Argentina logró algo que parecía improbable hace apenas dos años: detener la espiral inflacionaria que erosionaba cualquier ingreso y restablecer cierto orden fiscal. Sin embargo, el interrogante que plantea el Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA-UCA) en su informe “Estabilización, mejoras sociales y desigualdades persistentes en una Argentina en transición” no es si la economía se estabilizó, sino qué tipo de sociedad emerge de esa estabilización.
Los números iniciales muestran una mejora indiscutible. La pobreza monetaria descendió del 40,7% en 2023 al 28% en 2025. La indigencia cayó del 10,6% al 5,9%. El retroceso es relevante y marca un alivio frente al deterioro previo. Pero el propio informe introduce una advertencia técnica que obliga a una lectura menos lineal.
Desde 2023 mejoró la captación de ingresos en la Encuesta Permanente de Hogares. Históricamente, la subdeclaración había inflado las tasas de pobreza. Al corregirse parcialmente ese sesgo -contrastando los datos con registros administrativos como aportes previsionales y salarios formales- la medición se volvió más precisa. Parte de la baja reciente responde a esa mejora metodológica.
La conclusión no es que la pobreza no haya bajado. Bajó. Pero no todo el descenso es producto de una transformación estructural. Hay alivio estadístico y hay alivio económico; no son lo mismo ni tienen la misma profundidad.
El informe sostiene que la estabilización inflacionaria fue condición necesaria para frenar el deterioro social. Sin inflación descontrolada, los ingresos dejaron de pulverizarse mes a mes. Sin embargo, la estabilización no generó un salto equivalente en consumo estructural, capital humano o integración productiva. El nuevo régimen económico ordena variables macro, pero no altera la matriz de segmentación.
La estabilización logró reducir la volatilidad y recomponer algunos indicadores sociales, pero no modificó la estructura profunda de integración. El nuevo equilibrio muestra una sociedad estratificada en capas más ordenadas, aunque no necesariamente más inclusivas. En ese esquema, el segmento de integración plena no supera el 30% de los hogares, mientras el resto se distribuye entre situaciones de vulnerabilidad, pobreza o exclusión. La mejora en los promedios no se traduce en movilidad ascendente generalizada, sino en la consolidación de segmentos diferenciados.
La radiografía más elocuente del estudio no está solo en la tasa de pobreza, sino en la pirámide socioeconómica por ingresos mensuales de los hogares (a valores de octubre de 2025). Allí se observa con claridad la estructura real del país.
En la cúspide, apenas el 3% de los hogares integra la élite socioeconómica, con ingresos superiores a $30 millones mensuales. Un 7% se ubica en el estrato de “medios altos”, con ingresos entre $15 y $30 millones. Más abajo, un 20% conforma la “media integrada”, con ingresos que oscilan entre $5 y $15 millones. Es decir, solo tres de cada diez hogares pueden considerarse plenamente integrados a circuitos formales y relativamente estables.
Debajo aparece el segmento que define la tensión social contemporánea: un 40% dividido entre “medios aspiracionales” (ingresos entre $3,5 y $5 millones) y “medios bajos vulnerables” (entre $2 y $3,5 millones). Son hogares que no son pobres en términos estadísticos, pero viven en equilibrio frágil. Un shock de ingresos, una enfermedad o una caída en la actividad puede empujarlos hacia abajo.
En la base se concentra el núcleo duro: 20% de “bajos no indigentes”, con ingresos entre $800.000 y $2 millones, y un 10% de “pobres extremos”, con ingresos inferiores a $800.000 mensuales. Ese 30% inferior constituye el estrato estructuralmente vulnerable de la Argentina contemporánea.

Estratificación consolidada
La pirámide revela algo más profundo que la pobreza coyuntural: muestra una estratificación consolidada. La movilidad ascendente no es masiva ni automática. La estructura permanece segmentada en tercios con fronteras relativamente rígidas.
El mercado laboral es el principal mecanismo que reproduce esa segmentación. La recuperación económica de fines de 2025 estuvo impulsada por sectores de alta productividad y baja absorción de mano de obra. El empleo privado formal se mantuvo estable, el empleo público retrocedió y el sector microinformal ganó peso.
El informe también advierte que la estructura ocupacional no mostró señales de expansión en el empleo privado formal. El sector registrado se mantuvo prácticamente estancado, el empleo público retrocedió en el marco del ajuste fiscal y la informalidad volvió a ganar terreno como principal válvula de absorción.
El resultado no es más desempleo abierto, sino mayor precariedad. La economía se estabiliza, pero no genera puestos formales al ritmo necesario para integrar al tercio vulnerable de la sociedad.
Hoy, cerca del 45% de los ocupados trabaja en condiciones de informalidad. No es una crisis de desempleo masivo; es una crisis de calidad laboral. El crecimiento no se traduce en empleo formal a gran escala. La expansión del cuentapropismo de baja calificación compensa estadísticamente la caída en otros segmentos, pero no construye trayectorias de movilidad ni consolida protección social.
En materia salarial, la recomposición fue segmentada. El sector privado formal logró recuperar ingresos reales y ampliar su ventaja respecto del promedio. En cambio, el sector microinformal continúa con remuneraciones significativamente menores, ampliando la brecha estructural.
Más allá del ingreso monetario, el informe advierte que el 46% de la población experimenta estrés económico: la percepción de que el ingreso no alcanza para cubrir necesidades básicas. Es decir, incluso quienes no figuran bajo la línea de pobreza viven en fragilidad permanente.
Las privaciones en alimentación, acceso a salud, servicios públicos y calidad habitacional muestran mejoras respecto del pico crítico de 2024, pero permanecen concentradas en el tercio inferior. La desigualdad no se disolvió; se estabilizó.
“Infantilización” de las privaciones
El dato generacional es particularmente inquietante. La pobreza afecta con mayor intensidad a niños y adolescentes. La llamada “infantilización” de las privaciones compromete el capital humano futuro y reproduce la segmentación. Un país que no integra a su infancia difícilmente transforme su estructura productiva en el mediano plazo.
En el plano subjetivo, la sociedad refleja una paradoja. Una proporción significativa considera que está peor que la generación de sus padres. Sin embargo, predomina la expectativa de que los hijos tendrán más oportunidades. Conviven pesimismo sobre el presente y esperanza sobre el futuro.
La noción de transición no es nueva en la historia económica argentina. Desde hace décadas el país alterna ciclos de estabilización y crisis sin modificar de manera sustancial su estructura productiva ni su patrón de integración social. Cambian las políticas, se ordenan variables macroeconómicas, se corrigen desequilibrios, pero la segmentación laboral y la fragilidad del tercio inferior reaparecen como constante. La estabilización actual se inscribe en esa dinámica pendular que logra frenar el deterioro, aunque todavía no altera los fundamentos que reproducen la desigualdad.
El informe no plantea un escenario de colapso ni celebra una salida definitiva. Describe una transición más. La estabilización macroeconómica era indispensable. Pero no garantiza integración social. Un modelo apoyado en sectores competitivos y en disciplina fiscal puede consolidar orden, pero si no genera empleo formal y movilidad ascendente, también puede cristalizar desigualdad estable.
Argentina parece haber encontrado un nuevo equilibrio. La incógnita es si ese equilibrio será inclusivo o simplemente más estable en su fragmentación. Porque estabilizar puede frenar la caída. Pero solo transformar la estructura puede cambiar el rumbo.

La pobreza y el problema de cómo se mide
Uno de los aportes más relevantes del estudio es su revisión metodológica. La Encuesta Permanente de Hogares, base oficial para calcular pobreza e indigencia, históricamente subregistra ingresos: los hogares tienden a declarar menos de lo que efectivamente perciben, y los sectores de mayores recursos son más difíciles de captar. Desde 2023, esa captación mejoró.
Al comparar los ingresos declarados en la encuesta con registros administrativos -como aportes previsionales y salarios formales- los investigadores detectaron que la EPH comenzó a registrar ingresos más altos que en años previos. Esto reduce la sobreestimación histórica de pobreza.
Para estimar cuánto influye este fenómeno, el equipo aplicó ponderadores correctivos que simulan una captación constante. El resultado muestra que parte de la caída reciente de la pobreza responde a mejoras en la medición.
El informe no invalida la baja, pero sí obliga a matizarla: el alivio existe, aunque no es tan profundo como sugieren los números oficiales sin ajustes.
Salarios y empleos: la brecha que crece
El mercado laboral explica buena parte de la estructura social actual. El informe confirma que el crecimiento reciente estuvo concentrado en sectores de mayor productividad y menor absorción de mano de obra, mientras que el segmento microinformal se expandió como válvula de compensación.
La tasa de informalidad se mantiene elevada y la brecha salarial entre trabajadores formales e informales continúa ampliándose. No se trata de desempleo masivo, sino de precariedad estructural: subocupación, inestabilidad y ausencia de protección social.
Este fenómeno consolida una economía dual. Por un lado, trabajadores integrados a circuitos formales con recuperación salarial. Por otro, una masa de ocupados con ingresos bajos, alta vulnerabilidad y escasa capacidad de ahorro.
La estabilización logró ordenar precios y expectativas. Pero mientras el empleo formal no crezca de manera sostenida, la desigualdad no será una anomalía coyuntural, sino una característica persistente del nuevo equilibrio económico.
Salarios
Además, la recomposición de ingresos tras la desaceleración inflacionaria no fue uniforme. El informe muestra que el salario real del sector privado formal logró recuperar parte del poder adquisitivo perdido durante la etapa de alta inflación, apoyado en paritarias más previsibles y mayor estabilidad de precios. Sin embargo, esa dinámica no se replicó en el resto del mercado laboral.
El empleo público mostró una recuperación más lenta, condicionada por la política de ajuste fiscal y la contención del gasto. Más marcado aún fue el rezago del sector microinformal, donde los ingresos continúan significativamente por debajo de los niveles del segmento registrado.
La consecuencia es una ampliación de la brecha interna del mercado de trabajo. No se trata solo de cuánto crecen los salarios, sino de quiénes logran capturar esa mejora. La estabilización favorece con mayor intensidad a quienes ya estaban insertos en circuitos formales, mientras que los trabajadores informales permanecen expuestos a ingresos volátiles y menor capacidad de ahorro.
En términos estructurales, la diferencia salarial consolida una economía dual: un núcleo integrado con protección y recomposición real, y un amplio segmento vulnerable cuya recuperación es más lenta y frágil. La estabilidad de precios reduce la erosión, pero no corrige por sí sola la segmentación del ingreso laboral.
Educación y futuro social
La desigualdad no se agota en el ingreso mensual. Se acumula en el tiempo, se transmite y se consolida a través de la educación. El Observatorio advierte que las brechas educativas siguen siendo uno de los mecanismos más eficaces de reproducción social. En los hogares del tercio inferior de la pirámide, el rezago escolar, el abandono temprano y la menor finalización de estudios no son fenómenos aislados, sino patrones persistentes. Allí, la escuela deja de ser un puente de movilidad y se convierte en un reflejo de las condiciones de origen.
La llamada “infantilización” de la pobreza adquiere así un significado estructural: cuando las privaciones impactan sobre la infancia, no solo limitan el presente, sino que condicionan la capacidad futura de inserción productiva. Las brechas de aprendizaje terminan siendo brechas de ingreso, y luego brechas de patrimonio. La estabilización macroeconómica puede mejorar expectativas y reducir incertidumbre, pero no corrige por sí sola los déficits acumulados en capital humano.
Sin políticas que fortalezcan la calidad educativa, la permanencia y la formación, la movilidad ascendente seguirá siendo una excepción estadística más que una experiencia extendida. En ese punto se juega algo más profundo que un ciclo económico: se define si la estructura social se vuelve más porosa o más rígida.
El informe completo aquí👇
Observatorio_Nota_divulgación_Estabilizacion_nuevo_ciclo_feb2026



