Hay un peligro sutil y recurrente en el ejercicio del poder contemporáneo: confundir la retórica de trinchera con el rigor analítico, o peor aún, optar por la coartada de la literalidad para disimular la incomodidad de la realidad. El presidente Javier Milei lo hizo de nuevo.
En su paso por la Argentina Oil & Gas Expo Patagonia 2026, frente a un auditorio corporativo que destilaba optimismo energético, el mandatario decidió dinamitar una de las expresiones más arraigadas del diccionario popular argentino: “No llego a fin de mes”.
Con la irregularidad conceptual que lo caracteriza y una generosa dosis de insultos de tono barrial, el jefe de Estado descalificó el diagnóstico y chicaneó a la platea: “Si se quedan sin plata verdaderamente el 20, ¿cómo viven diez días sin comer ni beber?”. La frase, según su óptica presidencial, es una “pelotudez del tamaño de una casa” impulsada por el kirchnerismo y replicada por operadores mediáticos.
Aquí es donde el análisis muerde el anzuelo de la ironía barata y se estrella contra el sentido común. Porque si vamos a ponernos estrictamente literales -ejercicio en el que esta administración parece hallar un refugio tan cómodo como cínico-, deberíamos empezar por recordarle al Presidente que ningún periodista económico se está ahogando literalmente “en un vaso de agua”, ni los argentinos tienen el corazón “partido”, ni nadie compra cosas que cuestan “un ojo de la cara”. La metáfora existe justamente para nombrar lo que los números fríos de la macroeconomía prefieren ignorar: el dolor sordo de la supervivencia cotidiana.
Es importante no pasarlo por alto: la ocurrencia presidencial no es solo un capricho semántico, es un claro atajo para eludir el estado de las cosas.
Cuando la política decide ignorar la metáfora del sufrimiento bajo el pretexto de que nadie se muere de golpe frente a una heladera vacía, lo único que sigue muriendo es la credibilidad del relato.







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