Claudia Olefnik
Artista plástica
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Entramos a una muestra, caminamos unos pasos, nos detenemos frente a una obra y casi automáticamente aparece el veredicto: “me gusta” o “no me gusta”.
Lo hacemos todo el tiempo. Frente a una pintura, una escultura, una instalación. Incluso frente a una canción, una película o un edificio. Pareciera que necesitáramos decidir rápidamente de qué lado colocar aquello que estamos mirando, pero quizás, frente al arte, exista una pregunta mucho más interesante.
¿Qué me pasa cuando lo miro?
Durante mucho tiempo la belleza ocupó un lugar central en el arte. La armonía, la proporción, el dominio técnico y la capacidad de representar el mundo fueron valores fundamentales. Pero la historia fue ampliando esos límites y los artistas comenzaron también a buscar otras cosas: conmover, cuestionar, denunciar, incomodar, provocar, romper convenciones o simplemente hacernos mirar aquello que normalmente pasamos por alto.
Entonces ocurrió algo maravilloso y, al mismo tiempo, desconcertante: una obra dejó de necesitar ser bella para poder ser significativa.
Y tal vez allí comenzó también uno de los grandes desencuentros entre el arte contemporáneo y parte del público.
“Eso lo hace cualquiera”. “Yo no pondría eso en mi casa”. “No entiendo qué quiso hacer”. “Eso no me gusta”.
Son frases que aparecen frecuentemente frente a determinadas obras. Y no tienen nada de malo. El gusto es personal. Nadie debería sentirse obligado a admirar una obra simplemente porque está dentro de un museo o porque alguien decidió llamarla arte.
Pero el problema aparece cuando creemos que no gustarnos significa que la obra ya no tiene nada más para decirnos.
Porque una obra puede parecernos desagradable y, sin embargo, resultar fascinante. Puede inquietarnos. Puede hacernos enojar. Puede despertar un recuerdo. Puede obligarnos a formular una pregunta que jamás nos habíamos hecho. Incluso puede parecernos absurda y conseguir que pasemos varios minutos intentando comprender por qué alguien decidió crearla.
Y entonces, aunque no nos guste, algo ocurrió. Quizás por eso visitar una exposición también requiere cierta disponibilidad. No necesariamente conocimientos de historia del arte ni un vocabulario especializado. Algo mucho más sencillo: tiempo y curiosidad.
Detenerse. Mirar un poco más. Acercarse y alejarse. Leer el título.
Preguntarse qué materiales utilizó el artista. Qué estaba sucediendo cuando creó esa obra. Por qué eligió ese tamaño, ese color, ese objeto o incluso ese vacío. No para encontrar obligatoriamente una explicación, sino para permitir que aparezcan preguntas.
Vivimos en una época acostumbrada a decidir con enorme rapidez. Una imagen aparece en una pantalla y en segundos sabemos si continuamos mirándola o deslizamos el dedo. Nos gusta o no nos gusta. Seguimos o descartamos.
El arte propone otro tiempo. Frente a una obra podemos permitirnos no saber inmediatamente qué pensamos. Incluso podemos cambiar de opinión. Hay obras que primero rechazamos y después comprendemos. Otras que admiramos por su belleza y olvidamos pocos minutos después. Y existen algunas que jamás pondríamos en la pared de nuestra casa pero que, inexplicablemente, continúan acompañándonos mucho después de haber salido de la sala.
Quizás esas sean las más interesantes. Porque el arte no siempre está allí para complacernos.
A veces está para mostrarnos belleza. Otras, para mostrarnos aquello que preferiríamos no mirar. Puede celebrar, denunciar, recordar, incomodar, acariciar, sacudir o simplemente abrir una pequeña grieta en nuestra manera habitual de ver el mundo.
Por eso, la próxima vez que una obra provoque un inmediato “no me gusta”, podríamos probar algo diferente.
Quedarnos un instante más. Y cambiar la pregunta. No solamente: ¿me gusta? Sino también:
¿Por qué no me gusta? ¿Qué me provoca? ¿Qué estoy viendo? ¿Qué me hace pensar? Tal vez descubramos que no necesitamos amar una obra para que esa obra tenga algo para ofrecernos, porque quizás el arte no siempre necesite gustarnos.
A veces alcanza con que consiga que no salgamos de allí exactamente iguales a como entramos.






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