abriendo muy grandes los ojos y la boca exclamamos: -¡Oh!…¡Ah!…¡Ay!…-

Mi hermana mayor era súper miedosa (enferma) de esas que se te trepaban en la espalda o el cuello ante cualquier peligro. Yo era bien ruda y no le tenía miedo a nada. Allá fuimos el primer día anunciado, muy ansiosos y porqué negarlo, con mucha ansiedad y temor para asistir a la exhibición de la película de terror: ¡Frankenstein! Por la dudas nos juntamos en grupo, en el nuestro eran todas nenas, los varones se reunieron de manera separada.

 

 

Recuerdo que era invierno, hacía frío, en uno de los momentos más escalofriantes mi hermana se quitó el pullover y se cubrió la cabeza, pero miraba de a ratos por los ojales del abrigo. Tenía las dos piernas encima de la butaca y pegó alaridos durante toda la película. Creo que no vio más que el comienzo. Fue muy divertido. Cuando se encendieron las luces, todos nos reíamos para disimular que estuvimos todos c…dos de miedo.

Siempre íbamos a la matinée, a la noche iban los adultos. Las películas que más me gustaron: “Frankenstein”, “Drácula”, “Los Tres Chiflados”, “Chaplin”, “El Gordo y el Flaco”, películas de cowboy, “El Zorro”, todas las de dibujos animados de Disney, “Tarzán” y las de guerra.

Tarzán era mi ídolo, el ambiente selvático en África, los animales salvajes, los tambores de los indios, me fascinaba.

Para terminar tengo que contar que esa noche mi hermana no pudo dormir. En mi casa la habitación donde dormíamos tenía una escalera en caracol que iba a un altillo. Según mi hermana esa noche vio descender por la escalera una figura que para ella era Frankenstein, aseguraba y sostenía con lágrimas en los ojos que no estaba mintiendo. Si realmente el acontecimiento fue real, mis padres le preguntaron por qué no gritó o pidió ayuda. Fue una pesadilla.

Lo que sí, yo tuve que pagar el pato, porque desde ese día dormía conmigo en la misma cama. Y no solo eso, apenas terminábamos de cenar y debíamos ir a dormir, mi hermana como una tromba pasaba corriendo por delante mío (emitiendo gritos y chillidos) y se tiraba de cabeza a la cama, para dormir del lado de la pared.

 

Alicia Segovia