La diarrea crónica, el dolor abdominal recurrente o incluso la presencia de sangre en las heces suelen ser síntomas que muchas personas intentan sobrellevar durante meses -e incluso años- antes de consultar a un médico. En muchos casos, esos cuadros son atribuidos al estrés, a “problemas nerviosos” o directamente al llamado colon irritable. Sin embargo, detrás de esos síntomas puede esconderse una enfermedad inflamatoria intestinal (EII), una patología inmunomediada que puede deteriorar seriamente la calidad de vida si no se detecta a tiempo.
En el marco del Día Mundial de la Enfermedad Inflamatoria Intestinal, especialistas del Hospital de Clínicas advirtieron sobre la importancia de reconocer las señales de alarma y evitar la automedicación o la naturalización de síntomas digestivos persistentes.
La EII incluye principalmente dos enfermedades: la enfermedad de Crohn y la colitis ulcerosa. Aunque comparten síntomas y mecanismos inflamatorios, tienen diferencias importantes. La enfermedad de Crohn puede afectar cualquier parte del aparato digestivo, desde la boca hasta el ano, aunque suele localizarse con mayor frecuencia en el intestino delgado y el colon. Además, compromete todas las capas de la pared intestinal. En cambio, la colitis ulcerosa afecta exclusivamente al colon y al recto, generando inflamación superficial, úlceras y sangrado.
“Todo paciente que tenga diarrea crónica o con sangre, dolor abdominal o pérdida de peso debería hacer una consulta médica. Es súper importante no retrasar el diagnóstico porque es una enfermedad que sin control y tratamiento puede generar complicaciones afectando considerablemente la calidad de vida del paciente”, explicó la doctora Olga Quintero, médica de planta de la sección de EII del Servicio de Gastroenterología.
Uno de los principales problemas, según remarcan los especialistas, es que estas enfermedades suelen confundirse con trastornos funcionales digestivos, especialmente con el síndrome de intestino irritable. Esa similitud inicial hace que muchos pacientes lleguen tarde al diagnóstico correcto.
“No hay un solo criterio para el diagnóstico. Hay tres pilares: la clínica, los laboratorios y la colonoscopia con biopsia”, detalló Quintero.
En los últimos años, además, los profesionales comenzaron a observar un aumento de consultas y derivaciones relacionadas con este tipo de patologías. Si bien las causas son múltiples, los especialistas apuntan a cambios en el estilo de vida moderno y en los hábitos alimentarios como posibles factores asociados.
En ese sentido, Quintero señaló que existe evidencia sobre el impacto negativo de los alimentos ultraprocesados en los procesos inflamatorios intestinales. “Lo más recomendado es adherirse a la dieta mediterránea porque se ha demostrado que los ultraprocesados son proinflamatorios”, sostuvo.
La médica también advirtió sobre otro factor de riesgo cada vez más frecuente: el uso indiscriminado de antibióticos, una práctica que puede alterar la microbiota intestinal y favorecer desequilibrios inflamatorios.
Aunque actualmente no existe una cura definitiva para la enfermedad inflamatoria intestinal, los avances médicos permitieron mejorar notablemente los tratamientos disponibles. Hoy existen terapias que ayudan a controlar los síntomas, disminuir la inflamación y evitar complicaciones severas.
“El paciente no tiene que entrar en pánico porque cada vez hay más herramientas para una medicina personalizada y más posibilidades de tratarla de manera oportuna. El futuro es esperanzador”, afirmó Quintero.
Pero más allá del tratamiento médico, quienes viven con EII enfrentan otro desafío silencioso: explicar una enfermedad que muchas veces no se ve.
“Estas enfermedades son difíciles de explicar. Para muchos pacientes resulta difícil encontrar las palabras para decir por qué deben ausentarse de la escuela o el trabajo, por qué dejan de participar en encuentros sociales o interrumpen una conversación de repente”, explicó Luciana Escati Peñaloza, presidenta de la Fundación Más Vida Crohn & Colitis Ulcerosa.
La situación se agrava cuando aparecen las dificultades económicas y burocráticas para acceder a la atención médica y a la medicación. Una encuesta nacional realizada entre octubre y noviembre de 2025 reveló que una de cada dos personas con enfermedad inflamatoria intestinal tuvo problemas para acceder a sus tratamientos durante el último año.
Además, el 44% de los encuestados aseguró haber tenido que afrontar gastos de bolsillo por prestaciones que antes estaban cubiertas, mientras que el 35% reconoció haber postergado o suspendido consultas médicas por razones económicas.
El impacto también alcanza a la salud mental. Según el relevamiento, siete de cada diez pacientes manifestaron mayor estrés económico relacionado con la enfermedad y el 69% dijo haber sufrido ansiedad o depresión vinculadas a estas dificultades.
Especialistas y organizaciones de pacientes coinciden en que la detección temprana sigue siendo una de las claves para evitar complicaciones severas. Por eso insisten en un mensaje central: normalizar síntomas digestivos persistentes puede retrasar diagnósticos importantes y empeorar el pronóstico.
Fuente: Agencia de Noticias NA




