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El miedo, motor del estrés

Voy a empezar con una confesión: ¡Siempre tuve miedo! El miedo me ha acompañado durante toda mi vida. Incluso cuando he creído no tener miedo. Y la pregunta que propongo que nos hagamos hoy es… ¿eso está bien o está mal?

9 mayo, 2024

Por: Saxa Stefani (*)

(@saxastefani Psicólogo, investigador, docente y mentor. Director de ceideps.org mentoringacademy.pro)

 

El miedo, no solo es -como nos han enseñado- algo que aprisiona o que hiere, sino también, el miedo es aquello que nos lanza, nos propulsa y activa. Entonces, el miedo, al igual que el mecanismo del estrés, tiene algo positivo. De hecho, en alguna medida, ¡nos salva la vida!

Déjenme mostrarles donde se ubica el miedo en mi Teoría Dinámica de las Emociones. El miedo es la respuesta a la tristeza, y la tristeza empieza con el dolor propio de la vida, de estar en el mundo… el miedo, es entonces una forma inteligente de armarnos defensivamente ante el acecho de que algo nos duela (o mejor dicho… que vuelva a doler).

Con el tiempo y la clínica comprendí el profundo mecanismo del miedo, que te lleva desde sus entrañas dolorosas hacia la evitación, de allí a la distorsión y entonces -a menos que hagamos algo- empezamos de nuevo el círculo, pero desde un lugar siempre peor que el anterior.

Dando terapia encontré una nueva forma de comprenderlo… fue a través de una frase que dejé escrita por ahí, y que hoy les comparto:

“El miedo es un monstruo voraz que se alimenta del polvo que levantan mis pies al correr de él”, o dicho más claramente, se crece si le das la espalda. El tamaño de tu miedo es el mismo que el de tu ignorancia o de tu cobardía.

Y es mejor temerle a ignorarlo, porque de lo contrario no es la mente la que paga los platos rotos, sino el cuerpo, y ahí la palabra lo suele tener bastante más complicado.

No hay, ni hubo, ni habrá, instrumento psicológico para quitar el miedo: el miedo, simplemente vive allí, instalado en el profundo inconsciente. La única forma de trabajarlo es confrontarlo, experimentarlo, vivirlo. Haciendo justo lo contrario de lo que nuestra mente emocional pretende hacer con él: atacarlo, suprimirlo o huir. (fight or flight… or paralyze it!).

En el mecanismo del estrés, que va desde el estrés -el buen estrés- al distrés -el mal estrés-, el miedo es inevitable… ¿por qué?

Porque el miedo es una defensa: nos mantiene vivos ante el peligro. Por eso el título del artículo dice: el miedo, motor del estrés.

El estrés es nuestra parte animal. Utilizando la idea del cerebro triúnico de Paul McLean, podríamos decir que no solo tenemos el cerebro reptiliano, primario automático, sino uno límbico, emocional (compartido con los mamíferos, los que maman) preocupado por mantener un difícil equilibrio entre sentirnos bien o no, a la vez que subsistimos; y además, en el humano ésto debe integrarse en el “tercer cerebro”, el cerebro del neocórtex, que se encarga de decidir racional e intelectualmente y comunicar con el lenguaje.

A la respuesta humana del ataque-huida (fight or flight) a la que hay que sumarle el quedarse paralizado (muy propia de los ataques de ansiedad o pánico), o directamente apagar el sistema, como en el desvanecimiento o el desmayo.

Pero en el humano todo es aún más complicado, porque las respuestas de miedo son siempre emocionales, es decir afectivas.

Eso quiere decir que estas respuestas se asientan en el vínculo con el otro y cuando son suficientemente intensas, son profundamente recordadas en ese otro gran concepto de la psicología que llamamos trauma psicológico o -como preferimos decirle nosotros, trauma psicoemocional. Se juega aquí lo que en neuropsicología se suele referir como el “cuarteto de la felicidad”… la cascada química de los neurotransmisores oxitocina, noradrenalina, serotonina y dopamina, ya sea porque están presentes o porque representa un déficit.

Si les parece, analicemos juntos como funciona el estrés y cómo se relaciona con el miedo.Para decirlo en una frase: el miedo es la consecuencia de vivir, pues por el solo hecho de que existimos, la vida nos lastima.

Entonces, volvemos al principio: ¿está bien o está mal tener miedo? Al final, no se trata de no tener miedo. El miedo es un compañero de viaje.

Yo siempre tuve miedo y reconocer eso me permite aceptar mi contradicción, mis apegos y el deseo de no perder mi tranquilidad, mi estatus, mi pertenencia, mi lugar, mi seguridad, mi reconocimiento… En definitiva, el miedo se activa por el deseo de no perder el amor, el cuidado y la atención del otro.

El problema es dejar de reconocerlo, suprimirlo o reemplazarlo con su fiel compañera: la ira (en todas sus variantes, la rabia, la furia o la violencia).

Si hay poco miedo, no puede haber movimiento, porque no hay motor para el estrés. El estrés -en dosis tolerables y funcionales- permite y facilita la comunicación y el aprendizaje. Si en cambio hay demasiado miedo, nos puede paralizar: el motor se ahoga por exceso de intensidad.

El miedo es inherente al estrés, no puede existir sin él, y viceversa. Así que ante el miedo, el primer paso es aceptar que lo tenemos. Si lo notamos, si lo vemos por el rabillo del ojo, la propuesta psicológica es adelantarnos a él e ir a su encuentro.

En ese instante en que te giramos hacia él, dejamos de darle la espalda y lo miramos a los ojos. Sucede entonces algo inmediato: el miedo deja de alimentarse de nuestra huida, de nuestra evitación, y ante esa mirada, se achica, va perdiendo sus anteriores fauces y su temida mirada encendida.

Así, al miedo humanizado y despojado de su característica siniestra, ya minimizado, podemos tomarle -amorosamente- la mano. En vez de perseguirnos, ese miedo pasa a acompañarnos, pero sabiendo que cada vez que nos pierda el rastro en el camino y quiera volver a amenazarnos con su sombra, ya sabremos que solo habremos de voltear y ofrecerle parte de nuestro espacio vital.

El miedo es una sombra a nuestras espaldas que se alimenta del polvo que generamos al alejarnos de él. Cuanto más lo ignores, cuanto más le des la espalda y camines sin atenderlo, comerá del polvo de tu huella agrandándose, mucho más cuando oses correr de él.

El miedo es fuerza potencial, es alerta que anticipa una consecuencia indeseada, molesta, incómoda, dolorosa. Pero nos impele a hacer algo frente a él. El miedo, en todo caso -y respondemos a la pregunta del principio- siempre está bien. No es tener miedo lo que debe preocuparnos, sino lo que hacemos frente a él.

En realidad, no hay miedo del que huir, sino miedo al que encontrar. El miedo funciona como un cuco necesario.

Su arquetipo, al contrario de la tristeza, a la que yo denomino “la gran muerte” cobra mil formas, porque justamente, el miedo surge para defenderse de ella. Ése, y no otro, es todo su sentido. Las emociones tienen un sustrato evolutivo fundamental.

Existe la idea de un cerebro triúnico desarrollada en los años sesenta por el neurocientífico Paul McLean (The Triune Brain in Evolution, 1990) de que el humano como especie animal, ha evolucionado desde un cerebro reptiliano (especies no mamíferas), pasando a un cerebro límbico (propio de los mamíferos) y finalmente el desarrollo de un neocórtex (fenómeno exclusivamente humano).

Desde esta perspectiva -algo errónea según mis investigaciones- la evolución humana se desarrolla manteniendo las funciones más primitivas de los cerebros anteriores. Es como si en la mente humana habitaran tres lógicas diferenciadas: el complejo reptiliano, asociado a las funciones de supervivencia; el complejo límbico, asociado a las emociones; y el complejo de la corteza cerebral, asociado a las funciones superiores conscientes y el pensamiento racional.

Si bien el funcionamiento de un cerebro triúnico puede ser útil como modelo para la reflexión acerca de las diferentes respuestas humanas, es una simplificación muy grosera de las complejísimas tramas neurológicas que hoy podemos estudiar (e incluso observar) en la interacción de las diferentes áreas y funciones de nuestro cerebro.

Y sin embargo, hay una lógica “sumatoria” en la evolución humana, demostrada también en la psicología genética (genética como origen) inaugurada por Jean Piaget. Él observó que las capacidades madurativas y las funciones superiores en los humanos se adquieren gradualmente en los primeros años de vida e incluso hasta etapas más tardías (estadío sensoriomotor hasta los 2 años, el preoperatorio hasta los 7, el operativo hasta los 11 y el abstracto o de operaciones formales desde los 11 en adelante). En cada una de estas etapas (y no antes, esto es lo importante) hay un salto cognitivo. Quien tiene hijos o ha compartido mucho tiempo con bebés y niños conoce empíricamente esto.

Por ejemplo, en la técnica de las tres montañas, una técnica empleada para establecer la capacidad de ver los diferentes puntos de vista de otras personas, los niños de la etapa preoperatoria -entre 2 y 7 años- no pueden desarrollarla con éxito, ya que aún no son capaces de manipular mentalmente la información para tomar la perspectiva visual de otras personas, es decir poseen egocentrismo, que es la incapacidad para descentrar su percepción.

Todos los niños de 8 años, sin embargo, pueden descentrarse con éxito y superan la prueba. Es decir, hay punto umbral para el desarrollo de ciertas capacidades. El cerebro se encuentra maduro, podemos decir, para hacer operaciones más abstractas y poder resituarse recién en ese momento y no antes, en el lugar del otro.

Las reacciones emocionales -campo en el que vengo investigando desde hace ya unos cuantos años- parecen generarse con cierta independencia de la respuesta consciente. Tienen la característica de ser fugaces y bastante automatizadas, y tienen una relación directa con los sistemas nerviosos (especialmente el autónomo) y el sistema endócrino, es decir de liberación de hormonas que facilitan la comunicación (y el bloqueo) de ciertas respuestas psicosomáticas, físicas y comportamentales.

Reaccionamos emocionalmente muy rápido, incluso antes de percatarnos conscientemente de lo que está sucediendo. La respuesta emocional -entre ellas, el miedo- está presente en la reacción de ataque o huida (fight or flight).

Esta respuesta permite ponernos a salvo, activar el sistema simpático para aumentar la frecuencia cardíaca a través de neurotransmisores como la adrenalina e inundar los vasos sanguíneos de los miembros inferiores y superiores para producir la respuesta motora de ataque o huida, La respuesta de estrés, en este sentido, es también inherente al miedo: toda respuesta de estrés involucra miedo, y viceversa.

El estrés es el grado de alerta, de esfuerzo, que permite que reaccionemos para mantener un estado aceptable de satisfacción.

En nuestra teoría de las emociones, el miedo es la segunda emoción básica, aparece inmediatamente después de la experiencia traumática del displacer que nosotros nomenclamos como tristeza: significa la pérdida de un estado satisfactorio anterior.

Esto está muy relacionado con el pensamiento mágico, que funciona como un mecanismo de defensa psicológico para protegernos -de nuevo- ante la amenaza de desaparición del objeto que nutre (el pecho materno) pero que además, abraza, calienta y calma.

Sabemos, o más bien, percibimos -porque a esa edad solo hay un protopsiquismo- antes que cualquier otra cosa, que el displacer se repite. El miedo aparece, primero, ante la retirada efectiva del objeto nutricio (el pecho materno); y, luego, a lo largo de nuestra vida, cada vez que algo satisfactorio amenaza con ser retirado de nuestro alcance.

¡Esta es la gracia y la desgracia del vivir!

¡Siempre la falta acechando en nuestra realidad! Y por ello mismo, la fantasía apareciendo desde los primeros momentos: siendo bebés nos llevamos el dedo a la boca para chupetear y fantaseamos -masturbatoriamente- que nos estamos alimentando.

Pero hay problema en esta confrontación entre fantasía y realidad: del dedo no sale leche. Calma, pero menos. Atenúa pero no reemplaza.

Conformarse entonces con la fantasía puede constituir un acto de inmadurez, de no aceptación de lo real, de elegir la comodidad -activada en el miedo- frente al esfuerzo que pueda hacer variar nuestra materialidad, nuestra dolorosa realidad.

Pero eso ya es materia para otro artículo…

 

(*) Extracto de la ponencia: «El miedo, motor del estrés.», dictado en el Ciclo de Encuentros Educativos 2024 de la Red Global de Mentores, bajo la coordinación de Ernesto Beibe (presidente de la RGM en ejercicio).

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Tags: EnfoqueestrésMiedoPsicologíaTristeza
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