Pasaron veinte años hasta que Margarita Marina Armanini de Santisteban pudo regresar a Posadas. “Mi idea era festejar los 70 años acá, pero se fue postergando por diferentes motivos y ahora tengo 72”, relata quien reside en Ithaca, (Nueva York) y celebró el 52 Aniversario de Bodas con Guillermo Santisteban.
Ambos, felices, tuvieron 4 hijos, ya todos adultos, comparten amores, pasiones, gustos, y también momentos que volverán a grabar en su historia como el que repitieron frente a la entrada de la iglesia Catedral de Posadas, rememorando aquel día en que dijeron “Sí, quiero”.
La historia
Ya hace unos años, SextoSentido se hizo eco del libro que escribió Margarita “Lejos de Casa”, en el que cuenta la historia de su hijo Carlos Antonio, de cómo sorteó los obstáculos que se presentaron en su vida y la de su familia.
El matrimonio ya tenía sus tres hijas mujeres, hermosas, sanas, inteligentes y hoy ya profesionales, con una vida realizada, cuando llegó el varón, pero lo hizo con una sorpresa, Carlos Antonio no estaba física ni psicológicamente bien.
Como si se tratara de una película en la que había que subirse a una montaña rusa, esta fantástica mujer lo hizo. El niño había nacido en Estados Unidos durante una estadía familiar que los llevó el trabajo de Guillermo como bacteriólogo industrial e investigador. Cuando regresaron a Tandil, donde vivían, prácticamente desde que se casaron, recibieron el diagnóstico del bebé: Hipoplasia del cuerpo calloso.
Ella tenía 34 años, joven pero tan decidida que no le dio opción a la vida para lamentos. “No soy dramática, soy práctica. Soy distinta a mi esposo. Yo recibo la noticia, el diagnóstico en Argentina”, un lugar que más adelante se daría cuenta de que no los podrían ayudar, no tendrían nada de apoyo y que se pasarían la vida gastando un dinero que ni siquiera tenían. “Carlos Antonio era un bebé hermoso, necesitaba cuidados y mucho de su avance dependía de terapias, algunas muy caras y otras que ni existían”.
Como desde muy pequeño ella ya supo que “no tuvo las reacciones de un bebé normal, así que mi reacción ante el diagnóstico y todo lo que habíamos avanzado fue: ‘¡qué tengo que hacer!’.
“No hablé con Guillermo porque él estaba en shock, el primer varón, la continuidad del apellido… para él fue diferente”.
Transcurría el año 1988 cuando Margarita tomó a su bebé que era norteamericano, y decidió irse.
Estando en el país del Norte sorteó varios obstáculos, pero logró su cometido. “Allá él recibiría la atención completa, sin que tengamos que pagar nada, ni endeudarnos. Mi esposo consiguió trabajo, y toda la familia se instaló allá”.
Regreso a casa
Margarita confiesa que “Guillermo es muy callado, reservado, yo soy distinta. Actúo, no me guardo nada, no siento culpa, tengo seguridad en mi misma y si algo no puede ser me lo tienen que argumentar muy bien para que yo acepte”.
Con una simpática forma de sortear algo que a muchas mujeres les cuesta, ella dice: “yo soy testaruda, y lo que quiero lo consigo”.
En aquel entonces ella lo tenía muy claro todo: “nosotros podemos trabajar, invertimos el dinero en la educación de las niñas (sus hijas mujeres) para que puedan luego salir adelante solas y así fue”.
Ella sabía que Carlos Antonio dependería siempre de otras personas, y lo consiguió. Si bien siempre están unidos, amorosamente acompañando al joven ya adulto, residen en una casa donde tiene todas las comodidades y su mamá controla todo lo que come, lo que viste, sus salidas, siempre acompañado por un asistente de salud”, sin pagar nada.
Hoy recuerda que “decidí irme porque si algo va a dar Carlos Antonio lo dará allá, acá no hay nada”. Tan amorosamente fuerte, decidida, con sus deseos claros y siendo feliz con la familia que construyeron juntos, disfrutaron de una Posadas “tan grande, la vi limpia, me llamó la atención, y construyeron tanto que me perdí”.
Ambos compartieron momentos con amigos, viejos amigos y de los nuevos que crearon por redes, cruzaron a Paraguay, recordó ella con sus amigas de colegio y de otras de la vida. Fue una bienvenida, fueron días fantásticos y con un hasta pronto. (Por Rosanna Toraglio)









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