Después de innumerables giras artísticas por ciudades cosmopolitas, Amanda Lucía Porras Atehortua (74), más conocida como “Amanda de Colombia”, se estableció en la Bajada Vieja junto a su amado Ángel Obdulio “Pato” García (80), y transita por una parte de la vida “que es más tranquila, donde todo tiene que ser placer y menos esfuerzo”.
“Solo tengo que estar agradecida con la vida. Tengo una familia hermosa y estoy muy feliz con lo que tengo y con lo que hago”, manifestó esta colombiana -antioqueña de nacimiento- y misionera por adopción.
Hija de Ana Lucía Atehortua y Gildardo Porras Acevedo, es la segunda de doce hijos, de los cuales siete son mujeres, a quien desde pequeña le gustó la música. “En la escuela había materias relacionadas a la música, al teatro y las manualidades. Me gustaba cantar y aprendí a ejecutar instrumentos. Ya de joven ingresé al conservatorio para estudiar tiple -originario de la Región Andina de Colombia- y guitarra clásica. Después me dediqué a cantar y me empezaron a contratar las bandas. Más tarde conocí a Maite, una chica que vino de España y quedó en casa por varios meses. Me dijo, cuando termines el bachillerato, te espero en Madrid”, dejando abierta la puerta a grandes oportunidades.

El tiempo pasó y llegó el momento de viajar a España para encontrarse con Maite, que era de Valencia, y estaba a punto de volar a Alemania porque su novio, un abogado alemán recién graduado, le había ofrecido matrimonio. Invitaron a Amanda que los acompañara. En Alemania, en 1972, comenzó a trabajar como niñera mientras iba a la universidad para aprender alemán. Se empezaron a formar los grupos de orquesta latina donde fue una de las precursoras de la salsa, la cumbia, que en esa época estaba de moda. “Empecé a trabajar con la música, me fui vinculando con grupos y fui viajando por Europa, viviendo de la música”, comentó, sin perder el acento de su tierra natal.
Con “Pato” se conoció ese mismo año. Recordó que estaba en Hamburgo y en una esquina vio unos posters gigantes y coloridos que anunciaban la actuación de “Luis Alberto del Paraná y Los Paraguayos” en un teatro de la calle Reeperbahn. “Me preguntaba quiénes eran y fui a verlos con una amiga. El espectáculo me pareció fantástico y me di cuenta que conocía la música paraguaya por mi abuelo que cantaba guaranias. Se entregaban unas postales y yo las tomé para hacerles firmar un autógrafo. Conocí a Luis Alberto de Paraná y enseguida lo sumó a ‘Pato’: ‘vení que te presento a una colombianita’”, contó.
Añadió que el joven posadeño empezó a frecuentarla cuando volvía de las giras, “pero éramos amigos. No quería nada con él, porque tenía muchas enamoradas y tampoco yo había ido para conseguir novio. Tenía otro proyecto de vida. Salíamos a comer, charlábamos, me contaba sus cosas, pero yo no caía en sus redes. Durante unos dos años lo vi esporádicamente. En 1974 había fallecido Luis Alberto de Paraná y me contó que se iba a Las Vegas. Yo le avisé que volvía a Colombia, entonces me entregó una foto con una dedicatoria muy linda para mi amiga espiritual”, que aún conserva. Nunca más supo de él. En Colombia, a los 27 años, tuvo a su primera hija Paula Andrea Vesga Porras, que está radicada en la localidad de 25 de Mayo y es madre de sus tres nietos: María del Sol, Celina y Gabriel. Cuando su hija tenía dos años, dijo a su madre que quería volver a Alemania. Su familia se fue a vivir a Medellín y Amanda volvió a trabajar con la música, regresando cada año para ver a su primogénita.

Unidos por la música y el amor
Cuando volvió de una gira por España, recibió una llamada de la esposa de Reynaldo Meza, hermano de Luis Alberto del Paraná, para decirle que necesitaban una cantante. Esta propuesta comenzaba en Düsseldorf. “Cuando llego, la primera persona que encuentro en la cafetería, era a ‘Pato’ aunque casi no lo reconozco porque estaba hecho un señor”. Después de un ¡“Amanda, qué alegría verte!”, comenzó el verdadero romance donde “supe que iba a ser mi esposo”.
Confió que “nos gustábamos de antes, pero volver a vernos en la madurez fue otra cosa. Estuvimos de gira y nos fuimos enamorando. Él vivía en Zurich y yo en Hamburgo. Cuando terminó la gira, me dijo ‘te doy mi numero para que me llames’. Le contesté: ‘No me lo des porque no llamo a los hombres. Si quiere algo conmigo, es usted el que va a llamar’. Cuando llegué al departamento, mi compañera, preguntó a quién dejé hipnotizado, porque hay un ‘Pato’ que ya llamó tres veces”.
Al poco tiempo fueron a convivir. Amanda hizo la mudanza a Munich, no sin advertirle que lo de ama de casa no era lo suyo. Y funcionó. “Si tenía que ir a cantar lo hacía, al igual que yo. Estábamos juntos pero cada uno en lo suyo”, agregó quien en Alemania fue madre de Miguel Ángel “Patito” García y de Luis Alberto García. Ya en Posadas, llegó Carmen Lucía García, quien es diseñadora de alta costura.

Cambio de estilo de vida
Un poco antes que esto suceda, “Pato” decidió venir a Argentina y quería que Amanda lo acompañara. “Lo hice porque si no me gustaba no podía retroceder. Conocí este país y el Paraguay, y este terreno donde él nació y lo volvió a comprar para construir nuestra casa. Quería estar cerca de su mamá, que estaba grande, y nuestros chicos ya estaban en edad de empezar la escuela. Nos establecimos acá en 1996”, resumió quien se considera romántica y le gustan la serenatas.
La cantante se encontró con que “no entendía la idiosincrasia de las mujeres, a que las veía muy encerradas, amas de casa muy pendientes de sus maridos, no sabía qué hablar con ellas, estaba perdida, y a la siesta no había nadie. Un día comencé a enseñar salsa, para hacerme un grupo de amigas”. Así, formó varios grupos. Comenzaron a bailar, “a hacer reuniones en sus casas y comencé a formar un grupo de música con el pianista Gonzalo Gudiño, ‘Pachón’ Lira, y sonaba fantástico. Comenzamos a trabajar muy bien, haciendo salsa, cumbia, merengue, bolero, y a mis hijos los fui educando en la música. Los llevaba donde podía, a las peñas como la Itapúa, donde se subían al escenario o se dormían sobre dos sillas”.

Se fue haciendo conocida en Misiones y acompañaba a su esposo en los recitales de música latinoamericana. También sus hijos fueron crecieron, formaron sus grupos y, en ocasiones, “me cuelo con ellos”.
Como compositora, recibió reconocimientos en el Festival Mi Tierra Roja por dos años consecutivos. “Hice ‘Romance en la Bajada Vieja’, con música de Rody Sánchez, y ‘Hermosa luna del Paraná’ (galopa). Luego compuse a ‘Misiones tierra colorada’, ‘Mi Ranchito’ (chamamé) y una canción a la mujer paraguaya, que fue muy exitosa”, expresó quien -según describió ella misma- “sin dejar de ser colombiana, absorbí la parte exótica y linda que tiene Misiones”.

“La vida es una sola”
Entiende que es muy importante que los padres acompañen a sus hijos en sus decisiones y citó como ejemplo a su hijo Miguel Ángel. “Cuando tenía 17 le trajo a su padre la libreta de finalización del secundario y le anunció que iba a ser músico. Su papá le dijo: ‘Pero ser músico es muy difícil’. ‘Lo sé, papá’, le contestó, y se fue a Brasil por cinco años. Ahora es un excelente músico, un avión en la guitarra. Lo quieren mucho y lo respetan”, dijo, en medio de los acordes que bajan desde el primer piso. Su hermano Luis Alberto, en tanto, estudio percusión con “Ichu” Castillo, “se tiró a cantar, fue a México por tres años y regresó especializado en música latinoamericana. Es profesor de guitarra. En este caso, nuestros hijos siguieron nuestro camino, pero, la vida es una sola, hay que hacerla fácil, no dificultarla”, subrayó.
Con el corazón
Amanda quiso viajar desde muy joven, y es una convencida de que los sueños se hacen realidad. Cuando su abuelo Jesús María Atehortua Orrego sembró un árbol en la plaza del pueblito de San Gregorio, al frente de su casa, que estaba como en una colina, “le pregunté para qué lo hacía. Me respondió que para que cuando sea más viejo, el árbol crezca, me pueda sentar en un taburete y divisar todo el pueblo”.
Cuanto tenía unos 12 años y estaba toda la “nietada”, tirada en el césped, escuchando la radionovela “Kalimán, el hombre increíble” -icónico superhéroe radial y de historietas que marcó a Colombia-, cuando “escuché el ruido de avión y le pregunté si ya había volado. Me dijo que ‘no’ y le contesté: ‘yo cuando sea grande me voy a montar en un avión y me voy a ir muy lejos’. Me dijo, ‘si querés y lo pedís con tu corazón, vas a irte’. Cerré mis ojos, pedí con el corazón e imaginé que iba en ese avión. Cuando tenía 19 años ya estaba en Europa. Me consta que los sueños se hacen realidad. Por eso a los niños hay que enseñarlos que pidan con el corazón sus deseos. Ese es uno de los recuerdos lindos que tengo de mi abuelo, con quien tenía mucha afinidad, porque cantaba, era músico y tocaba el tiple, la guitarra”.





