“Aporté un granito de arena a la cultura local”

Néstor Frutos nació en Colonia Gisela y el año pasado compuso una canción para la ciudad que lo adoptó. Su trabajo fue elegido como himno de Candelaria y se interpreta en los actos oficiales. Ya de grande, se recibió de licenciado en trabajo social. A pesar de estar jubilado, continúa colaborando con distintas instituciones que necesitan de su asesoramiento.

02/12/2020 12:28

Néstor David Frutos (70) se radicó en Candelaria hace algunos años y el recibimiento por parte de sus vecinos fue de lo mejor. Es por eso que sentía que tenía una deuda con su comunidad, y “quería devolverle en moneda lo que Candelaria me dio en cheque en blanco”, manifestó, y cuando surgió la posibilidad de hacer la canción que identificara a la antigua Capital de Misiones, el hombre estuvo ahí, a pesar de no considerarse músico profesional, dijo presente y escribió los versos que ahora se entonan en cada acto oficial junto al himno nacional y a Misionerita.

Es un orgullo y una emoción. Me conmueve el hecho de que algo dejé a la ciudad. Hay una canción que dice pena sobre pena, pena en que uno pega el grito, la arena es un puñadito, pero hay montañas de arena. Entonces, con ese granito de arena es el que aporto a la montaña de arena de la cultura de Candelaria”, acotó.

“Siempre me gustó escribir cosas”, admitió, quien ya de grande, se recibió de licenciado en trabajo social en la Facultad de Humanidades de la UNaM. Un gran amigo suyo, Luis Pérez, músico cordobés radicado hace muchos años en Posadas, “musicalizó las estrofas, llevó al pentagrama lo que yo tarareaba. Éramos ocho autores y mi canción fue electa. Luego se organizó un festival de presentación en sociedad”, agregó.

Nacido en Colonia Gisela, municipio de Colonia Polana, hizo la secundaria en la Escuela de Comercio N° 2, de Jardín América, y la vida lo llevó por distintos escenarios. Al terminar el colegio, trabajaba con la empresa Sade que hizo el tendido de alta tensión desde Paraguay, cruzando el Paraná a la altura de Eldorado y desde allí, a Posadas. Después de muchos años de prestar servicios, se quedó en Buenos Aires y se incorporó al sector administrativo del Servicio Penitenciario Federal (SPF). Cuando le salió el pase a la U-17 de Misiones, se radicó en Candelaria.
“Cuando estaba en la unidad penal veía que tenía mucho tiempo de ocio y decía en algo tendré que aprovecharlo. Me daban la posibilidad de organizar mis tiempos para ir a la facultad. Me retiré en 1995, y terminé mis estudios en 1998”, comentó.

Su rutina consistía en trabajar en la colonia penal por la mañana, y después del almuerzo “me subía al colectivo para estudiar en la facultad, por la noche regresaba y volvía al trabajo. Fue una época muy exigente porque, además, había que atender el estudio y la familia, que son dos cosas que no se pueden hacer a medias. Gracias a Dios tuve el apoyo de los míos (esposa, Aurelia Librada Báez, e hijos: Sandra, Elizabeth y Juan Manuel”, recordó.

Contó que sus hijas iban al secundario y era el momento de las salidas, pero “ellas frenaban esos gastos para que yo usara ese dinero para los viajes y fotocopias. Con la ayuda de la familia logré ese título universitario tan ansiado. También fue devolver a mis padres, Loreto Frutos y Blanca Lecuberría, el sacrificio que hicieron por mí, y por mis hermanos (Pedro y Hugo). Pude concretar mi sueño pero mamá no pudo ver el título”.

En Colonia Gisela su familia tenía una chacra de cinco hectáreas con yerba mate. Como Frutos era el mayor, era el referente de los otros hermanos, y tenía que cuidar al más chico, que ahora vive en Jardín América. “Si él lloraba, yo colaba una cintareada porque en aquel entonces se usaba ese sistema. Era la familia en la que el jefe de hogar salía a buscar el sustento y la madre se ocupaba de las tareas domésticas. Después fui a estudiar a Jardín América y me recibí de perito mercantil. Yo quería hacer docente, pero donde podía estudiar magisterio era en San Ignacio y mis padres no tenían medios para enviarme”, sostuvo.

 

Vínculo con los municipios

Mientras tanto, trabajaba “con varios municipios porque como me movía en ese ambiente, participaba de reuniones departamentales, articulando actividades. Era uno de los pocos que tenía la habilitación del Colegio de Trabajadores Sociales. Entonces hacía tramites de pensiones no contributivas, pensión a la vejez, a la invalidez, madre de siete hijos”. Con la municipalidad de Profundidad fue con la que más vínculos tuvo. Permaneció allí a lo largo de 24 años.

“Fui adquiriendo una experiencia invalorable, son vivencias personales que no se pueden transmitir, es el trabajo de campo, en terreno, donde uno va adquiriendo y acrecentando la experiencia en el área social. Tan importante en esta época”, expresó el abuelo de Daniela, Víctor, Blanca, Yanina, Cristiano, Bautista y Mateo, y bisabuelo de Jazmín.

En Profundidad aportó a la creación del escudo. Tomó como base la actividad económica del momento, y la elaboración del carbón vegetal en base al urunday. “En el logo está el horno, la planta de urunday y de fondo el cañadón”, que fue aprobado por el Concejo Deliberante. Actualmente, con la política ecológica y de preservación de la naturaleza, “la intendente Silvia Estigarribia hizo algunas correcciones en cuanto a la imagen originaria. Ese trabajo lo encomendé a un artesano de Candelaria, Miguel Ángel Romero, le di la idea y lo plasmó en un yeso en su taller”.

 

El bombo amigo

“Toco el bombo desde la secundaria. Nuestro grupo de la Escuela de Comercio Nº 2 era de la sexta promoción, 1969, integrado por cinco varones y cinco mujeres. Eramos los serentateros de Jardín América. Nos juntábamos los fines de semana en la casa de alguna compañera, a la canasta, y la música folclórica era el eje del encuentro. De todos ellos, recuerdo a Oscar Wasiuk, a los hermanos Barreto, a los hermanos Cuenca, a Rubén Darío Bogado, a “Gringo” Maslowski. Mi locura fue siempre la música, en las reuniones familiares. Siempre hay un chamamecero que va variando la zamba, la chacarera, y es donde yo me luzco”.

“Cuando terminaron las clases de quinto, me quedé en el pueblo. Pasaron dos semanas y vino mamá con la camioneta de un vecino y se llevó todas mis cosas. Cuando volví, no tenía nada y tuve que volver a Gisela. Entendí que se acabó la joda”, relató entre risas.

Por diez años, fue propietario de la FM Sarandí, que “la gestioné a pulmón”. Su slogan era “Fronteriza y solidaria” porque colaboraba con las comisiones barriales, escolares, y difundía la música folclórica. “Siempre tuve la voluntad de colaborar con los vecinos”, por eso extraña tanto a la emisora.