En los confines de la ciudad de Posadas, sobre una avenida que antes fue una ruta, donde no abundan los colectivos pero sí los estudiantes que los esperan, se ubica la Escuela 346 “San Isidro Labrador”, en el barrio San Isidro. Llegar hasta ahí lleva su tiempo, pero hoy es mucho más fácil que hace algunos años, cuando en ese barrio las calles eran de tierra y los días de lluvia complicaban el recorrido del colectivo.
Es que incluso en los días de tormenta, hay un lugar donde los chicos quieren estar: las aulas de esta escuela. Su directora, Stella Vera, confió a PRIMERA EDICIÓN que allí el ausentismo no es un problema, en gran parte debido al desayuno y el almuerzo con los que esperan a los chicos cada día. Ese dato habla mucho del lugar que ocupa la 346 en la zona.
La escuela recibe a estudiantes de San Isidro, pero también de los barrios El Porvenir 2 y Santa Clara. Algunos llegan antes de las 7 porque el único colectivo que los lleva hace un recorrido largo. En total, son 230 chicos, y hay lista de espera para ingresar a esta escuela, donde lo pedagógico y lo emocional se cruzan a diario.
“Los chicos que llegan cargando situaciones de sus casas, los que vienen de familias con poco acompañamiento, todo eso entra al aula con ellos”, explicó la maestra Silvana Farinola. Y la escuela no lo esquiva. “La mayoría pasa casi ocho horas acá. En ese tiempo hay que tener fuerza para afrontar lo otro. Hay que enseñar pero también hay que escuchar”, agregó la docente.
Una referencia en el barrio
El perfil de los estudiantes define buena parte de lo que es la Escuela 346: vienen de barrios del sur de Posadas donde el transporte falta y los chicos llegan al aula con situaciones que muchas veces exceden lo pedagógico.
Farinola es maestra de 6° grado en la escuela desde 2010 y conoce bien esa realidad: “Hemos tenido casos de situaciones extremas, todo eso se eleva a los organismos pertinentes, se interviene. Pero, ¿cómo aprende un chico que está triste? Tenemos que aprender a dividir, pero él vino mal por algo que ocurrió en casa. No se puede continuar”, contó.
La tensión entre enseñar y contener es algo que el equipo trabaja a conciencia. “No podemos separar lo pedagógico y lo emocional, tenemos que trabajar juntos”, aseguró Farinola. Para la docente, la escuela es uno de los pocos lugares donde esos chicos encuentran estabilidad, pero aún así no alcanza. “Acá están contenidos, pero muchas veces al otro día vienen con otra historia”, contó.
La directora Vera compartió esa mirada y sumó que la asistencia es una herramienta fundamental en el mapa. “Somos muy insistentes en la asistencia de los niños. Siempre le recalcamos a los padres que el mejor lugar donde pueden estar los chicos es la escuela”, contó. Los números acompañan incluso en “los días de lluvia, siempre quieren venir porque comen rico”, agregó la directora.
En lo pedagógico, los talleres y el acompañamiento les permiten apuntar al mismo objetivo: mejorar la continuidad y el egreso de los estudiantes. “Siempre insistimos para que sigan estudiando, que no bajen los brazos, sobre todo que no abandonen la secundaria”, señaló Farinola. La escuela hace el seguimiento con aquellos egresados que quieren seguir en contacto. “Nos da orgullo porque han salido de situaciones adversas y han superado su meta”, expresó.
La fuerza de los proyectos
El “taller multipropósito” de la 346 habla de una de las estrategias que más distingue su forma de enseñar: los proyectos educativos. Además de involucrar a las familias, los trabajos que hacen docentes y estudiantes en ese salón son una herramienta más para que los chicos terminen sus estudios.
Después del almuerzo, los alumnos de jornada completa se dividen entre taller de radio, laboratorio, matemática, ortografía y huerta. Es el espacio donde, según la directora Vera, todo se conecta: “Por ejemplo, cuando trabajan medidas de peso, van a la cocina y miden. Ellos van aprendiendo en forma simultánea”, dijo.
Uno de los trabajos más recordados es el Cofre de Conservación de Semillas. “Armaron cofres con la maestra de huerta, fueron buscando diferentes semillas de la zona, y la forma de conservarlas”, recordó Farinola.
Hay proyectos más simples que también dejaron marca. Las butacas biblioteca (baldes de pintura con un almohadón encima, pintados por los alumnos) se llevan a casa por turnos con un libro adentro, para estimular el hábito de la lectura en familia. Este año llegó además un kit de tecnología educativa con tablets y un componente de programación. “Realmente estamos aprendiendo, nos encantan los desafíos”, aseguró Farinola.








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