Los estudios internacionales muestran cifras preocupantes sobre el estrés en Argentina: un relevamiento realizado el año pasado mostró que un 49% de los argentinos reconoció atravesar episodios repetidos de estrés durante el último año, la proporción más alta entre todos los países consultados. El dato se completa con que seis de cada diez personas en el país afirman dormir mal, un fenómeno que afecta especialmente a los más jóvenes y a los sectores de menos recursos.
Pese a esas cifras y a que el estrés aparece en conversaciones de todos los días, el médico Miguel Urristy, cirujano de cabeza y cuello con formación en medicina antroposófica, plantea en diálogo con PRIMERA EDICIÓN que “pocas veces nos detenemos a pensar qué significa realmente”.
En sus estadios más tempranos, pasa desapercibido con síntomas como el insomnio, la “neblina mental” y , pero en su forma crónica, Urristy aseguró que explica incluso patologías cardiovasculares y accidentes cerebrovasculares (ACV).
El primer paso: comprender
La primera traba para entender de qué se trata el estrés, según el especialista, es lingüística. “Es una palabra que ya está dentro de nuestro vocabulario, pero viene del inglés. Ya de entrada tenemos un problema: si no sé mucho de ese idioma, me cuesta decodificarlo”, señaló.
En sus palabras, el estrés no se trata solamente de una preocupación, sino de un “estado de alerta permanente”, es decir, que sobrepasa un tiempo de duración saludable y se extiende incluso a una forma de vida.
Vivir con estrés significa que “siento que estoy en peligro. Y cuando eso sucede, tengo dos mecanismos de reacción. Enfrento o huyo. Entonces, estás peleando o estás huyendo un día, dos días, y de repente son dos años”, explicó el médico.
Ese estado de alerta no distingue edades ni profesiones: puede afectar a cualquier persona, a lo largo de toda la vida. Lo que sí se pueden identificar son factores que aumentan el riesgo de que se presente y, en el peor escenario, avance hacia formas crónicas.
Uno de los principales disparadores son las pantallas: la luz azul de celulares y computadores altera los ciclos de sueño y el ritmo natural en que funciona el cerebro. De hecho, Urristy comparó el presente con otros momentos históricos donde el ser humano estaba “en alerta” porque debía enfrentarse a depredadores, que hoy cambiaron de naturaleza.
“Los nuevos dinosaurios se llaman notificaciones, y encima están en todos nuestros bolsillos. Estamos rodeados de pantallas de todo tipo, que se han transformado en un órgano más”, dijo Urristy.
La exposición a la luz azul, sumada al ritmo de vida urbana, las preocupaciones económicas y las exigencias laborales completan el listado que desarma lo que el especialista nombró como la “danza” de dos hormonas esenciales para el ser humano: el cortisol y la serotonina.
El primero es el que activa el cuerpo por las mañanas, pero que en contextos de estrés crónico se produce en mayor cantidad y, además de poner al cuerpo en estado de vigilia, provoca desajustes en el ciclo de sueño. La serotonina complementa al cortisol, porque es la que produce el sueño, y en contextos de estrés hay menor producción de la misma.
Como principal ejemplo nombró el insomnio, pero Urristy consideró que “en nuestra vida suenan muchas alarmas” previas para alertar sobre un episodio de estrés. En la mayoría de los casos, no derivan en una consulta médica. “Parece que no podemos detenernos o directamente las descartamos. Tal vez sea ese el problema”, dijo el especialista.
Cuadros crónicos y recomendaciones
Cuando el estado de alarma se sostiene en el tiempo, Urristy explicó que el cuerpo empieza a mostrar el desgaste en órganos específicos, con una lista larga de cuadros que, según explicó, se repiten en consulta, donde se tratan sin buscar qué hay de fondo. Entre los más comunes mencionó la hipertensión arterial que no responde bien a la medicación, el colon irritable, la gastritis, el reflujo y, en los casos más avanzados, las úlceras, que solo se resuelven con cirugía. A eso se suman la diabetes, el sobrepeso, y afecciones de la piel como la psoriasis y el acné.
Urristy insistió en que hay formas accesibles de bajar ese estado de alarma antes de que derive en un cuadro crónico. Una de las principales tiene que ver con activar de manera natural ciertas sustancias que el cuerpo produce, como la dopamina, la oxitocina, la serotonina y las endorfinas. Para lograrlo, recomendó “moverse con energía, compartir risas y abrazos, disfrutar de comidas”.
Además, se detuvo especialmente en la meditación, a la que describió como “un entrenamiento para la mente. Según contó, se producen cambios casi inmediatos en el cuerpo apenas se empieza a meditar: baja el cortisol, sobre todo durante la noche, y se liberan sustancias que calman la ansiedad.






Discussion about this post