“Doy fe que los sueños se pueden hacer realidad”

Amante de las motocicletas, Jorge Carlos Polich pudo concretar su primera travesía por la Argentina. Fue a los 67 años, ocasión en la que también pudo conocer la inmensidad del mar. Tras 60 días por las rutas del Sur del país, regresó extasiado, y planifica una segunda parte. Con las fotografías que pudo lograr de esos extraordinarios paisajes y algunos escritos que efectuaba al llegar a los destinos, está a punto de editar su primer libro.

16/02/2020 13:11

Polich también fue vendedor técnico de Siderco, en su momento, la siderúrgica más grande del país. Luego trabajó en empresas constructoras, en puestos importantes. “Hicimos una infinidad de casas en la época en la que se construía el barrio Itambé Miní, en épocas de mucho trabajo”. Fotos: Miguel Colman

Emocionado, Jorge Carlos Polich (69) revive cada momento que transitó en su Honda Invicta de 150 cc., con la que completó 10.200 kilómetros durante una travesía que concretó por el Sur del país, en 2016. Era un sueño inconcluso durante mucho tiempo que, finalmente, pudo llevar a cabo.

El maestro mayor de obra decidió que después de acogerse a los beneficios de la jubilación y de haber desarrollado otros proyectos personales, era el momento de partir. Y así lo hizo. En soledad, y por un lapso de dos meses, recorrió los más variados paisajes de la Argentina. Y también pudo conocer el mar.

Todo se remonta a una amiga que había nacido en El Bolsón, Río Negro, y que de pequeña vino a vivir a Misiones porque su padre, como el de Polich, eran gendarmes, y cambiaban de destino constantemente.

“Me contaba de lo hermoso que era ese lugar. Y yo siempre me hacía el bocho sobre cómo sería una ruta bajando entre montañas. Pero siempre me imaginaba que viajaba en moto, donde yo observaba desde arriba. Siempre tuve en mente ese paisaje”, explicó.

Pasaron los años, se recibió de maestro mayor de obra, y con el tiempo se dedicó a la docencia, demorando la concreción de este anhelo.

Hasta que “me llegó el momento de la jubilación. Tenía unos ahorros y no sabía en qué invertirlos. Como para comprar un terreno no alcanzaba, me compré una moto, que se puede vender fácilmente en caso que fuera necesario. Decía: ‘un día voy salir a viajar en ella. Y voy a cumplir mi sueño de conocer ese lugar que debe existir aún’. Los preparativos duraron un año. Compré el equipamiento necesario hasta que un día dije: chau, ¡me voy!”.

Le adelantó a su esposa, María Fiorino: “Me voy a pasear, voy a cumplir un sueño que tuve toda la vida. Y salí, solo, solo. En el año previo había trazado una hoja de ruta, investigué los lugares, qué había en ellos, qué rutas iba a transitar, en qué hoteles podía hospedarme, la temperatura que hacía (hay páginas que anticipan con seis meses de antelación). Y a cada rato le pegaba una revisada, cambiaba, corregía”.

Antes de salir, y por sugerencia de su hija Cintia María -también es padre de Noelia Teresita y Mauricio Rene-, publicó en las redes sociales sobre sus ganas de viajar.

Fue por la mañana, pero a raíz de las repercusiones, “se hizo medianoche y yo seguía leyendo y contestando mensajes. Tuve 1.200 visitas de personas de todo tipo, me dejaban su número de teléfono, se ofrecían a acompañarme durante un tramo, era una cosa que me dejó súper contento porque no esperaba esa respuesta de la gente, que ni siquiera me conoce”, celebró, quien se define motoviajero.

Inició la travesía el 14 de septiembre de 2019. Casi sin darse cuenta, llegó hasta Santa Rosa, La Pampa. Tenía el número de un (ahora) amigo que había seleccionado entre los contactos.

“Era con el primero que iba a comunicarme y decía, ¿lo llamo? o ¿no lo llamo? Decidí contactarme desde el hotel y me respondió, ‘ya estoy allá’. Me llevó a la casa, hizo un asado, pasé re bien, y a pesar de mis planes, hizo que me quedara un día más para conocer toda Santa Rosa. Cosas así, me alimentaban el alma. Creía que viajaba solo, pero muchos desconocidos estuvieron pendientes de la travesía”, manifestó.

De La Pampa emprendió el viaje a Santa Teresita, donde conoció el mar. Recordó que transitaba por la avenida y “derecho veía el mar. Me bajé y fui corriendo hasta la orilla. Después me di cuenta que había gente que estaba tomando sol, con 18 grados, ya al final de la temporada. Observaban que llevaba casco y el traje de viajero. Me di vuelta y sentí vergüenza, subí a mi moto y aceleré”. Luego de atravesar Buenos Aires, “tomé la costa, llegué a Bahía Blanca, y empezaba el desierto. Nunca me había interesado en los vientos, pero un amigo de acá me escribe ‘ahora empiezan los vientos’.

Pensé qué querrá decir con eso. Pero el viento era realmente impresionante. En un momento, en pleno desierto (no existe un cerco ni un poste de luz), me detengo pensando en que en algún momento debía pasar. Pero me empezó a arrastrar con moto y todo. Por suerte no paré el motor y seguí a 10, a 15 kilómetros por hora, porque más no respondía aunque acelerara”. Encontró un espacio para guarecerse y se quedó hasta que el fenómeno llegó a su fin. Siguió y pudo acercarse al próximo destino. Después de esa experiencia “me puse más canchero. Me asustó, me sorprendió, porque no estaba preparado. El frío es totalmente distinto al nuestro, es seco. Para protegerme utilicé el equipo que tenía disponible para la lluvia, me puse sobre todo el equipo que ya vestía, lo que amortiguó un poco. Y así fui conociendo”.

La idea de Polich era viajar medio día, llegar a destino y poder recorrer, pasear, conversar con la gente. “Cuando entraba a un negocio, inmediatamente se daban cuenta que no era de la zona. Uno empieza a contar la historia, a escuchar, la gente es muy conversadora. Incluso cuando me detenía en una plaza, en poco tiempo tenía a varios, alrededor, preguntando. Tomaba fotos, conversaba, aprendía”, dijo, y agregó que de la selva iba a la llanura, al campo donde “vi todas las inundaciones que se habían producido en ese momento. De la ruta no se veía el otro extremo, de tanta agua acumulada”.

“En la ruta todos respetan al motoviajero. Me aconsejaban que uno tiene que ir por el centro del carril. En unos pocos casos vi cosas fuera de lugar como en Villa Gesell, donde uno me pasó por la banquina derecha. Me pegué un susto. Fue lo mas grave”.

Cuando llegó a Puerto Pirámides, pagó una excursión y fui a ver a las ballenas. Recorrió el Sur en toda su extensión y llegó hasta Luis Piedrabuena, un poco más allá de Comodoro Rivadavia. Su propósito era ir hasta Río Gallegos y empezar a subir por la Ruta 40. Pero al llegar, otro amigo lo anotició que estaban pronosticados diez días de lluvia para la zona, entonces tomó otro rumbo.

“Empecé a estudiar el mapa, corté camino, y fui del mar hacia las montañas, dejando parte del Sur sin visitar. Primero era desierto, después fui encontrando un pinito, otro, una loma, después las montañas con nieve, impagables. Era tan hermoso ver, que en la foto no decía nada, así que tomé pocas imágenes”. Tampoco tenía una buena máquina, así que optó por llenarse las retinas.

Llevó consigo un teléfono celular al que saturó la memoria de fotografías. Como “nadie sabía cómo limpiarlo en plena ciudad de Trelew, terminé comprando otro aparato y sacando más fotos. Hice Bariloche, los Siete Lagos, era una cosa impresionante de linda”. Finalmente encontró ese lugar soñado. “Iba por una ruta y al bajar, veo todo ese paisaje. Al costado de la ruta crecen unas flores silvestres de distintos colores, como si fueran que armaran jardines, una cosa preciosa, con los bosques al costado, las montañas, la nieve, el paisaje espectacular. Y dije, éste es el lugar. Me detuve y me puse a tomar fotos. Cuando llegué al hotel, me di cuenta que estaban apagadas”. Eran las únicas que no salieron bien de todos los kilómetros recorridos. “Vi el lugar, lo encontré, soy feliz, me dije. Y seguí viaje”. Luego supo que esa maravilla lleva el nombre de Epuyén.

Llegó hasta Zapala, Neuquén, y otro amigo de Mendoza, que seguía el recorrido, le aconsejó que no continuara porque había movimientos sísmicos y representaban peligro. Fue entonces que “di vueltas por la ruta 22, que cruza de lado a lado la Argentina, y regresé por Santa Rosa. No había alternativas porque había puentes rotos, y tuve que volver prácticamente por la misma vía”, acotó.

En las redes sociales, explotaron los comentarios al regreso. “Y me puse a escribir un libro con el diario que redactaba al llegar a un lugar. Le mostré a Miguel Ángel Ferreira, amigo de la escuela Industrial, y me sugirió que avanzara. Ahora estamos en el proceso final”. Cuenta en detalles sobre el lugar al que llegaba y las actividades que hacía durante la jornada”.

Volvió el 14 de noviembre. A las 16 empecé a tocar bocina pero “nadie me esperaba. Se asomaban por la ventana a ver quien era. Ahora tengo que completar el tramo que me falta. El año pasado fui en auto con mi esposa, pero estoy ansioso por hacerlo en moto porque es otra historia. Es otra vivencia, es más distendido”, aseguró este chaqueño de nacimiento, cuyos padres (Carlos y Julia) adoptaron a Misiones para vivir cuando Polich tenía apenas tres meses.

“Este fue mi bautismo de fuego, a los 67 años. Fue una vivencia espectacular. Escuché en oportunidades decir a la gente que los sueños, sueños son, pero yo doy fe que se pueden cumplir”, aseguró el hombre que, al regresar, vendió la moto, que respondió de manera “espectacular”, y compró otra mejor pensando en la nueva travesía. Sostuvo que no le agrada andar en moto por la ciudad y que “en la ruta todos respetan al motoviajero. Me aconsejaban que uno tiene que ir por el centro del carril. En unos pocos casos vi cosas fuera de lugar como en Villa Gesell, donde uno me pasó por la banquina derecha. Me pegué un susto. Fue lo mas grave”.

“Pude comprarme una moto cuando era muy jovencito, tenía 15 o 16 años. Era de dos tiempos. Pero hace más de 50 años, uno solamente se imaginaba las cosas por libros, fotos, y nada más”.