La noticia del asesinato de Agostina Vega, una adolescente de apenas 14 años, estremeció al país. Como ocurre cada vez que una niña o una mujer es víctima de una violencia extrema, la conmoción fue inmediata. Las redes sociales se llenaron de mensajes, los medios cubrieron cada detalle y miles de personas expresaron su dolor, su indignación y su impotencia.
Pero una vez más, detrás de la conmoción aparece una pregunta que resulta inevitable: ¿se podría haber evitado?
Como mujer, esta historia me impacta profundamente. Como madre, me duele. Y como profesional que trabaja desde hace años con situaciones de violencia familiar, me preocupa que sigamos llegando siempre al mismo lugar: a la tragedia consumada.
Pienso también en Dulce Beatriz Candia, de 17 años, asesinada en Eldorado, Misiones. Dos adolescentes. Dos vidas truncadas. Dos familias que quedaron devastadas para siempre.
Porque cuando una tragedia de estas dimensiones ocurre, solemos concentrarnos en el final de la historia. Queremos saber qué pasó, quién fue el responsable, cómo sucedieron los hechos. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a analizar todo aquello que ocurrió antes.
La violencia rara vez aparece de un día para otro.
La violencia deja huellas. Deja señales. Deja alertas.
A veces se manifiesta en antecedentes previos, en denuncias que no fueron tomadas con la seriedad necesaria, en comportamientos controladores, en amenazas, en situaciones que parecen aisladas pero que, vistas en conjunto, muestran un patrón de riesgo.
En el caso de Agostina, el principal acusado es Claudio Barrelier. Considero importante nombrarlo porque con demasiada frecuencia recordamos el nombre de las víctimas mientras los responsables quedan diluidos en el relato social.
Los agresores no suelen actuar impulsivamente de un momento para otro. Identifican vulnerabilidades, observan oportunidades y buscan ejercer poder sobre otros. Por eso la prevención no comienza cuando una persona desaparece. La prevención no comienza cuando aparece una denuncia en los medios. La prevención comienza mucho antes, cuando todavía existe la posibilidad de intervenir.
¿Qué no vimos antes?
¿Estamos escuchando a las mujeres cuando denuncian? ¿Estamos creyéndoles cuando expresan miedo? ¿Estamos acompañando a nuestros adolescentes cuando atraviesan situaciones que los ponen en riesgo?
Porque la violencia no es un problema individual. Es un problema social.
Nos atraviesa como familias, como comunidades, como instituciones y como Estado.
Cada vez que una denuncia es ignorada, cada vez que una situación de riesgo es minimizada, cada vez que alguien decide mirar para otro lado, la posibilidad de prevenir disminuye.
Necesitamos una cultura de prevención. Una cultura donde las señales de violencia sean tomadas en serio. Donde las víctimas encuentren escucha y protección. Donde las instituciones respondan con rapidez y responsabilidad.
Porque cuando la tragedia ocurre, ya no estamos previniendo. Estamos lamentando.
La muerte de Agostina Vega, como la de Dulce Beatriz Candia y la de tantas otras niñas y mujeres cuyos nombres muchas veces quedan en el olvido, debería obligarnos a revisar nuestras prácticas, nuestras respuestas y nuestras prioridades.
No podemos seguir reaccionando únicamente cuando el daño ya es irreversible.
Necesitamos aprender a escuchar antes. Necesitamos aprender a intervenir antes. Necesitamos aprender a creer antes.
Porque la violencia avisa. El problema es que seguimos sin escuchar.
Opinión de Lic. María Valoy
Licenciada en Ciencias de la Familia
Terapeuta en línea
Especialista en Violencia Familiar y Abuso Sexual Infantil





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