Rosendo

Era una hermosa mañana, el sol comenzaba a desperezarse dejándose ver tímidamente por encima de las araucarias que cercaban orgullosas el patio de la casa de mi abuela...

11/11/2019 17:38

Era una hermosa mañana, el sol comenzaba a desperezarse dejándose ver tímidamente por encima de las araucarias que cercaban orgullosas el patio de la casa de mi abuela.
Todo indicaba que sería una mañana normal, mis hermanas irían a ordeñar las vacas mientras la “oma” (abuela) haría pan en su horno de barro que acompañaríamos con mermelada casera y con la manteca que la tarde anterior ayudé a elaborar (batiendo casi una hora sin parar); luego comenzaríamos a hacer nuestra tarea diaria, mamá llevaría maíz a las gallinas…pero ¡un revuelo nada habitual nos hizo saltar de la cama antes que el sol diera su segundo bostezo! ¡El gallo cantó antes!…Bueno, en realidad no cantó… comenzó, junto a las gallinas, a aletear y cacarear por todo el gallinero.
Salimos corriendo de la casa sin siquiera cambiarnos la ropa de dormir por la de fajina, nos dirigimos presurosos al lugar del cual provenía el bullicio.
-¡Entró una comadreja!- Gritó mamá.
Papá, que fue el primero en acudir, volvió corriendo a la casa a buscar su rifle. En ese instante llegué al gallinero y observé que en medio del revuelo unos ojos me miraban asustados, y no eran precisamente ojos de comadreja, eran los de un chico.
El cual aparentaba ser de mi edad, 12 años al que apenas lograba divisar a través del tejido de alambre que contenía al revuelo de aves. ¡Uh! Papá venía enfurecido con el rifle en las manos.
-No lo va a ver- Pensé- no lo va a…-y de repente un disparo se oye en el ambiente. –Tarde.
-¡Papá! ¡Es un chico!-Grité
Papá soltó el arma, corrió detrás del niño que se escapaba a toda prisa del gallinero, hasta que la raíz del ombú que daba sombra al centro del patio lo hizo tropezar. Con el rostro endurecido mi padre comenzó a interrogarlo mientras a duras penas el muchacho se lograba incorporar.
-¿Por qué robabas mis gallinas?
– ¡Le juro señor que no estaba robando!
-¿Entonces?
-Estaba haciendo agujeros en la parte de debajo de la cáscara de los huevos para poder beber el contenido. Tengo hambre y sed. -La expresión de mi padre se ablandó, hasta lo vi un poco risueño
-Yo también tengo hambre-exclamó papá con expresión más tranquila
-Bueno. Vení adentro gurí y nos contás todo mientras desayunamos.
El muchacho, cabizbajo accedió a seguir a quien con voz de mando encabezaba la ida hacia la cocina de casa, una vez allí nuestro inesperado invitado nos dio su explicación de los hechos.
Nos dijo ser hijo de los chacreros de Don Juan, el dueño de la chacra de enfrente a la escuela, una hermosa parcela de tierra cultivada que era atravesada por un pequeño arroyo. El joven, que se llamaba Rosendo (Nombre que heredó de su padre que a la vez había heredado del suyo) vivía del otro lado del arroyo y días de lluvia debía faltar a clases porque los padres temían que lo arrastre la correntada.
Rosendo soñaba con ser un gran médico, pero últimamente con las lluvias faltaba demasiado y la mochila que le donaron a principio de año la arrastró el agua cuando cruzaba justo en medio de una tormenta. Lo mismo sucedió varias veces con sus cuadernos, se mojaban, o simplemente el arroyo se los arrebataba. Harto de la situación decidió ir a vivir a Oberá y trabajar como cadete para pagarse la comida y donde vivir mientras estudiaba. Ya había caminado 35 km y cuando tuvo sed y entró a escondidas a nuestro gallinero. Le faltaban recorrer otros 70 km aún.
Papá le explicó que no era tan simple, que los niños no podían trabajar, y que no podía dejarlo ir, debía acercarlo de nuevo a su vivienda. Lo llevamos luego de asegurarnos que había desayudado muy bien. Fuimos en camioneta a su chacra y luego de hablar con sus progenitores me despedí diciéndole por debajo que lo ayudaría a solucionar su problema.
Al día siguiente rompí mi chanchito antes de ir a la escuela, tenía casi doscientos pesos, no era mucho dinero, pero era suficiente para colaborar con un boleto de colectivo. Llegué nerviosa a la escuela, ni bien lo vi me acerqué a hablarle y me dijo que igual se iría cuando reuniera plata para viajar, feliz abrí mi mano mientras le obsequié lo que para él en ese momento era la puerta a su futuro.
-No es mucho pero te va a ayudar-le dije mientras lo veía marcharse feliz hacia la paradita de colectivo.
Tenía iluminado el semblante cuando me gritó; -¡gracias!, me recibo y te devuelvo tu plata, ¡es promesa!
Ni bien pasó el colectivo a Oberá por la paradita de la escuela, se subió, pero…. ¡Nuevamente le salió mal la jugada! El conductor le pidió documento y al enterarse que era menor se armó otro revuelo, ésta vez de chofer y maestras que le daban una serie de consejos en tono imperativo mientras el pobre Rosendo se aferraba a un asiento del colectivo. Tuvo que intervenir la directora. Bajó casi a los gritos mi nuevo amigo -¡yo quiero estudiar! ¿No me entienden? Acá no puedo, se inunda y falto, llueve y se mojan mis útiles. ¡Quiero estudiar! ¿Qué hay de malo en eso? La maestra lo llevó al aula mientras intentaba tranquilizarlo y ni bien se sentó se me ocurrió una gran idea, levanté la mano diciendo -¿Y si le hacen una casa nueva, pero de éste lado del arroyo? Ahí podrá venir siempre a la escuela.
Comenzaron a levantarse otros alumnos diciendo: ¡Yo también quiero una! ¡A mí me pasa lo mismo!
Fue increíble la cantidad de historias parecidas a la de mi amigo. Chicos que no venían días de lluvia por miedo al arroyo. Entonces se me ocurrió hacer una casa gigante para todos. Uno de mis compañeros expuso una idea mejor;
-¿Y si mejor hacemos un puente?
La directora nos felicitó por las ideas y mandó notas a todos para reunión de padres, entonces se hizo una gran reunión en la cual invitaron también a Don Juan, a nuestros padres, a nosotros para escuchar nuestras propuestas y también estuvo el intendente.
Entre todos acordaron construir un puente sobre el arroyo. Fue divertido ver como lo construían, los mayores lo hacían. En nuestros ratos libres íbamos a curiosear, y de paso a aprender algo de carpintería. Fue una época muy linda. De éstos acontecimientos hace exactamente seis años, actualmente Rosendo lleva orgullosamente la bandera de Argentina en los actos.
¿Y por qué cuento ésta historia? ¡Porque hoy a Rosendo le avisaron que le aprobaron la solicitud de una beca para estudiar medicina!

 

La autora: Claudia Marcela Vázquez

Nacida en Posadas, Misiones el 20 de noviembre de 1969. Técnico Superior en Aduanas y comercio Exterior.(I.C.A.)