La aparición de comadrejas en barrios de Posadas y otras localidades suele generar sorpresa, temor y una rápida difusión en redes sociales. Sin embargo, lejos de tratarse de un fenómeno nuevo o alarmante, se trata de una especie que siempre convivió con el ser humano y que cumple un rol clave en el equilibrio ambiental.
Así lo explicó Amado Martínez, titular de la Asociación Civil Yarará en Acción, en diálogo con FM 89.3 Santa María de las Misiones, donde aportó contexto histórico, biológico y social sobre una especie que suele cargar con una mala fama injustificada.
Según Martínez, las comadrejas siempre vivieron en contacto con la población, especialmente en zonas que antes eran suburbanas o de monte bajo. “En la época en que la costanera era monte había mucha cantidad. Con el avance urbano y la limpieza del entorno, estos animales se fueron desplazando hacia la ciudad en busca de refugio”, explicó.
Además, se trata de una especie con hábitos domiciliarios, que suele alimentarse de restos de comida, basura o alimento para mascotas. A diferencia de décadas atrás, cuando eran consideradas plaga y directamente eliminadas, hoy el escenario es otro: “La gente se volvió muy proteccionista. Antes se mataba y punto, hoy cuando aparece una comadreja se difunde, se avisa y se quiere proteger. Eso hace que parezca que hay más”, señaló.
Lejos de representar un peligro, Martínez remarcó que la comadreja es una de las especies más antiguas del planeta, presente desde épocas prehistóricas y con una notable capacidad de adaptación. “No transmite enfermedades, no contrae lepra ni otras patologías, y además es inmune al veneno de serpientes”, detalló.
Su dieta omnívora la convierte en una aliada del ambiente: consume frutas y dispersa semillas, pero también controla poblaciones de escorpiones, arañas y serpientes. “Cumple una función ecológica fundamental”, resumió.
Aun así, su mala fama se consolidó históricamente en zonas rurales, donde era vista como enemiga por atacar gallineros o consumir huevos. “Eso la marcó durante años”, explicó.
Entre sus mecanismos de defensa, la comadreja puede simular estar muerta cuando se siente atacada, segregar un fuerte olor a través de glándulas especiales para ahuyentar depredadores y suele reaccionar abriendo la boca como método disuasorio. Además, tiene una visión nocturna muy desarrollada.
Es un marsupial, pariente del canguro, con una gestación extremadamente corta: apenas 12 días. Las crías nacen diminutas, del tamaño de un garbanzo, y trepan hasta la bolsa marsupial, donde permanecen hasta desarrollarse. Su vida, sin embargo, es breve: no suele superar los dos años.
Puede tener entre 10 y 12 crías, aunque la propia naturaleza regula la población, ya que muchas se desprenden cuando la madre huye de un depredador.
Martínez aclaró que nombres como comadreja, zarigüeya o micuré responden a denominaciones populares según la región. “El nombre vulgar no se discute, para eso está el nombre científico, que permite que todos sepamos de qué animal estamos hablando”, explicó.
¿Qué hacer si aparece una en casa?
No existe una única respuesta. “Depende del grado de convivencia que cada persona esté dispuesta a aceptar”, señaló Martínez. Así como hay quienes conviven estrechamente con sus mascotas, otros no toleran la presencia de fauna silvestre en su hogar.
Si el animal se instala en un cielo raso, donde orina o deja excrementos, es lógico que se busque retirarlo. En esos casos, la alternativa es trasladarlo sin matarlo a un entorno más adecuado. Sin embargo, el especialista advirtió sobre los límites reales del sistema de rescate.
Actualmente, muchos rescates se canalizan a través del 911 y la Policía Ambiental, pero el organismo no siempre cuenta con recursos, personal o presupuesto suficiente. “La gente quiere salvar todo, pero no hay presupuesto para todo”, reconoció.
Martínez cuestionó el fanatismo proteccionista, que en algunos casos deriva en denuncias o exigencias desmedidas. “Hoy quieren salvar hasta las avispas. Hay una competencia de quién es más rescatista”, afirmó, y agregó que muchas situaciones no son rescates sino verdaderas cacerías encubiertas.
El ambientalista insistió en que la clave es aprender a convivir, algo que en otros países es habitual. “En Brasil, en lugares como Bonito, la gente convive con animales por todos lados, cada uno en su espacio y con respeto. Eso acá todavía no lo entendemos”, señaló.
En ese marco, advirtió que ver un animal silvestre no implica que deba ser capturado o trasladado automáticamente.
Martínez también se refirió al caso de los carpinchos en Nordelta, donde el debate entre vecinos y proteccionistas volvió a exponer tensiones. “Cuando hay superpoblación y no existe el depredador, alguna regulación tiene que hacerse. Si no, aparecen enfermedades, atropellamientos y muertes masivas”, explicó.
En ese sentido, reclamó que las decisiones queden en manos de especialistas y no de opiniones impulsadas por redes sociales. “El problema es que al político le importan diez votos más que la opinión de un profesional”, cuestionó.
Durante la entrevista, Martínez también habló del reciente rescate de una boa kuriyú, una especie que hoy solo sobrevive en el sur de Misiones. “Posadas era todo un estero, como Corrientes. Hoy eso desapareció”, explicó.
Actualmente, el único ambiente disponible es la reserva Urutaú, en Candelaria, un espacio artificial y limitado. “Lo ideal sería llevarlas hacia Corrientes, donde tienen más posibilidades”, señaló, aunque reconoció que las leyes actuales lo impiden.
Otro punto crítico es la falta de lugares para atender fauna menor, como pichones caídos tras tormentas. “Eso es urgente, necesitan calor y alimento de inmediato, pero en Posadas no hay quién los reciba”, lamentó.
Martínez también cuestionó el funcionamiento irregular de algunos refugios, que no siempre están disponibles para emergencias. Finalmente, recordó que antes se podían llevar animales a escuelas para enseñar a los chicos a no tener miedo. Hoy, aseguró, ese trabajo se volvió casi imposible. “Tenés una araña en una pecera y ya te denuncian por maltrato animal”, ejemplificó.
En ese contexto, advirtió sobre el doble filo de las redes sociales: “Sirven para visibilizar, pero también para destruir. Hoy cualquiera opina”.
Lejos del miedo o el extremismo, el mensaje de Martínez es claro: las comadrejas no son una amenaza, cumplen una función esencial y la convivencia responsable es el camino. “No es necesario matarlas. Si aparecen, se las puede trasladar a un lugar más adecuado. Pero hay que entender que la naturaleza no es el problema: muchas veces, el problema somos nosotros”, concluyó.



