La repitencia sigue siendo una de las discusiones más sensibles de la escuela secundaria argentina. No solo porque define cómo se acredita el paso de un año a otro, sino porque condensa una tensión más profunda: cómo sostener trayectorias escolares sin vaciar de exigencia la experiencia educativa.
El informe, titulado “Repensar la escuela secundaria: problemas, resistencias y reformas posibles desde la mirada de docentes y directivos” elaborado por el Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina (UCA) y Asociación Conciencia muestra que, entre docentes, directivos y otros educadores consultados, predomina una mirada crítica frente a la posibilidad de reemplazar la repitencia tradicional por un sistema de aprobación por materias. Según el relevamiento, el 60,8% de los educadores se manifestó en desacuerdo con esa medida, mientras que el apoyo alcanza al 28,7%.
El dato confirma que la repitencia no es un tema cerrado. Por el contrario, aparece como uno de los nudos más difíciles de cualquier intento de reforma del nivel secundario. La discusión atraviesa al sistema desde hace años: para algunos especialistas y funcionarios, repetir el año completo por adeudar algunas materias puede ser una respuesta rígida, costosa y poco eficaz para mejorar aprendizajes. Para buena parte de los docentes, en cambio, eliminar o reemplazar ese mecanismo sin garantías sólidas puede profundizar la percepción de baja exigencia académica.
El dilema entre incluir y exigir
La resistencia docente a modificar la repitencia debe leerse dentro de un contexto más amplio. El mismo informe advierte que la falta de motivación estudiantil, las inasistencias, la baja exigencia académica y la desmotivación docente aparecen entre los principales problemas señalados por quienes trabajan en la secundaria. En ese marco, la repitencia se vuelve algo más que una regla administrativa: para muchos educadores, funciona como uno de los últimos dispositivos asociados a la idea de límite, acreditación y responsabilidad académica.
Pero el debate tiene otra cara. La repitencia tradicional también puede transformarse en un mecanismo de expulsión silenciosa cuando no está acompañada por estrategias efectivas de recuperación, tutorías, seguimiento individual, reorganización de tiempos escolares y apoyo pedagógico. Repetir un año completo no garantiza, por sí solo, que el estudiante aprenda aquello que no aprendió antes. En muchos casos, puede reforzar el desenganche, aumentar la sobreedad y debilitar aún más el vínculo con la escuela.
Por eso, el punto más delicado no es simplemente “repitencia sí” o “repitencia no”. La pregunta de fondo es otra: qué sistema de acreditación puede exigir aprendizajes reales sin empujar a más adolescentes fuera de la secundaria.
El informe muestra que esa discusión no se distribuye de manera uniforme. El apoyo al reemplazo de la repitencia por un sistema de aprobación por materias crece en las escuelas más pequeñas y, especialmente, en aquellas de menor nivel socioeconómico, donde llega al 37,3%. En cambio, en los sectores medio-altos baja al 17,1%.
Esa diferencia es clave. En los contextos más vulnerables, donde las trayectorias suelen estar más atravesadas por ausentismo, dificultades familiares, trabajo adolescente, problemas de conectividad o menor disponibilidad de recursos de apoyo, parte del personal educativo parece mostrar más apertura a alternativas menos rígidas que la repitencia anual completa. Allí, la aprobación por materias podría ser vista no como una flexibilización sin control, sino como una herramienta para evitar que un estudiante pierda todo un año por no haber acreditado algunos espacios curriculares.
En cambio, en escuelas de nivel socioeconómico medio-alto, donde las condiciones de acompañamiento suelen ser más favorables, la resistencia puede estar más asociada al temor de que cualquier modificación sea interpretada como una baja de la vara académica.
Una reforma que exige algo más que cambiar reglas
El problema es que modificar la repitencia sin transformar el resto de la escuela puede producir efectos pobres o incluso contraproducentes. Si un estudiante deja de repetir el año completo pero no recibe acompañamiento real para recuperar aprendizajes pendientes, el cambio termina siendo apenas administrativo. La trayectoria continúa, pero el aprendizaje queda en deuda.
Allí aparece una de las advertencias centrales para cualquier política educativa: el régimen académico no puede reformarse aislado de las condiciones concretas de enseñanza. La aprobación por materias, para no convertirse en una promoción automática encubierta, necesita dispositivos de seguimiento, tiempos institucionales, docentes disponibles, materiales, equipos de apoyo, criterios comunes de evaluación y una organización escolar capaz de sostener recorridos más personalizados.
El propio informe señala que las percepciones sobre los cambios recientes en la secundaria son mayoritariamente negativas, especialmente en el régimen académico y el sistema de evaluación. Entre los educadores consultados, el 60,7% percibió un impacto negativo en el régimen académico y el 56,9% en el sistema de evaluación. Esa mirada crítica ayuda a explicar por qué la repitencia despierta tanta resistencia: muchos docentes no rechazan necesariamente toda reforma, pero sí desconfían de cambios que puedan alterar las reglas de promoción y acreditación sin resolver antes los problemas de fondo.
La discusión se vuelve todavía más compleja porque la escuela secundaria no enfrenta un único problema. Tiene estudiantes desmotivados, ausencias frecuentes, dificultades para articular materias, docentes sobrecargados, familias con niveles muy distintos de acompañamiento y cambios culturales profundos en la relación de los adolescentes con el conocimiento. En ese escenario, la repitencia aparece como una herramienta demasiado pesada para algunos casos y demasiado necesaria para otros.
El desafío está en construir respuestas intermedias, más inteligentes que el automatismo de repetir todo o pasar sin aprender. Eso implica revisar qué se evalúa, cómo se recupera, qué materias estructuran aprendizajes indispensables, qué apoyos recibe el estudiante durante el año y qué responsabilidad institucional asume la escuela antes de llegar al cierre del ciclo lectivo.
El riesgo de una falsa dicotomía
El debate público suele empujar la discusión hacia extremos cómodos: de un lado, quienes defienden la repitencia como garantía de exigencia; del otro, quienes la cuestionan como una herramienta ineficaz y expulsiva. Pero la realidad escolar es menos binaria.
Mantener la repitencia sin revisar sus efectos puede sostener una ilusión de rigor que no siempre se traduce en mejores aprendizajes. Eliminarla sin construir mecanismos serios de recuperación puede confirmar el temor docente a una secundaria cada vez más debilitada en sus criterios de acreditación.
La pregunta, entonces, no debería ser si repetir es bueno o malo en abstracto. Debería ser qué hace la escuela antes de que un estudiante llegue a repetir, qué oportunidades reales tuvo para aprender, qué señales de alerta se detectaron durante el año, qué acompañamiento recibió y qué sentido pedagógico tiene obligarlo a cursar nuevamente todo el ciclo.
En un sistema atravesado por desigualdades, la repitencia tampoco afecta a todos por igual. Para un adolescente con respaldo familiar, acceso a clases particulares, conectividad y condiciones materiales estables, repetir puede ser un tropiezo doloroso pero transitable. Para otro, puede significar el comienzo del abandono definitivo. Esa diferencia es la que vuelve insuficiente cualquier regla única aplicada sin contexto.
El informe de la UCA y Asociación Conciencia deja una conclusión clara: la mayoría de los educadores rechaza reemplazar la repitencia, pero el debate continúa abierto porque una porción significativa, cercana a un tercio, sí acompaña la posibilidad de avanzar hacia otro sistema. Esa minoría no es marginal y crece justamente en los contextos donde la escuela enfrenta condiciones más complejas.
La secundaria argentina necesita discutir la repitencia sin consignas fáciles. No alcanza con conservarla para garantizar exigencia, ni con eliminarla para prometer inclusión. Lo que está en juego es más profundo: construir una escuela capaz de enseñar, evaluar, recuperar y acreditar con seriedad, sin convertir el fracaso escolar en destino ni la promoción en trámite.






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