La gracia de jugar con la música

Las academias musicales orientadas a jóvenes crecen cada vez más en Posadas. Niños, niñas y adolescentes encuentran un espacio donde desatar su enloquecido entusiasmo sobre diversos instrumentos.

01/03/2020 17:48

Por Charly Esperanza

La vida brinda momentos mágicos que hay que saber ver o escuchar, distinguirlos, tal vez simplemente sentirlos. En eso, en ocasiones el increíble universo de opciones que se abre con el descubrimiento del arte musical, en un abanico de combinaciones interminables de notas, acordes, ritmos y melodías, se encuentra con la expresión más pura de la inocencia en la niñez ávida de experimentar y jugar con los nuevos conocimientos por desarrollar.

Ese encuentro, ese hermoso choque de situaciones, es bien aprovechado por las academias musicales que apuntan sus lecciones, prácticas y repertorios a los niños, niñas y adolescentes.

En Posadas, un par de ejemplos se ubican en el trabajo llevado adelante, desde hace varios años, por Grillos Rock y Staccato. Dos institutos que con el paso del tiempo crecen cada vez más en relación a la cantidad de alumnos, estructura, organización y la capacidad técnica e instrumental que emplean.

 

Es sólo rock and roll pero me gusta

Grillos Rock es una escuela, obviamente de puro rock, que en 2019 festejó sus primeros 10 años de existencia. Luego de un par de mudanzas se ubicó sobre calle Salta 1943 del microcentro posadeño ofreciendo clases de canto, guitarra, bajo, batería y teclado, a niños y adolescentes entre los 8 a 18 años de edad.

El director general es Lucas Chávez (director de orquesta y profesor de música popular). Las decisiones de administración son tomadas en conjunto con la música y profesora Adita Barrios Hermosa.

En diálogo con ENFOQUE recordaron los inicios del proyecto que actualmente alberga a más de 170 estudiantes de música relacionada a la cultura del rock.

“Grillos Rock empezó en 2009 como un taller de verano”, recordó Barrios Hermosa sobre el desprendimiento realizado de la escuela Grillitos Sinfónicos, y agregó: “Fue un taller orientado exclusivamente al rock con guitarra, bajo, batería y canto, pero debido a la buena repercusión que tuvo se abrieron directamente las clases anuales”.

En el 2013 llegó el momento de independizarse, “porque el espacio empezó a quedar chico para ambos, y con Grillos Rock nos mudamos a otro lugar”.

En 2016 llegaron a la sede actual. Pero desde un año antes, 2015, la academia rockera comenzó a experimentar un crecimiento muy grande en relación a la cantidad de niños que buscaban su espacio para aprender a ejecutar los primeros acordes o perfeccionar el canto sobre determinadas canciones.

“En 2015 eran casi 60 alumnos y hoy estamos con 170. Por eso también se agrandó el plantel de profesores, ahora somos ocho”, comentó Barrios Hermosa.

En relación a esto, remarcó que actualmente se trabaja con “clases grupales, entre 3 a 4 chicos por clase separados por edades, también se los separa por niveles, y se practica todo lo que es el repertorio del rock, generalmente en los recitales de fin de año entran los clásicos de Queen, Nirvana, Virus, Fito Páez y Charly García, por ejemplo. En la clase completa el chico pasa el tiempo con el instrumento que elige. Durante el año se trabaja todo lo que es la teoría y técnica, pero siempre sobre una o dos canciones con las cuales se trata que cada chico a su tiempo y dentro de lo que pueda dar participe sí o sí del concierto, que es lo que más les gusta a ellos. En el recital se ve el trabajo que hacen los chicos con los profesores”.

“Todas las aulas están equipadas con los instrumentos. Tenemos guitarra, bajo, batería y teclados. La demanda empujó a que el proyecto sea algo continuo, con eso empezó a tomar más forma. A mitad de año hacemos el acústico de Grillos Rock, ahí las canciones son versionadas y experimentamos con otros instrumentos, como ser violín, flauta, contrabajo, cuarteto de cuerdas, ukelele, de acuerdo a lo que se quiera lograr. Eso nos ayuda a experimentar un montón porque los chicos también plantean sus ideas y aportes”, destacó sobre el aspecto técnico e instrumental que posee la escuela rockera.

En relación al cuidado que se tiene sobre cada niño para evitar la frustración con la práctica o el instrumento, la profesora contó: “Insistimos en las clases con que cada chico da algo distinto, todos tenemos nuestro tiempo, algunos alumnos van mucho más rápido y otros tienen su proceso un poco más lento, en ese sentido hablamos mucho para incentivar al compañerismo y entender que los procesos de cada uno hay que respetarlos y que hay que aceptar al otro. Eso genera algo que nos fascina de este trabajo que es ver chicos de 17 años con toda la buena onda con otros de 8, porque si bien las clases son separadas terminan conviviendo dentro del lugar, y se ve que se cuidan y se quieren como hermanos. Es algo muy lindo de ver y valioso de notar en nuestra sociedad porque estos chicos vienen así desde su casa”.

“Al ser horas con pocos chicos el trabajo se puede hacer más personalizado. La docencia es un trabajo muy especial. Valoramos el hecho de respetar e incentivar al alumno, siempre hay que darle un lugar al chico. Es importante siempre verlo como un individuo que necesita de algo específico y hay que tratar de llegar a esos objetivos, para que pueda tocar y avanzar”, amplió.

Por su parte, Chávez subrayó: “Nos emocionamos mucho con los alumnos porque la música tiene todo su costado sensible, quizás los padres se asombran porque en los recitales de fin de año será la primera vez que ven tocar a sus hijos esa canción que han preparado, pero nosotros sufrimos y vivimos con ellos todo ese proceso, de queja, de ‘no me sale’, de llanto y alegrías. Vivimos todo eso y también el final, que a veces sale bien o mal, pero no es fácil pararse sobre un escenario y hay que recordar que ellos son chicos”.

Sobre el desempeño que pueden obtener al estar encima del escenario y frente a una determinada cantidad de público, el director general afirmó: “A los alumnos les decimos que el equivocarse es parte de lo que les va a pasar arriba del escenario. Lo que se debe saber es qué hacer con eso, por ejemplo nunca parar, seguir tocando, no hacer caras, sacar adelante lo que pasó. Entonces ellos naturalizan el error, a veces se equivocan en vivo y se ríen, y eso hace que todo sea mucho más sano. Soy muy exigente en pedirles que practiquen y estudien pero también es importante que aprendan a convivir con el error que es normal, porque si no lo sienten así no estarían disfrutando el proceso”.

Por otra parte, Grillos Rock habilitó a partir de este año un curso de práctica de sonido para eventos en vivo y grabación, dictado por Alejandro Mouriño y abierto a todas las edades. Para ello la academia comenzó a equipar un estudio propio “que está trabajando muy bien. Hay chicos muy jóvenes que empezaron a hacer el curso porque el año que viene quieren ir a estudiar producción musical en Buenos Aires, por ejemplo”, remarcó Chávez.

 

Vuelta por el universo

Por su parte, Paula Figueredo, instrumentista, cantante y compositora de la banda Lua, lleva adelante su propia academia musical bautizada como Staccato, sobre la avenida Ituzaingó 3118, con alrededor de 45 alumnos inscriptos distribuidos en clases de canto, guitarra, bajo, teclado, ukelele y batería. El proyecto cumplió ocho años en el pasado febrero.

“Al principio daba clases para diferentes edades, fui probando, pero después con el paso del tiempo descubrí que me gustaba más dar clases para niños, así que ahora es exclusivamente desde los 5 hasta los 12 años”, contó a este Suplemento y añadió: “La decisión fue por una cuestión emocional sobre mi forma de acercarme a la música y encontrarme con los niños. Mi pedagogía es muy lúdica, en base a juegos, en formato grupal, como si fuera un ensamble”.

“Intento que los chicos se entusiasmen con canciones que ya son conocidas, las primeras clases les consulto qué les gusta y empezamos a armar el repertorio, en base a eso aprenden la técnica, en caso de ser necesario leer partituras también. Me voy adaptando a lo que cada uno quiere para hacer la clase lo más personalizada posible”, relató.

“Me parece interesante la idea del semillero, yo empecé a estudiar música desde muy pequeña, a los 7 años, y los lugares y centros musicales eran muy formales, y si bien está muy bueno porque aprendí a leer partitura gracias a esos estudios, cuando era niña me aburría muchísimo y pensaba que la música era solamente estudiar partituras y tocaba poco. Estudiaba más teoría de lo que tocaba, entonces me quedó la idea de ofrecer una propuesta nueva para que los niños tengan un espacio donde puedan tocar y acercarse a los artistas que les gustan, y entender que con arreglos sencillos pueden ejecutar esas canciones que conocen y escuchan”, completó.

Al mismo tiempo, aseguró que Staccato “brinda la posibilidad de experimentar porque tenemos muchos instrumentos, a veces los chicos vienen con ganas de hacer batería pero después terminan cantando, surgen esas cosas. La nuestra es una práctica auditiva y tocar mucho, por eso hacemos un videoclip y un recital fijos por año. Es el entrenamiento de un verdadero músico, para que sepan lo que es hacer un audiovisual y tocar sobre un escenario frente al público”.

En relación a los estilos musicales que suenan en el espacio, Figueredo contó: “El comentario común en cada recital de Staccato es que todo el repertorio es muy variado, se escucha desde Queen hasta el último reguetón más conocido que suena en la radio, o música extraída de un animé japonés, también pasamos por el pop, folclore y música latinoamericana. Sale así porque son los chicos los que eligen lo que van a tocar, las canciones que les gustan”.

Consultada por la importancia de estar atentos a las plataformas digitales y redes sociales para acompañar la predilección de los jóvenes, opinó que “hay que adaptarse a las nuevas formas que tienen los chicos de consumir música. Mis alumnos son de la generación YouTube, casi todo pasa por ahí. En esas plataformas surgen artistas nuevos. En nuestra generación estábamos acostumbrados a los que sonaban en las radios y sacaban discos, ahora tienen mucho auge los que manejan las plataformas digitales y tienen millones de reproducciones, de alguna manera también se arman circuitos, están los más niños que miran videojuegos con YouTube y hacen canciones de esos mismos videojuegos, pero por otro lado los que se acercan a la adolescencia están en otra onda que es el trap, son diferentes mundos paralelos dentro de las redes”.

Los recitales que se concretan para cerrar el año frente a un nutrido público, principalmente formado por padres, familiares y amigos, se convierten en una arrolladora marea de emociones encontradas.

Por ello, Figueredo señaló sobre el momento: “Lo que me genera es amor, eso es lo que despierta, porque se ve a los chicos disfrutando, más allá de lo que puedan aprender, sentir que todos, cada uno en el nivel que tiene, están disfrutando y se conectan con la música de una manera emocional es donde hago mucho hincapié. Se les ve el brillito en los ojos y para mí eso no tiene precio, no hay nada que valga más que hacer feliz a un niño, y que después de tocar corran a abrazar a sus padres porque cargan mucha emoción con lo que están tocando. Para mí también tiene mucho significado saber que se brinda un espacio de contención para los niños, porque va más allá de la música, que venga un niño y se encuentre con que una maestra y los compañeros disfrutan de estar con él, y que la música los cobije, se los escuche y comprenda, dentro de un espacio cuidado y emocional, es lo que se ve reflejado en los recitales. Lo que más me genera satisfacción es la conexión emocional que se desarrolla en ellos”.

“Veo que a nivel social a los niños no se los suele escuchar mucho. La práctica de escuchar al otro es algo que no es tan común y sobre todo pasa eso con los chicos. Se les suele dar muchas órdenes y nunca se les pregunta cómo se sienten o qué les gusta. Y eso es algo que yo trato de hacer, preguntar en las clases qué quieren hacer, qué temas quieren tocar, y el niño contesta porque sabe perfectamente lo que quiere, pero necesitan recibir atención y la música es un arte que hace hincapié en escuchar, porque necesitás saber escuchar para poder hacer música”, manifestó.

Finalmente sobre la importancia del acompañamiento de los padres en el desarrollo musical de los hijos, la profesora de Staccato consideró que “influye muchísimo. Si el niño en la casa se sienta con el padre a escuchar música para que le diga este tema está bueno, o que cierta canción tal vez no tiene en su letra un contenido tan para niños y se ponen a escuchar otra, son las cosas que ayudan a generar un desarrollo musical y un avance mucho mayor, porque cuando el padre se interesa en lo que el hijo está aprendiendo eso es lo más valioso para el niño”.

 

El primer vuelo 

Turquet es una banda creada por tres jóvenes posadeños, Cintia Salinas (18 años) cantante, Tomás Vidal (14) en guitarra, percusión y bajo, y Ayelén Duarte (20) en percusión y bajo. El trío que realiza la mayoría de sus presentaciones en formato acústico con covers del rock y pop, tanto nacional como internacional, surgió desde el aprendizaje que sus integrantes recibieron y compartieron en Grillos Rock.

Así lo contaron al ser entrevistados por ENFOQUE:
Cintia: Estamos con Turquet hace casi un año y dos meses.
Ayelén: Empezamos como si fuera un pasatiempo pero ahora la banda se volvió bastante formal. Trabajamos el formato trío, algunas presentaciones las hicimos con invitados, otros músicos que se sumaron a determinadas fechas para añadir un plus a la música. Al principio nuestra idea fue juntarnos en vacaciones para tocar algo, pero conseguimos una fecha al mes de empezar a ensayar y con eso comenzó toda esta locura.
Tomás: Nuestro repertorio apunta sobre todo al rock nacional. También hacemos algunos clásicos como canciones de Michael Jackson.
Cintia: A veces agregamos algo de pop, sobre temas más actuales.
Ayelén: Por ejemplo, de ahora tocamos bastantes cosas de Bruno Mars o Maroon 5, lo que sea conocido y de ese estilo.

El repertorio que manejan es muy amplio, pero además de los covers ¿están pensando comenzar a presentarse con composiciones que sean de la banda?
Cintia: Sí, tenemos en mente comenzar a crear temas propios dentro de poco.

En esta época de digitalización masiva ¿cómo aprovechan las oportunidades que brindan las redes sociales, por ejemplo para difundir el proyecto musical?
Tomás: En algún ensayo a veces surge grabar videos cortos y subirlos a las redes, como Instagram, es lo que más se puede aprovechar. Cuando pensamos en subir algo a YouTube lo queremos producir un poco más, entonces vamos a un estudio y grabamos algo específico.
Cintia: Por ahora tenemos grabados varios temas, pero todavía nos falta hacer algún videoclip con mucha producción.
Ayelén: Pero principalmente con el tema de las redes, cuando sale una fecha grabamos historias cortas, cosas que pasan en el ensayo por ejemplo, para difundir el recital que se viene. Hoy en día las redes sirven mucho porque se arman cadenas amplias de difusión entre las amistades que van compartiendo algo.

¿Qué tan importante es para ustedes la formación que obtuvieron y lo que compartieron en Grillos Rock?
Cintia: Lo que se vive en Grillos es algo hermoso, a muchos chicos les gusta juntarse, ensayar y hacer música entre ellos aparte de lo que se hace en la academia. También hay chicos que son muy pequeños y están compartiendo el espacio con otros más grandes de edad, eso es muy lindo de ver.
Ayelén: A mí me gusta mucho porque pasé la etapa de alumna y ahora estoy como profesora, y apuntar todo al mismo lado para salir a tocar y que suene bien es lo que me hace sentir muy cómoda. Hacer algo entre amigos y compartirlo es algo muy encantador. Y está buenísimo porque se disfruta eso en el lugar ya que nadie está obligado a ir y estar ahí.
Tomás: Para mí es como una gran familia, una segunda casa.
Cintia: Todos los chicos se sienten así, por eso nos llevamos bien entre todos. Es un ambiente descontracturado.
Tomás: Además los profesores son muy divertidos, siempre están con la mejor onda hacia los chicos. Es un ambiente muy lindo en cada clase, por ahí la gente piensa que la música es aburrida por la teoría, y en cambio ellos lo hacen muy divertido.
Ayelén: A los chicos nuevos y los que siguen ahí, les gusta que no es siempre lo mismo. Se va variando, con ejercicios divertidos, se buscan canciones con variaciones. No es que si a un alumno no le sale una canción lo reprueban y listo, o tiene que seguir rindiendo. Por el contrario, lo que se hace es buscar otra cosa que sí le salga, algo más acorde a sus capacidades, porque un chico no es considerado insuficiente debido a que no le sale un ejercicio práctico.

¿Y cómo enfrentan el cambio de pasar a tocar entre ustedes a hacerlo frente a un público desconocido que quiere descubrir la banda?
Cintia: Al principio nos costaba mucho tocar delante de la gente. Pasa que siempre hay nervios. A mí me pasa mucho que me pongo nerviosa y todos me preguntan por qué, pero es lo que pasa.
Tomás: Pero por más que tengas 20 o 30 años de experiencia sobre escenarios creo que los nervios van a estar siempre.
Ayelén: Es una linda adrenalina porque querés que salga bien cuando te gusta tanto lo que haces. Más porque ahora como banda todo depende de nosotros para que salga bien en el show. Buscamos estar tranquilos y concentrados, pero también disfrutando, eso es lo que aprendimos con Grillos. Algo te puede salir mal pero al menos estás relajado porque sabes cómo es la canción. Igual siempre está el nervio y la adrenalina, es necesario también.
Cintia: Después de los primeros temas una ya se relaja un poco más y todo fluye.
Turquet prepara sus nuevas fechas confirmadas que serán el sábado 7 de marzo en Peruvian bar y el 4 de abril en Kabalah resto pub.