POSADAS. ¿Cuántas formas de reírse puede haber? Risa sin sonido, risa con fuegos artificiales, “risa Balboa”, es decir con la melodía de la mítica película del boxeador Rocky, risa hawaiana. En el catálogo que creó Emiliano Saavedra (11) hay más de 200 risas. Y sigue inventando nuevas. Este juego interpretado por él mismo cobra muchísimo más valor si se toma en cuenta que comenzó a crearlo a los seis años durante su tratamiento contra el cáncer.A este pequeño nacido en Resistencia le diagnosticaron leucemia linfoblástica aguda (LLA) en 2008. Tenía sólo seis años y tres meses.Casi sin pensarlo, su madre Ana Liz Godoy, comenzó a registrar con una filmadora los distintos momentos que fueron viviendo en la lucha contra la enfermedad en los hospitales Juan Pablo II de Corrientes y Avelino Castelán de Resistencia (Chaco). Desde 2011, el niño ya no requiere medicamentos y actualmente va a controles dos veces al año. Su historia fue transformada en “La historia del niño que ríe” (2012), un cortometraje de diez minutos donde Emiliano cuenta en primera persona lo que él y su familia sintieron durante el tratamiento de quimio y radioterapia. Sus ingeniosas risas, su peluca de rulos roja y canciones infantiles traman el relato y le dan un clima de mucha alegría a pesar de tanta tristeza.El corto, premiado en festivales internacionales y ganador del premio del público y del Jurado en el certámen NEA del Festival Oberá en Cortos (FOC) 2013, fue presentado en el auditorio del Hospital Pediátrico, en el marco de una nueva edición del FOC que comienza hoy en Oberá (más información en páginas 12 y 13).Asistieron a la presentación niños y personal del sector hematooncología que dirige Sandra Borchichi, referente en Misiones en estas afecciones. También participaron voluntarios de la asociación civil Creación que ayuda a niños oncológicos en La Casita, ubicada a pocas cuadras del Pediátrico.Al culminar la emotiva exhibición, Borchichi junto a la directora del Hospital Norma Benítez, entregaron a Emiliano un certificado a “Mejor actor” y una remera del hospital Pediátrico. El niño lleno de energía con una sonrisa conmovedora escribió una carta dedicada “a todos los niños que están pasando por lo mismo que pasé”. Un pequeño maestro“Que los padres ayuden a su hijo, que ellos sonrían y coman porque sino no van a poder pasar la enfermedad”, sintetiza Emiliano en el filme. Su madre lo apodó “rulo chulo, porque dice que mis rulos son lindos”, explica el pequeño.“Estoy acá en el hospital, por mi cáncer. Me sacan sangre, me revisan, me pesan, me dan remedios”, explica el pequeño. “Con la quimioterapia se me cayó todo el pelo y después me volvió a crecer, con la radioterapia se me cayó de nuevo, y mi mamá tenía miedo que no me crecieran más mis rulos”, agregó.Como una especie de conjuro, aparece con una peluca de rulos rojos. Es la peluca de su payamédico, personaje que Emiliano completa con un par de gafas de cotillón, de esas que vienen con una nariz de plástico incorporados. “Los payamédicos aparecieron de repente en el hospital y me hicieron reír mucho”, señala el niño. “Entonces pensé que yo también podía hacer mi propio payaso. Cuando me disfrazo de payaso, ahuyento a la enfermedad y a la muerte”, agrega. Las ganas de vivirAna Liz es profesora de Letras. Y sin querer, se convirtió en realizadora audiovisual, con ayuda de Ana Ynsaurralde, que se ocupó del montaje del corto. “Esta experiencia nos convirtió a toda la familia en difusores de la existencia del cáncer infantil, contar con alegría situaciones muy dolorosas que no sabíamos que existían hasta que nos ocurrió”, dijo al presentar la película. “El cáncer es un problema social que no se acaba en el niño. Todos podemos hacer algo para mejorar la situación”, agregó. En Argentina, cuatro familias por día reciben la noticia de que su hijo tiene cáncer, señalan en el corto. “Y eso afecta a todos en el hogar, incluso a las mascotas”, explicó Ana Liz. Para retratarlo, en una imagen aparecen ella, su pareja, Emiliano y su hermano Luciano (13) con barbijos. En otra, están los niños con su perro y gato también con barbijo.Una terapia intensiva de juegos“Pasamos muchas internaciones largas que eran momentos de juego, le leía cuentos, él dibujaba. Emiliano nos llevó a eso de querer jugar todo el tiempo”, explicó su madre en diálogo con PRIMERA EDICIÓN.“La quimioterapia es muy invasiva y en un momento en que no podía moverse casi porque estaba todo lleno de sueros, hemos jugado a la escondida ahí, tapándose con una sola mano con la sábana, casi sin movernos. El nivel de la imaginación a la que un chico te puede llevar es increíble”, enfatizó.A modo de reflexión, destacó que “un niño te hace volver a jugar, a cantar, a bailar. Y creo que uno como padre tendría que ser más consciente de eso sin que tenga que pasar una situación límite que te enfrente a la muerte cara a cara”.





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