Por primera vez en la historia económica del país, un hito cultural y alimentario se consumó: la carne aviar superó a la vacuna en el balance anual de consumo por habitante. Según el último informe del IERAL, entre agosto de 2025 y julio de 2026, los argentinos consumieron 47 kilos de pollo frente a 46,7 kilos de carne vacuna. Aunque el margen es estrecho, su simbolismo es monumental para un país donde el asado y la carne bovina fueron históricamente símbolos de identidad nacional.
Este cambio no representa una anomalía coyuntural, sino la culminación de un cambio estructural largamente anunciado. Años de crisis económica implacable y erosión del poder adquisitivo rediseñaron la dieta de los hogares.
La dieta nacional no cambió por una elección gourmet, sino por la asfixia de una crisis prolongada que pulverizó el poder de compra. Con una brecha de precios implacable -donde un kilo de carne vacuna equivale a 3,6 kilos de pollo entero-, la economía familiar dictó una sentencia inapelable: el asado dejó de ser un derecho cotidiano para convertirse en un lujo inalcanzable.
Si bien la industria avícola demostró eficiencia y madurez para consolidarse, no nos engañemos: el auge del pollo no es una victoria de la abundancia, sino el monumento silencioso al ajuste.
La gran pregunta que nos deja este cambio de era trasciende la cocina. Cuando la supervivencia económica obliga a resignar los consumos históricos más arraigados, el plato de cada día deja de ser una elección cultural para transformarse en el termómetro más cruel de la decadencia. El pollo hoy preside la mesa argentina, no por conquista, sino por destitución.






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