Nada menos que 32 años se cumplen este viernes del atentado a la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) en Capital Federal, que dejó el luctuoso saldo de 85 muertos y cuya conmemoración se ve teñida, un año más, de la impotencia de ver cómo el crimen sigue impune.
A las 9.53 del 18 de julio de 1994 se produjo la explosión en el edificio de la AMIA, que las investigaciones aún no han podido determinar fehacientemente si se debió a un coche bomba o al material explosivo escondido en un volquete de escombros, depositado frente a la entrada de la mutual judía minutos antes de la tragedia.

Lo seguro es que, en pocos segundos, el inmueble -y varios más de los alrededores- quedaron reducidos a escombros. En el atentado murieron 85 personas y otras 300 resultaron heridas. 67 de las víctimas se encontraban dentro de la AMIA y
otras 18 en la vereda o en edificios aledaños.
Fue el peor ataque terrorista y acto antijudío en Argentina después de la Segunda Guerra Mundial. Más de mil viviendas y comercios cercanos quedaron destruidos, la pérdida de gas en la zona fue de gran magnitud, la onda expansiva arrasó con toda la cuadra de Pasteur al 600-700, lanzando autos, árboles, carteles y personas por los aires; los vidrios de las ventanas de las viviendas y negocios estallaron hasta a seis cuadras a la redonda.

Tras el atentado, la AMIA empezó a funcionar en Ayacucho 632 como centro de información sobre las víctimas y sede alternativa y, en poco tiempo, las funciones relacionadas a la institución operaron correctamente, en especial los servicios sociales.
Una celeridad similar se esperaba de la Justicia, pero no ocurrió. De hecho, era la segunda vez que el país sufría un ataque terrorista a instituciones israelitas (el 17 de marzo de 1992 había ocurrido la voladura de la Embajada de Israel en Buenos Aires, con un saldo de 29 víctimas) y ambos casos aún continúan sin esclarecerse.






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