“Cringe”, “tóxico” o “beige flag” son palabras aparecen cada vez más seguido, en la escuela, en casa o en cualquier charla con adolescentes. Muchas personas las conocen, pero para otros tantos suenan ajenas o difíciles de entender.
Hay que decir que detrás de esa forma de hablar hay algo más. La adolescencia es, por definición, una etapa de cambios: los más jóvenes empiezan a pensar y a definir su propia identidad cuando eligen la música que escuchan, cómo se visten y qué les gusta hacer para diferenciarse del mundo adulto.
Pero a diferencia de otras generaciones, hoy todo eso pasa también en redes sociales y juegos en línea, dos espacios que los chicos habitan, que manejan “otros tiempos” y cambian rápido. Es ahí donde nacen estas expresiones, que para la psicóloga Florencia Alfie, a los más jóvenes les sirven de “atajo” para expresar mucho en pocos caracteres.
En diálogo con PRIMERA EDICIÓN, la especialista analizó este fenómeno y aseguró que el traspaso de estos términos de lo digital a lo cotidiano explica un cambio importante de esta nueva generación, para la que lo online y lo offline “es todo un mismo universo”.
“Hoy los adolescentes crecen en un entorno donde la comunicación es inmediata, visual y muy influida por lo digital. Eso impacta en cómo piensan y en cómo se vinculan: con más rapidez, pero a veces con menos profundidad”, consideró Alfie.
También se refirió a cómo esos cambios impactan en la forma de relacionarse con otras generaciones: madres, padres, tíos o abuelos a veces no pueden seguir el ritmo de lo que cuentan los más jóvenes. En ese sentido, la especialista aseguró que “no entender” es algo “totalmente esperable”, pero que “no necesariamente es un problema”.
“Puede ser una oportunidad. Nos corre del lugar de creer que ya sabemos todo sobre ellos y nos invita a acercarnos desde la curiosidad, no desde el juicio. Cuando un adulto puede decir: ‘Esto no lo entiendo, ¿me lo explicás?’, abre una puerta muy valiosa al diálogo”, explicó.
Crecer en un mundo cambiante
Las formas de hablar que usan los adolescentes en las redes y los juegos en línea hace tiempo traspasaron esa frontera: palabras como “+1000 de aura”, “six seven” o la “beige flag” las usan en la escuela, en casa y en cualquier otro momento porque describen lo que viven y lo que les pasa.
En ese cruce de lo virtual al día a día, Alfie identificó que se empieza a mostrar que “el lenguaje que los adolescentes usan en las redes no es solo una forma de hablar distinto, sino una manera de construir identidad y pertenencia”, aseguró.
Esa parte del fenómeno no es nueva: cada generación adolescente siempre creó sus propios códigos y formas de diferenciarse de lo adulto, pero hoy esos códigos nacen y circulan en un espacio diferente: el mundo digital.
Es que en las redes y los juegos en línea ocurre gran parte de la vida social de los adolescentes, y el hecho de que su forma de hablar en esos espacios traspase hacia la vida cotidiana muestra que para ellos esa frontera no está tan definida: lo digital es lo cotidiano.
Por eso, Alfie consideró que la identidad adolescente de hoy “se construye en un entorno distinto” y el impacto de ese cambio se puede apreciar de muchas maneras.
La primera, es que lo digital marca el ritmo de cómo se comunican: propone a los más jóvenes formatos cortos, un ritmo rápido, de lecturas y expresiones más breves. De ahí el éxito de fórmulas cortas, de síntesis completas en una sola palabra.
“Esa palabra, un chiste o una forma de decir algo puede viralizarse en muy poco tiempo y ser adoptada por miles de adolescentes”, explicó Alfie.
Pero hay otro punto importante: en esa dinámica online que amplifica todo, los jóvenes están más expuestos a la presión de “encajar” y no equivocarse, porque todo lo que sucede ahí puede ser replicado con mucha más fuerza.
La especialista opinó que para los adolescentes “eso no implica necesariamente fragilidad, sino el desafío de crecer en escenarios más cambiantes. No es solo que usan estas plataformas, crecen comunicándose dentro de ellas. Y eso inevitablemente influye en cómo piensan, cómo sienten y cómo encuentran formas de decir lo que les pasa”.
Por eso, consideró que estas palabras “son una ventana que nos permite entrar en su mundo emocional”. Si se analizan más a fondo, aparecen con mucha frecuencia temas como la pertenencia (sentirse parte o quedar afuera), la exposición (cómo son vistos por otros), y también la necesidad de validación. También agregó que “hay humor e ironía, que muchas veces funciona como una forma de tramitar las inseguridades o tensiones propias de la edad”.
Convertir la duda en puente
Aunque en un primer momento puede parecer que el uso de estas expresiones plantea distancias con otras generaciones, Alfie planteó que lo más acertado es pensarlo como una oportunidad para conocer más a los adolescentes.
Su primera recomendación para los más grandes es “tener en cuenta que no todo tiene que ser comprendido en detalle: alcanza con estar disponibles, escuchar y validar que el otro está intentando decir algo”.
El próximo paso es revisar cómo se reacciona frente a esos términos. “Cuando padres o docentes descalifican, se burlan o minimizan esas formas de hablar, es muy probable que el adolescente se cierre. En cambio, cuando hay curiosidad genuina, un ‘no entiendo esto’, ‘¿me lo explicás?’, muchas veces se abre una oportunidad de intercambio valiosa”, afirmó.
Por su experiencia en el consultorio, donde los adolescentes generalmente también usan esos términos, contó que el “no me entienden” es algo frecuente para los chicos, que a veces encubre que “son escuchados desde el juicio, la preocupación o la corrección, más que desde la curiosidad”, dijo Alfie. Eso genera la sensación de que “no vale la pena” explicar demasiado.
Los padres también llevan el tema a la consulta. “No lo viven solo como una dificultad con el lenguaje, sino como una preocupación más amplia: ‘no sé cómo llegar’, ‘no sé si lo estoy haciendo bien’. ‘no sé cómo ayudarlo’. Muchas veces consultan para saber qué hacer. Buscan herramientas, orientación y, sobre todo, tranquilidad”, comentó la psicóloga.
En esa parte del recorrido, agregó que se trabaja en “bajar la exigencia de tener que saber todo y en fortalecer algo más importante: la disponibilidad emocional, la capacidad de preguntar sin juzgar y de sostener el vínculo incluso cuando hay diferencias”.
El objetivo final planteó que siempre debe ser “sostener el puente” con los adolescentes. “Ese puente se construye más desde la actitud, con interés, respeto y escucha, que desde el dominio del lenguaje en sí”, cerró la especialista.
Emociones y palabras breves
La síntesis es un plus que hace a los más jóvenes optar por estos términos. “Muchas de estas expresiones parecen simplificar, porque son breves, irónicas o están mediadas por un meme o un emoji. Pero eso no significa que haya menos emoción, sino que está codificada de otra manera”, explicó Alfie.
En ese sentido, agregó que a muchos adolescentes estos recursos les permiten decir algo de lo que les pasa sin tener que hacerlo “de manera tan directa o expuesta”, y lo ejemplificó con dos frases muy comunes en el consultorio.
“Detrás de un ‘es re tóxico’ puede haber situaciones de celos, control, destrato o incomodidad. Detrás de un ‘me dio cringe’ puede aparecer vergüenza, inseguridad o miedo a la mirada del otro. Y suelen poder explicar con bastante claridad a qué se refieren”, analizó.






