Hay partículas que atraviesan la Tierra, nuestros cuerpos y prácticamente cualquier objeto sin que lo advirtamos. No tienen carga eléctrica, poseen una masa extremadamente pequeña y rara vez interactúan con la materia. Precisamente por eso, detectarlas fue durante décadas uno de los grandes desafíos de la física. Son los neutrinos, conocidos también como “partículas fantasma”, y encontrar aquellos que llegan desde algunos de los lugares más violentos y energéticos del universo terminó llevando al físico belga Francis Halzen al Premio Nobel de Física 2026.
La Real Academia Sueca de Ciencias distinguió al investigador por sus “contribuciones decisivas” al Observatorio de Neutrinos IceCube y por el descubrimiento de neutrinos de alta energía de origen astrofísico.
Pero detrás del premio existe una historia que comenzó mucho antes: la idea de utilizar una enorme porción del hielo profundo de la Antártida como instrumento para observar partículas prácticamente imposibles de capturar.
Un telescopio enterrado en el hielo
Los telescopios tradicionales reciben luz. IceCube persigue algo completamente diferente. Halzen comprendió que el hielo transparente y profundo del Polo Sur podía utilizarse como medio para detectar las escasas ocasiones en las que un neutrino interactúa con la materia.
El proyecto terminó convirtiendo aproximadamente un kilómetro cúbico de hielo antártico en un detector, equipado con miles de sensores instalados a grandes profundidades.
La construcción comenzó en 2004 en la estación Amundsen-Scott del Polo Sur y el observatorio inició sus operaciones en 2011.
El principio de funcionamiento aprovecha precisamente aquello que vuelve tan difíciles de estudiar a los neutrinos: casi nunca chocan con nada. Pueden atravesar enormes cantidades de materia sin dejar rastro, pero excepcionalmente uno interactúa con un núcleo atómico.
Cuando eso ocurre, las partículas producidas por la interacción generan una tenue luz en el hielo. Los sensores de IceCube pueden registrar ese destello y los investigadores reconstruyen a partir de él información sobre el neutrino que lo produjo.
Mensajeros de lugares que no podemos ver de otra manera
La importancia del descubrimiento no radica solamente en haber conseguido detectar partículas extraordinariamente esquivas. Los neutrinos pueden viajar enormes distancias prácticamente sin ser alterados durante el recorrido. Eso los convierte en mensajeros capaces de transportar información desde regiones extremas del universo.
En 2013, IceCube anunció la detección de neutrinos con energías nunca antes observadas y aportó la primera evidencia de que partículas de ese tipo llegaban regularmente a la Tierra desde fuentes de alta energía situadas fuera del Sistema Solar.
Años después, el observatorio consiguió avanzar sobre una pregunta todavía más difícil: de dónde venían.
En 2018 se obtuvo evidencia que vinculó neutrinos de alta energía con una galaxia activa alimentada por un agujero negro supermasivo. Y en 2023 IceCube consiguió algo que habría resultado difícil de imaginar cuando comenzó el proyecto: construyó la primera imagen de la Vía Láctea realizada utilizando neutrinos en lugar de luz.
Ese cambio es el que explica buena parte de la trascendencia del trabajo reconocido ahora por el Nobel.
Durante siglos, la humanidad observó el cosmos fundamentalmente mediante la luz visible. Con el desarrollo tecnológico aparecieron después la radioastronomía, los rayos X, los infrarrojos y otras regiones del espectro electromagnético. Más recientemente se incorporaron las ondas gravitacionales.
Los neutrinos agregaron otro mensajero. Ya no se trata solamente de mirar el universo: también es posible rastrear las partículas que produce.
Una idea que necesitó décadas
IceCube tampoco fue obra de un solo investigador. Halzen impulsó el concepto y tuvo un papel central en su desarrollo, pero el proyecto terminó convirtiéndose en una colaboración científica internacional que actualmente reúne a alrededor de 450 investigadores de 58 instituciones distribuidas en 14 países.
La apuesta original era arriesgada. Había que demostrar que el hielo antártico podía convertirse en un detector suficientemente preciso y después desplegar miles de sensores a profundidades superiores a los dos kilómetros en uno de los ambientes más extremos del planeta.
El resultado terminó inaugurando lo que hoy se conoce como astronomía de neutrinos de alta energía.
Actualmente, IceCube estudia el origen de esas partículas, los rayos cósmicos y las propiedades de los propios neutrinos, además de buscar señales de fenómenos que podrían ir más allá de las explicaciones actuales de la física.
Y el instrumento sigue creciendo. Durante 2025 y 2026 se instaló una actualización destinada a mejorar su calibración y permitir reconstrucciones más precisas de la dirección desde la cual llegan las partículas.
También se proyecta IceCube-Gen2, una futura ampliación que multiplicaría varias veces el volumen de observación.
A sus 82 años, Halzen recibió así el Nobel por una idea que parecía improbable: para observar mejor algunos de los fenómenos más lejanos y violentos del universo había que dejar de mirar hacia arriba y enterrar miles de sensores bajo el hielo de la Antártida.
Fuente: Agencia de Noticias NA






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