Desde su pequeño taller y también desde un aula, la artesana Rosa Ramos repara piezas de mimbre, enseña a otras y sostiene el legado de un oficio que sobrevive al paso del tiempo y al avance del plástico.
“Con cuidados mínimos, como no dejarlos a la intemperie, una pieza de mimbre puede durar más de 40 años; si está bien conservada siempre le da un toque cálido al hogar. Aunque ahora es menos, la gente sigue eligiendo la cestería. Es un oficio que ha sobrevivido”, reflexionó la mujer en diálogo con PRIMERA EDICIÓN mientras tejía algunos encargos y se preparaba para ir a dar clases, ya que además de producir, ella encontró otra misión: enseñar.
Actualmente dicta clases los miércoles y viernes de 18 a 21 en la Escuela de Adultos 8, ubicada sobre Ayacucho y Roque Pérez. Entre sus alumnas hay personas de todas las edades: jóvenes, jubiladas y en actividad, quienes encontraron en el mimbre no solo una salida laboral, sino también una terapia.
“Hay una señora de 67 años que viene porque esto la distrae y le gusta. En apenas un mes y medio de clases ya le hace canastitos a la hija y a la nieta”, destacó.
También asisten docentes jubiladas que buscan generar un ingreso extra. Para muchas de ellas, las clases significan un espacio de encuentro, aprendizaje y contención.
“La tradición”, según contó, “llegó desde Catamarca; allí, mi padre, mi abuelo y mis tíos trabajaban en familia confeccionando muebles de todo tipo: sillones, mesas, canastos para panaderías, verdulerías y para la ropa. Hacían de todo”.
Ya instalado en Misiones, su padre comenzó trabajando en un tallercito de mimbrería sobre calle Santa Fe y Rivadavia, cerca de la Escuela 3. Con el tiempo, la calidad de sus trabajos hizo que muchos empleados bancarios le encargaran sillones y muebles personalizados, lo que les permitió prosperar. Más adelante, el taller se trasladó a la calle Alvear y luego a Colón casi Roque Pérez, donde permaneció durante años.
En aquel entonces doña Rosa creció entre fibras vegetales y las herramientas para cortarlas y tejerlas. Tenía apenas seis años cuando llegó a Posadas y, poco después, a los 8 comenzó a aprender el oficio.
“Mi papá nos enseñaba porque había mucho trabajo, sobre todo para fiestas y casamientos. En esos años, (1972 en adelante) todo era con mimbre”, relató.
Actualmente tras el fallecimiento de su padre, continúa sola al frente del taller familiar y se dedica principalmente a la reparación de sillones, canastos y muebles antiguos, además de fabricar piezas por encargo.
“Muchas personas optan por restaurar sus muebles de mimbre antes que comprar muebles nuevos. Un sillón nuevo puede costar más de $200.000 y repararlo sale mucho menos”, acotó.
Juncos del Delta
El mimbre no se produce en Misiones. La materia prima llega desde el Delta del Tigre, en Buenos Aires, donde se encuentran las principales plantaciones.
“Es una especie de sauce tipo junco que necesita mucha agua, e incluso hay que mojarlo mientras se teje”, explicó como secreto profesional.
Otra perlita que contó fue que Domingo Faustino Sarmiento fue quien introdujo el mimbre en Argentina tras observar en Chile cómo se enseñaba el oficio en escuelas y cárceles.
La actividad prosperó por décadas. “Antes era un negocio más floreciente, no había tanto plástico como ahora. Todo se hacía con mimbre. Hace algunos años recién volvió a ser requerido”, señaló doña Rosa, tras recordar los tiempos en que tener cestos de mimbre eran indispensables en los hogares y comercios.










Discussion about this post