POSADAS. Al ingresar al taller de Hugo Navarro, se pierde noción de que estamos en el 2014. De repente, la sensación es que nos encontramos a mediados del siglo pasado. Es que de un lado hay un Fiat 1500 rojo, impecable. Más adelante un Torino Comahue con detalles únicos, casi como salido de fábrica y a un costado se erige como un monumento un Ford Cobra, impoluto, impecable, la definición misma de la perfección. Todos cuidados hasta en los mínimos detalles, y según su dueño y restaurador, “listos para andar por la calle”.Hugo Navarro tiene 66 años, es jubilado del Banco Provincia y hoy vive 18 de las 24 horas que tiene el día, encerrado en ese mundo de autos de colección, con el olor a pintura y chapa que inunda cada rincón de ese tinglado donde él pasa sus días. En ese universo de tiempos pasados, Hugo recibe a PRIMERA EDICIÓN. No recuerda de quién obtuvo esta pasión por los autos. “Quizás fue de mi mamá, porque ella me contaba que de chica había hecho una bicicleta chiquita de madera. Pero, sólo eso, porque ni mi viejo ni mi hermano. Esta pasión nació conmigo”, asegura. Incluso, tan arraigada la tenía que ya de chico, desarmaba y rearmaba los autitos de juguetes que le regalaban. “Le sacaba las ruedas y con las partes rearmaba otros”. Es, a menor escala, lo que hace hoy, cuando aparece en su taller un auto desarmado, listo para ser ceniza y él lo transforma en uno de colección, con todos los detalles que hacen de este, un auto único. Hugo es maestro de escuela. Ese es el título que ostenta después de haber atravesado la época de estudiante. Pero de joven comenzó a trabajar en el Banco Provincia, y tuvo que irse, en términos que hasta ahora le duelen, después de que fuera privatizado. “El taller me salvó la vida”, indica hoy mientras recuerda lo sucedido en aquellos años.Es que, ni lerdo ni perezoso, allá por el año 1996 compró los terrenos en donde hoy se erige su taller salvador, en inmediaciones de López y Planes y la avenida 115. “Digamos que soy un poco visionario, cuando se pusieron en venta estos terrenos, era todo campo, y yo los compré y construí un galponcito”. Es que el amante de los autos, por aquella época era corredor de rally, y necesitaba un lugar donde hacer de su auto la máquina que desempolvara los circuitos en esas carreras domingueras. “Después, más adelante, e intuyendo lo que se venía con la privatización del banco, cambié mi Chevrolet Corsa, armado para correr, por el tinglado”, el mismo que hoy cubre la historia que tienen los autos.En aquella época recibió la inconmensurable ayuda de estudiantes jóvenes que se acercaron todas las tardes después de la escuela a armar el taller. “En esa época, a los chicos les interesaban los autos, la mecánica, toda la actividad. Si alumnos de mi hermano ingeniero y profesor del Janssen, salían de la escuela y se venían para acá, ayudaban con los autos y fabricamos una mezcladora e hicimos todo el piso de hormigón y después aprendimos a hacer paredes. Venían después de la escuela y trabajábamos hasta las once de la noche. Nunca les voy a terminar de agradecer a esos chicos. Hoy son todos ingenieros que lamentablemente no vienen más, pero no les acuso de nada porque la vida va evolucionando y cada uno tomó su rumbo. Igual mi agradecimiento es para siempre”, cuenta.Sus inicios en la mecánica“Recuerdo como si fuese ayer mi primer emprendimiento. Yo trabajaba porque mi familia era de clase media, no podía comprarme autopartes ni nada que se le parezca. Entonces me acerqué hasta un mecánico, cerca de mi casa, que tenía varias motos tiradas. Habrá sido por los años 70. Él no me quiso dar el motor completo de una entonces me dio todas las piezas que tenía en una bolsa. Conseguí que me regalen un cuadro por un lado, las ruedas por otro y armé una moto. Así comencé”, dice. Si bien a la par trabajaba en el Banco, “la mecánica siempre fue mi hobbie”, asegura. “Intenté comenzar con un taller general para hacer todo tipo de cosas: chapa, electricidad, mecánica, todo. Pero es muy difícil”. Así fue que se decidió a hacer eso que más le gustaba, como cuando era chico con los autitos de juguetes: la restauración.Sus autos, sus amoresCuando la charla toma la dirección de los autos, el primero que muestra, porque lo considera su auto insignia, es un Torino Comahue azul. Está impecable, “fue el Mercedes Benz de los argentinos. Lo encontré muy abandonado en San Pedro cuando fuimos a llevar cosas para la gente que sufrió el tornado. Me lo traje y lo armé. Es más, hice hasta las insignias, porque sólo tenía una y el auto original lleva cuatro. Me prestaron una cortadora e hice con mucha paciencia cada una de las letras que lleva”. Ahora cada una luce en el lugar que corresponde. Se da vuelta y se topa con el Fiat 1500 rojo, uno de sus preferidos. La historia con este auto es bastante particular. “Yo andaba en su búsqueda porque era el auto de mis sueños. Un amigo me avisó que estaba en Iguazú y tenía todos los papeles. Lo que no me dijo es que estaba tan podrido, incluso había crecido un árbol dentro del baúl, en el lugar donde debería haber estado el tanque de nafta. Tuvieron que tumbarlo para sacar el auto, estaba carcomido por el óxido y hasta el volante de madera estaba podrido. Me lo vendieron en mil pesos en el 2005, un precio alto para este auto, pero no conseguía otro”. Hoy luce un reluciente rojo con piezas nuevas, exquisito. “Esta a mi nombre, por ahora no lo voy a vender pese a que tengo muchas ofertas”, asegura para lamento de coleccionistas.Detrás de él, el magistral Ford Cobra. “De este sólo se fabricaron 1500, en Estados Unidos. El valor es de tres millones de dólares. Obviamente el que tengo es una réplica total, como los que hay en todo el mundo, pero lo hacen de fibra de vidrio y yo lo hice de chapa”. Asegura que por él lo han llamado desde Venezuela y hasta de México, algunos ansiosos compradores que lo vieron en Internet después de que su amigo lo subiera a Facebook. ¿Cómo llegó a sus manos? También es otra historia peculiar. “Es un auto muy deseado y yo sabía que nunca lo iba a poder comprar. Entonces, encontré un Ford Sierra destruido, chocado, tumbado acá en Posadas, y lo compré al seguro con todos los papeles. Tiré a la basura todo lo que no servía, busqué las medidas del Cobra y armé con hierro la forma. Le pedí chapas de autos chocados a chapistas y los fui
colocando, a lo mejor puse una puerta donde está el capot. Para armarlo yo tenía los planos laterales del auto y usaba un juguete como escala”. Se acerca hasta un estante de donde saca un Ford Cobra en miniatura. “Yo sabía la medida real y al juguete lo usaba como escala: 25 cm era uno en 10 y después medía los sectores donde no tenía la medida y sabía que era uno en diez. Este auto es un juguete, pero tengo otro en mi casa que es de colección y es uno en 24 exacto, donde me daba un milímetro, era 24 milímetros en la realidad, era todo un cálculo”, comenta. Ahora, el auto estacionado detrás suyo es una réplica exacta del que tiene en sus manos. “La ventaja de la chapa del auto es que está tratada para que no se oxide, se mantendrá más”, asegura.Después tiene un Torino, todavía sin terminar. Por ahora duerme debajo de una lona. “El dueño de este auto es amigo de mi hermano, y me pidió que lo arregle. Era un 0 kilómetro, el dueño me trajo hasta la factura original de compra del año 1981. Le costó 32 millones de pesos. Al morir el dueño, le quedó como herencia a un hijo que lo dejó guardado en un galpón como doce años. Se degradó mucho por estar parado, estaba verde de humedad. Ahora lo queremos recuperar”, dice.Su “Everest”Un día sonó su teléfono. Era un ingeniero chaqueño, amigo de su hermano. La señora del ingeniero en cuestión había heredado un Ford V8 del año 1936 y necesitaba que alguien lo restaure. Se enteró de que Navarro lo hacía y lo llamó para pedirle un presupuesto. “’No hay presupuesto posible’, le dije. Estaríamos hablando de un precio exorbitante. Porque es el doble de trabajo que armar un auto nuevo. Restaurarlo es más complicado”. Pero pese a la imposibilidad de dar un precio, le tiró una cifra “calcula entre diez mil y veinte mil dólares”. Pese a ese precio, Hugo va a cobrarle sólo treinta mil pesos, “regalado, porque el auto va a estar siete meses en el taller y tampoco puedo cobrarle más porque el mecánico que va a hacer el motor le va a cobrar siete mil pesos, y el chapista para tachar las partes podridas, va a cobrar 20 mil. Cuando haga cálculos va a gastar 150 mil pesos, que son diez mil dólares”, indica. “Él lo quiere sacar de acá andando, me preguntó si se va a poder ir hasta Buenos Aires con el auto. Le respondí que no, que tiene que ir hasta Ushuaia. Tiene que ir hasta donde se le ocurra”. Hoy el V8 todavía tiene muchos restos del paso del tiempo y de lo que hace el óxido en la chapa. En siete meses, debería estar andando por la costanera. Un hombre de familiaHugo está casi todo el día encerrado en su taller. Algo posible porque su familia lo apoya. “Este es mi mundo. Por suerte tengo una familia maravillosa que no me hace problema. Suelo volver cerca de las 23 todos los días y no me dicen nada. Llamo para decirles que estoy bien y que me dejen algo para cenar y todo bien”, cuenta visiblemente emocionado. Tiene una hija que, según él, heredó sus gustos, “de alguna manera, porque es Licenciada en Diseño de Indumentaria y hoy estudiante de Abogacía”, asegura. Prende un cigarrillo y pone el atado con los que le quedan debajo del sillón rojo donde está sentado dentro del taller, su lugar en el mundo. Este espacio que él afirma: “me salvó la vida”.





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